Lo que olvidamos del amor

[Olvido. Amor. Nihilismo Optimista. Vacío. Pizarnik. Oliveira. Maga. Llanto. Cojer]

“dice que no sabe del miedo de la muerte del amor
dice que tiene miedo de la muerte del amor
dice que el amor es muerte es miedo
dice que la muerte es miedo es amor
dice que no sabe”
Alejandra Pizarnik

 

por Bruno Osella (@brunosaynomore)

El otro día un amigo, que está atravesando de pronto un momento de feliz enamoramiento, me dijo que había llorado tres días seguidos después del punto de quiebre que sucedió cuando una piba que conoció lo visitó el finde. El tipo es muy sincero, consigo mismo sobre todo; tiene ésa condena de serlo que no voy a decir que no lo deja disfrutar del espejismo de la felicidad así sea un ratito pero que jamás lo desvía de mirar la Big Picture, como dicen por ahí. No, no es un autoboicotero (bueno sí, pero no más que toda ésta generación disneylandezca) si no que defiende como yo la tesis de algo que en algún desayuno alguien llamó nihilismo optimista, que antes de que nos juzguen diremos que no tiene mucho más vericueto que el de pensar que nada tiene un sentido superior, todo es un caos desencadenado por una explosión fortuita, del polvo venimos al polvo vamos, pero mirá si nos vamos a perder el amor. Básicamente. El resto es parafernalia del nombre porque otakus, pero eso es todo: no buscamos la exaltación de las potencias intercesoras, la Maga nos cae como el orto, Oliveira nos parece un sorete, no hay toco tu boca que valga, pero nos enternece cualquier cosita hecha para enternecer y lloramos cada lágrima con fuerza de telenovela venezolana y nos enamoramos para siempre cada vez que la oportunidad se presenta. ¿Puede convivir en armonía todo lo que dije dentro de alguien? Sí, dentro mío y de él, en armonía no, pero el equilibrio no es nuestro eje, así que todo bien.

Seguimos vivos, y eso es mucho, aunque sólo sea un decir.

Como para hacerla corta: luego de que la visita en cuestión que tan en los umbrales de la felicidad lo había dejado se fuera de su casa y yo pudiera volver a ocupar mi lugar de amigo triste al otro lado de su mesa y de su mate, me dijo que cuando la piba se fue lo atacó repentinamente una angustia enorme, que no la implicaba a ella ni al devenir bonito que ya siente que le está abriendo las ventanas y descorriendo cuánto nubarrón haya para que él, vampiro entre vampiros pobre-mi-alma, se cuestione lo cuestionable y se dore un poco la piel porque por un lado se lo merece y por el otro le hace falta.

Pero de pronto lloré, me dice, y veo la misma expresión auténtica que hace diez minutos cuando entré y le vi la cara de cojida maratónica y su casa limpia como nunca. Lloré, me dijo, por el nunca. Lo estoy parafraseando, pero (y aseguro desde ya que su fatalidad no fue exagerada si lo hubiesen visto) me dijo que había llorado sobre esa otra forma anterior del amor que se había infertilizado para siempre dentro suyo. Que se percató de eso, me dijo, y que a eso lo siguió un llanto descontrolado. Se acuerda, me dice, de una forma que supo haber y que dejó de dolerle hace rato, pero no puede recordar la forma en sí, ciertos detalles bonitos de la forma, y entonces llora sobre otra especie de hueco que dejó la ausencia. Si me explico (quiero ser claro en esto) no llora por la persona ni por la ausencia de la persona. La persona hace rato dejó de doler, ni siquiera podría llamarle a lo suyo nido vacío, sino más bien ausencia de nido, por decirlo de algún modo, y eso es lo que se llora. Es como estar triste por la muerte de la tristeza, y pensé entonces que esto no era una forma de masoquismo, no, era más sincero que la mentira cristiana ésta del autoflagelo; pensé que capaz hay emociones compañeras, de ésas que se sienten y se sienten bien y todas y completas porque de alguna forma nos comunicamos con ellas desde la sinceridad y no nos dedicamos a perder el tiempo negándolas. Una tristeza que acompaña y muere, es una tristeza llorable no sólo en el durante si no cuando deja de estar.

