Mad Men, el reflejo de un mundo entrópico

por Georgina Zerega (@zeregag).

What is happiness?

 It’s the moment before you need more happiness

Donald Draper, Mad Men.

Peggy patina y Roger toca el órgano. Después de ocho años de convivir en la pantalla, Peggy y Roger están finalmente solos. No se conocen muy bien, tampoco se aprecian, pero Cinzano de por medio Roger toca la histórica “Hi Lili, Hi Lo” en un órgano que parece haber salido de la nada entre los restos de lo que queda de aquella oficina que alguna vez fue su refugio, mientras Peggy se pasea patinando por los pasillos desiertos de un Sterling Cooper & Partners que ya es parte de su pasado. De todo el pasado. El vacío que, tanto físico como sentimental, se trasmite en esa escena no es más que el reflejo del vacío producido por un cambio de era. Porque al final de cuentas, Mad Men es esa ventana que nos muestra de manera perfecta el reflejo de una era; es una ventana a los ’60 y en parte también a los ’70.

 

Si hay algo que Mad Men no escatima es la importancia dada al cuerpo humano. Y es esa misma importancia que su creador por momentos hace estallar en mil pedazos, haciéndonos sentir pequeños, en un mundo tan grande. Nos recuerda de alguna manera que por más diferente a las otras especies que nos pretendamos, seguimos siendo animales dentro de una cadena alimenticia. Que hoy estamos, pero nada ni nadie nos garantiza el mañana, salvo la transformación. Y vemos entonces, como a través de los años, los personajes se vuelven más vulnerables, más débiles y rompibles, porque es la vida quien les pasa por encima, y porque al final siempre termina ganando la entropía.  Es por eso que vemos a Don, a Roger, a Peter, a Ken -entre tantos otros-  de apariencia totalmente inquebrantable en las primeras temporadas, de pronto arrastrarse, vomitarse encima, avergonzarse de mil maneras, llorar y agarrarse la cabeza.

El desorden, como instituye la entropía de este mundo setentoso, se impone en parte por el sentido de una vulnerabilidad que embiste de lleno al sueño americano, y se lo lleva atropellado. Cuando la entropía se carga el asesinato de John Kennedy durante la tercera temporada, casi todos los personajes salen dañados. El suicidio de Lane Pryce, uno de los socios de la compañía publicitaria, es un símbolo que tiene más de entropía que de vida real. No existe protección de las fuerzas bestiales de la naturaleza. Se terminarán comiendo los unos a los otros y sobrevivirán los más fuertes, aquellos que sean capaces de evolucionar y adaptarse al nuevo mundo. Hola Darwin.

 

Esa dura transformación, por algunos más sufridas que otros, se registra a cada paso, a cada segundo en esta serie que no deja respiro. Por momentos se vuelve tan analizable, que resulta orgásmica para cualquier estudioso de la semiótica. El paso que se abren paulatinamente los personajes femeninos en el mundo laboral es uno de esos cambios. Que al mismo tiempo se contraponen con las figuritas “amas de casa“, las preferidas hasta los ’50. Estas mujeres trabajadoras, quienes por momentos parecieran inhabilitadas socialmente de poder ocupar posiciones como madres, novias o esposas, marcan su camino a la par de los hombres, ocupando oficinas y puestos con los que siempre habían soñado. Como también se vio en su momento, a Harry Crane, un empleado a quien para ningunearlo le dieron el puesto de “Director del Departamento de Televisión“, sin imaginar que los medios televisivos se convertirían en uno de los flujos de dinero más importantes. El cambio es inevitable le dice Roger a Don.

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Pero volviendo a la teoría evolucionista de los más fuertes, los creadores de Mad Men apelan a la misma metáfora: como el mismísimo guión dice, McCann-Erickson swallowed Sterling Cooper. McCann-Erickson se tragó a Sterling Cooper. A pesar de que Don Draper parezca indigerible, su nuevo jefe le dice al comprar la empresa que él siempre fue su ballena blanca, y que finalmente llegó el día en que pudo cazarlo. Pero no es la primera vez que se comen a Don. Recordemos que Draper no es tan Draper, y que se trata de un tal Dick Whitman. Un hombre que asesinó durante la Guerra de Corea a su teniente, se hizo pasar por él adueñándose de su nombre para vivir por siempre en una mentira. En otras palabras, Dick Whitman se comió a Don Draper, antes de nosotros conocerlo como tal.

Gente civilizada que se come a otra gente.

 

En esta movida evolucionista, podemos ver a los dos grandes campeones de la adaptación. A los dos personajes que entendieron siempre de qué se trataba el juego y no tuvieron nunca miedo a jugar. Que perdieron mucho, pero ganaron más. Que fueron los fuertes una y otra vez. Que tuvieron sexo, abortaron, se amaron y se separaron. Que volvieron con sus esposas o que encontraron el amor. Peggy y Peter. Aunque con una diferencia fundamental, Peggy resultó una luchadora y una sobreviviente de la época, mientras que Peter siempre fue el gran depredador. La naturaleza manda.

Por otro lado y en el rincón de los perdedores también tenemos a una gran vencida.  Reina del conservadurismo algunas veces, mujercita incorruptible algunas otras. La gran representante del ideal de mujer del american dream. Aquella que señala con el dedo a su vecina divorciada, para terminar divorciándose de su esposo ella también. La misma que llora desconsoladamente la muerte de Kennedy y se pregunta indignada qué es lo que le está pasando a su país. Respetable madre de tres niños, la inigualable Betty Francis ex Draper, quien no sobrevive a la época. El final de su personaje es bastante interesante. De alguna forma suena irónico que muera de cáncer de pulmones, sobre todo por el trato que se le da al cigarrillo durante la serie. Pero lo más interesante es el abandono. Betty sabe que ella no es capaz en el fondo de adaptarse, nunca lo fue, nunca lo será. Por eso, cuando el médico le informa que existen vías alternativas para curarse, ella no escucha. Betty se dedica en su final a morir. Betty nunca fue por vías alternativas, no suena digno de ella. Y por eso, muere.

 

Finalmente, dentro de esta entropía del mundo reinante existe un pase de una era a la otra, que por más que se sienta al principio como un vacío existencial, los más fuertes saben que pasará y que todo será mejor. Se dejan los ’60 atrás y se deja también la era del yo. La época del egoísmo y del egocentrismo agoniza a principio de los ’70. Dentro del ascensor de Sterling Cooper & Partners, Peggy enojada con Roger le dice “No eres leal. Solamente piensas en tú mismo” y él le responde “Tú estás pensando en tú misma también, esa es la forma en la que debe ser. Cada hombre por sí mismo“. Ese tipo de pensamientos han quedado atrás ya. Llega el hippismo en su máximo esplendor, y no nos permite pensar demasiado tiempo en nosotros mismos.

Aún pareciendo que Don no ha cambiado nada lo ha hecho. La serie siempre fue sobre la nostalgia cumpliendo dos roles: la droga sedativa y el espejo que nos permite iluminar el presente. Don lo entendió. A nosotros siempre nos quedarán los capítulos, para volver y revolcarnos de satisfacción, que no es más que un síntoma de la ambición.

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