Lo que diría Freud si nos estuviera viendo

por Gonzalo Zanini

¿Qué es eso que nos corroe por dentro a la hora de buscar en lo impreso ese contenido que nos pone quenchi? Para la práctica el papel no es muy recomendable así que sólo sirve, por suerte, para alimentar la imaginación. Es que el sexo en la literatura no es cosa nueva. Tengan en cuenta esto: en la Ilíada, primera obra literaria occidental, Zeus y Hera hacen el amor en una nube, ambiente paradisiaco y ajeno a la guerra que estaban librando los mortales en Ilion. La nube era, obviamente, para tapar el sexo y hacer la escena más amena. Pero con el tiempo la literatura va a mostrar con mayor énfasis estos encuentros carnales y así se va a desnudar de a poco esa nube para mostrar lo que a todos nos interesa. También se puede incluir en la Antigua Grecia a Safo de Lesbos y sus poemas eróticos dirigidos a sus aprendices mujeres, poetiza que dio nombre a dicha orientación sexual.
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Si bien los griegos organizaban banquetes donde la homosexualidad y la orgia se hacían presentes, no basta para respaldar el fervor por el género erótico en el siglo XXI. Hay que hablar entonces del Kama Sutra, pero su contenido es bastante conocido. Ahora hay algo más que una simple necesidad por excitarse en lo que uno lee. Novelas como Cincuenta sombras de Grey de E. L. James, Diario de una ninfómana de Valérie Tasso, Los cien golpes y Las cien cepilladas antes de dormir de Melissa Paranello, entre otros, marca no que el lector contemporáneo le gusta más el sexo sino que necesita más sexo. Y no se está mostrando a la literatura como una satisfacción sexual al servicio del lector, onda vibrador sexual o multi O, sino que se muestra como resultado de un proceso en el cual la tecnología que media la exposición repetida del sexo condiciona la propia situación del lector.

Referentes clásicos del género como Bocaccio y Marques de Sade presentaron sus obras en un ambiente restringido, donde cualquier referencia sexual iba en contra de la moral dominante y significaba un insulto para la sociedad. Las consecuencias penales que recibía ese tipo de escritor eran similares a aquel que cometiese un crimen. Marqués de Sade terminó en un manicomio por presentar en sus obras la poligamia, el sexo fortuito, la prostitución, los trastornos psicológicos de sus personajes vertidos en el lívido de una manera desaforada. El querido Marques de Sade escribía defendiéndose desde su calabozo diciendo que la opción de contratar seis prostitutas para saciar sus necesidades eran las mismas que aquel que contrataba mujeres para el cuidado de la casa. Para ese entonces la sociedad excluía a estos tipos de escritores y el público que los leía pensaba que estaba haciendo algo muy malo con sólo tener el libro en sus manos. Literatura-erótica-2

Por suerte esta represión cambió, tomó muchísimo tiempo pero cambió. Lo tardío de ver los fines estilísticos del género erótico en la literatura hizo que escritores como Charles Bukowski o Henry Miller no tuviesen la fama debida en su tiempo. ¡Charles Bukowski y Henry Miller! Escritores que vieron en el sexo, el sexo. En el caso de Bukowski lo hizo sin muchas idas y vueltas y exponiendo una condición humana en las personas que la sociedad (los 50’) aun marginaba: los vagos, los alcohólicos, las prostitutas, es decir, personajes que no estaban dentro del canon tradicional.

Pero estos nuevos años trajeron novedades, fíjense que a partir de 1979 se empezó a entregar en España el premio La Sonrisa Vertical, premiación a la literatura erótica, lo cual habla del incentivo a nuevos escritores del género y habla más puntualmente de un panorama nuevo que se va a ir construyendo (esta premiación tuvo su fin en el año 2004) maxresdefault

Ahora con la llegada de internet la liberación sexual se desborda. ¿Pero esto ayuda al influjo de nuevas narrativas eróticas? Puede que el género este ante un problema: el sexo está tomando cada vez más campo en las vidas de los individuos al recibir estos una avalancha diaria de ese contenido y así volver al lector cada vez más exigente. Un ratoncito excitado insaciable. Las nuevas tecnologías permiten el anonimato, se abren foros y blogs para contar experiencias sexuales personales: comentan, sugieren, se excitan, comparten fotos. Existen negocios donde el individuo paga con el fin de ver en la pantalla de su computadora mujeres y hombres desnudándose. Existen revistas virtuales donde aparecen crónicas sexuales, páginas pornográficas al servicio de un clic y otros centenares de contenidos que nos hace pensar sobre qué diría Freud si nos estuviera viendo.

A lo que se quiere llegar es que si Cincuenta sombras de Grey no hubiese tratado el sadismo, el fetichismo o el sadomasoquismo (término sacado por el escritor austríaco Leopold von Sacher-Masoch) su impacto no hubiese sido el mismo. Y esto se debe a que el lector del genero erótico, al estar expuesto a la televisión con shows prácticamente nudistas, al contar con redes sociales que permiten el traspaso de videos extraños, en conjunto hacen que la imaginación sobre algo tan llamativo como el sexo se reduzca, se vuelva una nuez, dura y chiquita, difícil de penetrar. timthumb

Si los textos eróticos quieren romper esa nuez, si quieren tener el fin de irrumpir de manera masiva en los lectores (llegar al aclamado best-seller en muchos casos) tienen que ir más allá  del sexo, tienen que experimentar, apostar por lo extravagante y pornográfico, hacerse más explícitos. La conocida Generación beat de los 50’ produjo en su momento una revolución que mostró a la sociedad lo atrasada que estaba: para Allen Ginsberg había poesía en el pene, en el semen que producía, había poesía donde antes la sociedad reprimía (Ginsberg fue otro de los escritores llevados a juicios por su arte). En ese momento estas palabras sí eran chocantes y gracias a estos tipos capazos se fue perdiendo la sensibilidad hacia los conceptos y las imágenes sexuales. ¿Pero no se nos habra ido de la mano? ¿El video de un caballo violador o de intimidades entre parejas rompe límites de privacidad? La literatura no está obligada a  reflejar estas actividades, pero lo puede hacer. Y en este mundo gobernado por lo audiovisual y el exceso de imágenes que simplifican la información, lo expresado sólo con palabras puede hacer que el erotismo, lo pornográfico, la bizzareada y lo grotesco tenga su mejor y más significativa representación artística en lo literario.

Hay vestigios esperanzadores sobre éste género: Lolito de Ben Brooks, libro que llevó a la fama mundial a un escritor de diecinueve años. El libro habla de una relación amorosa y virtual entre un adolescente y una mujer adulta, donde lo inapropiado y el factor tecnológico se funden con ironía y decadentismo.

Pero mejor no digo más nada.

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