 

Y a pesar de todo en él era eso pero, también, otra cosa. Había una impotencia porque llora para atrás, me dice, llora sobre una especie de tierra de nadie donde supo haber un jardín que ahora ni siquiera recuerda que haya estado ahí o si realmente alguna vez le crecieron flores, si se llamaban así, si tenían tal o cuál olor, y entonces entendí la desesperación, la congoja, el vacío (“¡pero si estoy seguro que estaba acá!”) Hay una forma de amor que ya nunca más va a existir, me dice; ¿es malo eso?, le digo sin confesarle que la noche anterior me había sucedido algo similar y que ése algo era lo que me había traído a su casa esa tarde a contarle lo que su emoción extrañamente hermana de la mía interpeló y dio pie al mismo tiempo. No, me dice, para nada, y el llanto no es tristeza, o sí, pero de otra forma. “Es el olvido” (no me acuerdo cuál de los dos lo dijo), pero el olvido posta, el olvido cuando se llama como lo que ya no se llama, ése agujero negro que no puede nombrarse fijamente porque ¿cómo fijo lo que no existe? De pronto, y capaz por viejos, es que nos dimos verdadera cuenta del olvido, no de la noción sino de su presencia absoluta y fantasmal adentro nuestro, como si hubiera un animal agazapado en algún lugar de nuestra mente que devorara con un azar angurriento todo lo que va tocando, como si ése animal engordara con los años y cómo si ahora de pronto fuera lo suficiente obeso como para que nos percatemos de que está ahí, en esto que es su presencia tácita, cierta e informe, el cuerpo sin cuerpo del olvido cuando se llevó para siempre a todas ésas cosas de las no te enterás si no después porque ¿cómo recordaría que estoy olvidando algo sin evocarlo hasta el detalle? La magia oscura de esto es que es absolutamente accidental, imprevisible, indiscriminado, y no sólo eso, sino que la intención de olvidar, la evocación del conjuro espanta al olvido porque no hay recuerdo más persistente que el que se insiste en dejar de recordar. No, no hay un durante para el olvido, no existe durante, el olvido no tiene gerundio aunque los pecho fríos éstos de La Real Academia admitan su conjugación verbal por miedo a la Semántica Real de la Palabra. Nos dijimos que sí, cuando el chabón se puso más grisáceo que de costumbre porque entendió al contarme que ni así podía acordarse, pudimos admitir que sí, que se olvidó (y me olvidé) de una de las formas más ubicua del amor, que había algo que de pronto supo que ya no iba a estar más, y tanto es así que se olvidó para enterarse después. Y sabe que está bien, y sabe justamente por eso que olvidó de verdad, y lo que realmente le duele es eso: haberse olvidado posta y que no haya ya ni medio cuento que contarse al respecto, así sea para sentirse vivx. Somos roleros, la única forma de eternidad que concebimos es a través de una historia, y diría que nos duele, nos resulta cuanto menos indigno que determinadas cosas se olviden y queden por fuera de lo perdurable, ajenas al capítulo amable ahí en la ya de por sí tristísima historia del amor, pero sé que pasa, sabemos que pasa y encima pasa cuando ya no nos importa y ésa es la peor de las mierdas porque a mí (que soy un caprichoso como buen hijo de éste Dios Sorete) ya que vivo atestado de recuerdos, me gustaría elegir de qué olvidarme, mínimamente. Me gusta sentir, no por preferencia ni gusto personal si no por falta de alternativas, y por supuesto que quiero que haya cosas que no existan más ni en la foto de una foto, pero mira si me voy a querer olvidar de algunas de ésas aristas redondeadas de dulzura, de una determinada forma en la multitud de formas de la piel, mira si voy a ser tan gil de renunciar al presente continuo de los gestos, a la evocación de la suavidad, de los primeros vértigos, un beso ¡qué sé yo! De alguna u otra forma nos hemos dado amor, che, torpemente, seguro, pero con toda la ternura de la que nuestra herida es capaz, y no puede ser que éste bicho nos robe también eso. Una mínima redención, pedimos, pero el cerebro se vuelve canalla cuando crece.

¿Será así? ¿Habrá un lugar en la forma del amor que infertilizamos para siempre? ¿Hay tanto por sentir todavía o medio que ya lo sentimos todo y era esto y el resto es un repetirse hasta que se taren los loops? Capaz no, si entendemos el infinito como una ecuación imperecedera, o capaz sí, si tenemos un solo diccionario para nombrar todo lo bonito que nos pase. Pero la cuestión es que me olvidé hasta de lo que no quería olvidarme, dijo, dijimos, y dijimos también que lo mejor y lo peor del amor es éste momento, cuando ya no está y de pronto caemos en la cuenta de que de verdad olvidamos todo eso de lo que no podemos acordarnos y tanto y tan cierto es que olvidamos que ni siquiera nos queda la revancha de por lo menos ir a golpear una puerta para tener algo que echar en cara.

Podés creer.

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