Lo que Bojack nos dejó

[Bojack Horseman. Netflix. Final. Tiempo libre. Depresión. Mr. Peanutbutter. Aburrimiento. Diane. Moral. Todd Chavez. Emprendedurismo. Princess Caroline]

Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.
Tal vez la noche es nada
y las conjeturas sobre ella nada
y los seres que la viven nada.
Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos (…)
Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
Su lágrima inmensa delira
y grita que algo se fue para siempre
.”
—Alejandra PizarnikLa Noche

por Juan Blanco (@juan_blanco_)

 

«Hooray. A task!»

Para sumergirse en la serie que concluyó en simultáneo con un eterno enero, Bojack Horseman, en su juego de fugas y contrastes, se remonta a repreguntar lo mismo durante todas sus temporadas: ¿sabemos qué hacer con nuestro tiempo libre?. Evitando emprender camino en alguna torpe y olvidable reflexión sobre el “sistema” o similares, cabe solamente decir lo obvio, que buena parte de la existencia debe ser dedicada a diversas tareas para así subsistir de una manera medianamente confortable, esas tareas se estructuran en jerarquías y diversos esquemas de incentivos que generan una auto narrativa estimulante y, en ocasiones, considerablemente satisfactoria. Esto puede también padecerse -que es lo más probable y lo que muchas veces marca nuestra cotidianeidad- pero la presente serie viene a invertir ese cuadro. Esa dedicación de tiempo a la supervivencia patrimonial, que salvo excepciones, es inevitable, se presenta como una salvación. Por algo será que el estereotipo semanal de la angustia es la tarde de un día inhábil.

Se presenta una idea muy clara en la serie: el ocio es tierra fértil para la reflexión, y ésta, para la depresión y la angustia. Bojack encarna ese tridente vicioso.

Lo que complica aún más a BH es que se ha encontrado satisfecho no solo en su situación patrimonial sino también en sus deseos ¿profesionales?, ¿vocacionales?, ¿espirituales?, lo cual lo ha dejado en un estado de total estancamiento. Simplemente debe encontrar algo medianamente satisfactorio que hacer y no puede. Como si su deseo de convertirse en una estrella televisiva fuese tan primigenio, singular e irremplazable, que su alcance lo ha dejado en el llano.

Un deseo primigenio, singular e irremplazable. Es que en la inútil persecución de un sentido por Bojack, lo que se apodera de él es un problema de autenticidad. Cada nuevo proyecto, cada intento de ejercitación matutina, cada arrebato de purificación sustentado en ese talante de lunes, en ese evangelismo de primero de enero, lo hacen sentir (a posteriori) como un impostor. La menor dificultad tiene la cancha inclinada contra BH para hacer fracasar estos objetivos, haciéndole recordar que lo que lo mueve no es un deseo genuino, si tal cosa existiese, sino una especie de fármaco para intentar tapar las horas vacías que se pasan en su descortinada mansión.

Un perpetuo consumo de fármacos, en sentido estricto y metafórico. Incluso la moral es para BH un tapadero igual que los demás, y allí irrumpe el corazón de su historia: la puesta en práctica, a los tropezones, de su nihilismo. Cuando el objetivo de ser buena persona no está en su agenda, no hace daño a los demás por malicia o por destreza, sino por desgano. Entonces mañana madrugará, regará sus plantas e intentará ser un buen tipo, no porque lo presuma esencialmente correcto o se sienta compelido a hacerlo por mandatos morales de cualquier índole, sino porque se aburre. El nuevo objetivo podría ser tanto una mejoría ética como abrir una panchería. Sin embargo, este desapego hacia todo valor y el rechazo a cualquier narrativa de realización (algo, arguye, inventado por Steven Spielberg para vender entradas) se canalizan de una manera muy particular en el accionar de Bojack; “The key to being happy isn’t the search for meaning, it’s to keep yourself busy with unimportant nonsense and eventually, you’ll be dead” pronunciaba en algún extraño estado de trance el Mr. Peanutbutter, como evocando sin quererlo un mandato que retumba constantemente en el protagonista. Porque lo que podría resultar paradójico en un individuo que de alguna manera anárquica repudia los esquemas axiológicos instalados es esa tenacidad implacable que experimenta frente a la banalidad de turno. Los muffins de un veterano de guerra que dan lugar a interminables batallas retóricas, el objetivo tan repentino como inclaudicable de impedir el casamiento de Diane, el afán desmesurado por el reconomiento de un público que ni siquiera respeta; a cada una de estas situaciones se zambulle enloquecidamente, en un ejercicio impecable de la famosa “Fe del converso”. Su incredulidad genérica es tal que mimetizarse al extremo con estas actividades se presenta como su única manera de escapar de su identidad, algo que desea desesperadamente. Al caer todo, una pulsión irónica lo lleva a comprometerse de modo extravagante con lo falso y con lo trivial; e incluso no sería temerario aseverar, que en algún fragmento recortado por Netflix, Bojack Hormseman haya procurado reescribir el Quijote: “Nada tienen de nuevo esas comprobaciones nihilistas; lo singular es la decisión que de ellas derivó Pierre Menard. Resolvió adelantarse a la vanidad que aguarda todas las fatigas del hombre; acometió una empresa complejísima y de antemano fútil.” Este culto de lo irrelevante y de lo ridículo se encuentra presente en toda la serie, y quizá de algún manuscrito perdido del fantasmagórico Menard fue que Todd tomó la idea de la mejor Pyme de la historia: “Halloween in January” (festividad que de existir, tendría lugar justamente en la fecha en que los ocho episodios finales fueron publicados).

