Lo mejor de la literatura argentina está en Cartoon Network

Por Jorge Charras (@CaciqueJackaroe)

Pendleton Ward, figurado con trazos gruesos, bien podría ser un lumbersex, es decir, el nuevo mito masculino de la moda: alto, de físico generoso, con barba y lentes. Y sin embargo no. Su cuerpo está dominado por una suntuosa panza, su barba es desprolija, sus lentes son recetados. En definitiva, se parece más a un nerd bonachón. Y su creación, “Adventure Time“, hace años hubiera sido tal vez una serie de viñetas surrealista, pero hoy es una serie animada de culto que produce Cartoon Network. Pendleton ya no trabaja como guionista ni productor de la animación aunque, claro, sigue haciendo voluminosa sombra sobre sus historias.

Es sabido que así como contar una película o referenciar un disco, sintetizar el tema principal de la serie es una iniciativa condenada al fracaso. Pero de cualquier modo, para el que no la vio, el elemento esencial de Hora de Aventura (tal como se tradujo el título para el mercado hispanoamericano) es la dupla de protagonistas. Finn, un preadolescente con las piernas ya medio largas y los pantalones todavía cortos, y su hermano adoptivo Jake, un perro de 30 años, que habla y tiene poderes sobre las propiedades de la materia. El escenario es un universo bautizado como la Tierra de Ooo donde están fusionados la magia y la técnica. La historia de la serie está ubicada en un universo post-apocalíptico: la Guerra de los Champiñones (figuración de la nube atómica y su forma de hongo) ha destruido el mundo tal como lo conocemos hoy dando como resultado la creación de Ooo.

foto 1

Digamos que si Finn es el último humano, la extinción está al final de la serie, o sea, Adventure Time comparte cierto tono milenarista con raíces en el miedo que desató la potencia nuclear. Visto desde ese perfil, el panorama inicial es un comentario complejo sobre la marcha del mundo bajo el Capital. Hace días, Leila Guerriero perpetró en el diario madrileño El País la publicación de una fábula infantil sobre el caso Nisman para demostrar que el poder nos trata como niños. Pues bien, la nota recae en el cliché de que las mentes de los infantes son sencillas y fáciles de entretener. La industria editorial y del cine en los últimos años no se cansa de desmentirla.

Volviendo a la serie, la innegable simpatía de Finn y Jake se recorta sobre una ambiciosa apuesta por una imaginación de lo más desbocada. En un post reciente publicado en su blog [1] el ensayista Rafael Cippollini se refería a Hora de Aventura y resaltaba la gimnasia del músculo imaginativo como un contundente gesto político: ninguna determinación moral ni el gusto clásico se levantarán como guardianes de las derivas fantasiosas más desbocadas. Lee allí una declaración de principios.

Casi de inmediato, al subrayar en ese post sentencia de que los niños de hoy leerán a Copi Damonte desde otro lugar, me vino a la mente un pequeño ensayo que César Aira, el multiproclamado patrón de estancia del campo literario argentino, escribió sobre aquel. Para quien no lo sepa y resumido con grosería, Copi es un escritor argentino que vivió y murió en Francia durante los 70/80 y, como dato saliente, publicó en la Charlie Hebdo. El libro de Aira intenta ser una exposición y defensa del imaginario de Copi. Termina siendo, como en la mayoría de los bocetos críticos del gran César, una justificación de sí mismo.

En el primer capítulo del ensayo titulado precisamente “Copi” (editado en Argentina por Beatriz Viterbo), una de las ideas sobre las que ensaya variaciones es la del continuo: la incesante tarea del dominado por la grafomanía, que se figura en una narración sin cortes, donde los sucesos pasan uno detrás del otro, sin mayor solución de continuidad que seguir contando. Ese es el corazón de, por ejemplo, “Las mil y una noches” (en todas sus versiones, aún en la erótica y destinada a los caballeros londinenses de Richard Burton), desbancado por la corrección política del feminismo en el novelón del Trece. El viejo Walter Benjamín, que miraba dibujitos de Mickey Mouse, intuyó que información y narración se llevan tan mal como en la creencia campechana de la mortalidad del lechón y la cerveza.

Podemos armar entonces una serie: Copi, Aira, Pendleton Ward. Queda hasta ahí construida con un sentido de progresión histórica. ¿Puedo permitirme leerla al revés? ¿Qué puede decirnos Ward, el nerd bonachón, sobre Aira o todavía más, del canon nacional? ¿Será como el mito pop de que las canciones de Xuxa reproducidas al revés tienen mensajes ocultos?

Un poco a la manera de la historia literaria de la literatura que Borges pergeñó en “Kafka y sus precursores“, Ward, un lejano pariente de las letras argentinas, resignificaría la obra de Aira y el corazón intelectual de las letras nacionales. La pregunta sería saber qué es aquello que queda de la literatura nacional si lo filtramos a través de las ficciones de la tierras de Ooo. Dictar una respuesta ya mismo supondría un crítico de ego maradoniano o la audacia de, digamos, Fogwill. Por lo pronto, podemos pensar el estupor de los ciudadanos de la patria literaria nacional al revisar la lejana posibilidad de que en el centro de nuestro modesto canon sólo exista una obra de vanguardia cuyo más fértil engendro sea una serie de dibujos animados y para más, explotada comercialmente.

En la entrevista simulada de su libro “El Rinoceronte“, Juan Terranova apostaba por la continuidad de la vanguardia en dibujos animados como Ren y Stimpy para abrir el cerco que la profesora Beatriz Sarlo trazaba al decir que la vanguardia se terminó en los 70. Encuentro en esa proposición un antecedente crítico de la relación que planteo aquí. Con ese lente, incluso los últimos libros de Aira quedarían descolocados respecto a su proyecto inicial. “Festival“, una novela breve que publicó hace un par de Baficis atrás, en 2012, se insinúa como una crítica cultural de esos mismos eventos del delirio social vinculado al cine. “Continuación de ideas diversas“, una especie de diario intelectual publicado en Chile lo muestra interviniendo en polémicas contemporáneas. ¿Señal de agotamiento de su proyecto de vanguardia o giro epocal? ¿Autoriza el giro de Aira el comienzo de una nueva discusión sobre qué sería la literatura nacional?

aira

Una vez más, la figura pública de Aira vuelve a estar en el centro de la discusión. En una entrevista reciente, el gran César declaró, rimando con esa especie de lavada crítica social, que la religión es la poesía de los pobres. ¿Será una versión renovada de aquel enigma que planteó alguna vez Elvio Gandolfo? Con precisión y audacia, cerró una nota de hace 20 años preguntándose sobre Aira, su figura pública y las intenciones finales de su proyecto estético: ¿es o se hace?.

***

[1] www.cippoweb.com.ar


 

Comentarios

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

You may use these HTML tags and attributes:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>