Larga vida a la flojera

por Juan Revol

El 14 de agosto de 2009 una urraca azul y un mapache empataron tantas veces jugando a piedra, papel o tijera que las leyes espaciotemporales del universo se fisuraron, una grieta se abrió en el cielo y un monstruo interdimensional apareció amenazando con destruir el mundo.

Así fue el episodio piloto de Regular Show (Un show más, en Latinoamérica).

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Un año más tarde, el 6 de septiembre de 2010, el pájaro y el mapache volvieron a aparecer por la pantalla de Cartoon Network, estrenándose formalmente la serie. Esta vez, se permitieron usar un teclado mágico que manipulaba la realidad para pedirle a su jefe un aumento.

Mordecai y Rigby (el pájaro y el mapache) son cuidadores de un parque. Ahí trabajan con Skips, un yeti inmortal; Musculoso, un gordo verde parecido a la criatura de Víctor Frankenstein; Fantasmano, un fantasma con una mano en la cabeza; Benson, el jefe, una máquina de chicles con problemas para controlar la ira; y Papaleta, un hombre bastante chapado a la antigua con cabeza de paleta, hijo del dueño del parque.

Desde el principio, el universo de Regular Show se plantea articulado alrededor del espacio de trabajo. Si bien Mordecai y Rigby se conocen desde el secundario (y, también, Musculoso y Fantasmano, como es posible ver en la última temporada -tranquilidad: no estoy spoileando nada-), es a través de las relaciones laborales que se van construyendo e infiriendo los vínculos entre los personajes. Las jerarquías, los antagonismos, las complicidades y las resistencias van tejiendo el entramado de este show común y corriente, donde lo mejor que puede pasar es conseguir un aumento o darle un piquito a la chica que te gusta.

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Por primera vez en la historia de Cartoon Network una serie hace recaer en el espacio de trabajo, en este caso el parque, la justificación de la existencia. Por primera vez un dibujito animado expone la ecuación nefasta del mundo de los adultos con claridad perturbadora: hay que trabajar para vivir, invertir la vida en el trabajo y así poder vivir un poco más.

¿Dónde está la vida entonces en este fenómeno insoportable que empieza con trabajo y termina con más trabajo? ¿Dónde se esconde? La vida aparece, precisamente, investida en el trabajo: es un relieve incidental, una sucesión de pequeños relieves que no responden a una programática mayor (conseguir un nuevo videojuego, invitar a una chica al cine, formar una banda de rock -para que la chica acceda más fácil a la invitación al cine-). La vida es algo incidental y, mientras, el sueldo del trabajo permite estirar el incidente.

Es en este sentido que Regular Show es solamente un show más. Regular Show es un show sobre la vida, la vida organizada alrededor del trabajo, la vida con sus pequeñas alegrías y decepciones. Si bien los protagonistas son un pájaro y un mapache, resulta fácil (y hasta inevitable) sentir empatía por ellos, identificarse con los núcleos narrativos cotidianos que anudan sus historias. No hay épica ni gloria en la vida del trabajador. El trabajo permite apenas una cantidad de vida precaria, la suficiente para que el trabajador se entusiasme con la idea de trabajar para conseguir más.

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Pero Regular Show no es solamente un show más. Regular Show no es un show más, porque desde esa dimensión tan segura e hipnótica que es la rutina del trabajador muestra algo más aparte de esta vida accesoria. Lo que Regular Show muestra es otra vida.

Puede que el mundo esté cagado y que no haya nada por fuera del trabajo, pero sí hay algo debajo: una potencia subterránea que espera despertar, que todo el tiempo amenaza con hacer erupción. Y ésa es la otra vida, un sustrato sobre el que el trabajo quiso edificar sus bases, la vida que el trabajo pretende esconder y negar. La indomable.

Un esqueleto básico (por suerte complejizado en las sucesivas temporadas, para no agotar la fórmula) sienta la estructura de los episodios. Hay una situación inicial donde Mordecai y Rigby tienen que hacer algo; su incompetencia, inoperatividad y flojera hacen que no logren su objetivo; el no cumplimiento del objetivo trastoca las leyes o eventos regulares del universo y se ven en la posición de tener que solucionar un problema cósmico que podría haber sido tranquilamente evitado si hubieran hecho las cosas “bien”, en “tiempo y forma”.

Por jugar videojuegos cuando tenían que estar acomodando sillas, el Destructor de Mundos escapó de su máquina sacoa. Por contratar a un tipo para tapizar gratis las paredes que ellos tenían que tapizar, dejaron entrar al parque a un monstruo arácnido que quería matar a todos. Por querer ganarse jugando a los golpes aprendieron artes marciales y terminaron destruyendo todo el parque. Esta clase de cosas pasan en Regular Show, cuando el trabajo se suspende.

Mordecai y Rigby son incompetentes para la vida laboral. Son tan incompetentes que son héroes, héroes necesarios: su incompetencia habilita rupturas en la lógica precaria que pretende sostener el mundo, mantenerlo ensamblado, coherente. Su incompetencia es salvación: las fisuras, por pequeñas que sean al principio, alcanzan para que el caos se expanda, para que la vida repte como monstruo o explosión. Gracias a su incompetencia, la vida puede nacer en su potencialidad más monstruosa. La anarquía laboral desestructura el mundo, pone en crisis sus leyes, expone lo necio que es el trabajo siendo que debajo de él están pasando cosas increíbles.

Mordecai y Rigby muestran un camino: la suspensión del trabajo como libertad. No sólo como liberación del mismo trabajo, sino como liberación del mundo que conocen.

Larga vida a la flojera.

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