De lo profundo a lo superfluo, de lo imprescindible a lo circunstancial, de lo animal a lo humano. Esta latencia oximorónica (que tan importante es, en general, para toda ejecución del humor negro que pretenda ser hábil) es basal en la serie y subyace en los conflictos internos de cada personaje. Se puede ver que incluso en las personalidades más frívolas a las que se da vida, los guionistas se permiten deslizar algunos guiños en este sentido: a tal efecto pueden servir de ejemplo las mencionadas palabras de Peanutbutter, y por supuesto, Todd Chavez en el capítulo final con sus sorpresivas reflexiones sobre el arte.

Existe constantemente este sentimiento orientado a la contradicción. Es ilustrativo también lo que dice Angela Díaz, un personaje reaparecido en esta tanda final de capítulos: “It’s funny, isn’t? The things that matter? The truth is none of it matters and the truth is it all matters tremendously”, que son prácticamente un panfleto de la evanescencia, postulando la sensación de lo inútil y de lo cíclico desde el punto de vista del pensamiento, de que desmenuzar un concepto solo permite giros de 360º, de que todo tiene su reverso.

Qué otra cosa sino esta tensión entre la más ostentosa megalomanía y el mísero metro cuadrado es la que une secretamente el vanguardista “No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo” de Pessoa [1] con las honestas palabras de una pintoresca integrante de la aristocracia argentina en la década del noventa: “Una vez me pregunté si todo esto tenía sentido, si mi misión en el mundo no era otra. Pensé muy seriamente en dejar todo e ir a trabajar con los pobres al África. Al final no fui por el calor. Yo sufro mucho el calor.” [2]

Y toda esta simpática banalidad que parece querer comunicar la serie se amalgama también con su estética, su virtualidad y su animalidad. No existe un guión excesivamente denso o pretencioso en el cual un personaje en un par de líneas esboza sus pensamientos más profundos. Es la experiencia en su totalidad, guiada por esa pulsión del nihilismo y del absurdo muy bien lograda la que genera un producto atendible. Un absurdo tan estático como caótico encarnado por el personaje principal y una suerte de prisión de espejos eventuales constituida por los personajes secundarios que representan en cierto modo que toda salida es inevitablemente inviable. El eterno emprendedurismo de Todd, el compromiso hipermoralista de Diane, la felicidad idiota de Mr. Peanutbutter y la atareadísima Princess Caroline muestran abismos de diferente especie, pero abismos al fin. Se figuran como callejones sin salida que ahogan y paralizan al protagonista.

Este encierro en primera persona que guía la trama, la sensación virtual que brinda el carácter animado e hiperartificial de la serie, las ridículas situaciones que se presentan y los personajes que aparecen con formas animales cada vez más extrañas se complotan con éxito para burlarse de los relatos que creamos sobre nosotros mismos, de las ficciones que nos constituyen; y finalmente, en ese punto en que las construcciones agotan todas las epistemologías y todos los lenguajes, el escape final que configura el contraste, el mencionado reverso, no es otro que la naturaleza: «Life’s a bitch and then you die, right? Sometimes. Sometimes life’s a bitch and you keep living. But it’s a nice night.»

 


[1] Fernando Pessoa, Tabaquería

[2] Cita de Amalia Lacroze de Frotabat, epígrafe de Amalita, la biografía. Marina Abiuso y Soledad Vallejos. Sudamericana

 

 

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