Maldita tu costumbre, mujer

por Agustina Chaves (@chasugus)

En pleno siglo XXI, donde las conquistas feministas nos permiten gozar de los mismos derechos civiles que los hombres, la mujer está fuertemente expuesta a la violencia que produce el posicionamiento vertical y diferenciador de los sexos.

L: – El finde salí con una chica
A: – ¿Y, qué onda?
L: – No sé; tuvo una actitud de mierda
A: – ¿Por?
L: – Me molesta salir con una mina que vos sabés que es estudiante, que no labura, los viejos la mantienen. Y ella sabe que vos estás en la misma y a la hora de pagar ni amaga a sacar la billetera. Más allá de que después termine pagando yo, ni amaga.

Estamos tan acostumbrados a determinadas actitudes que no vemos su característica puramente machista. Cada una de estas actitudes naturalizadas, tan arraigadas socialmente, indican que si bien el feminismo logró la conquista de derechos que tratan de igualar al hombre y la mujer, las costumbres y los discursos sociales siguen marcando una diferenciación entre ambos géneros.

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Tapa del juego “Battleship”

La educación, la religión, la literatura, los programas televisivos, entre otras tantas cosas, mantienen –e incluso a veces potencian- la idea de que la mujer, por el mismo hecho de ser tal, debe ser tratada de distinto modo. Y es que el machismo es, ni más ni menos, una lucha de poderes mediante la violencia. A través del convencimiento se  posiciona al sexo femenino por debajo del hombre, es decir en  una relación desigual y vertical de control. Ideas arcaicas que aún hoy tienen vigencia.

Si bien la crianza es uno de los factores principales que influyen en la formación patriarcal de nuestros hijos, no se trata de un problema individual sino social. Y es que las mujeres discriminan tanto como el sexo masculino. En 2012 la Consultora Ibarómetro realizó una encuesta nacional la cual arrojó que el 47% de los argentinos reconoce en su entorno actitudes machistas[1].Como expresa Marina Castañeda “Una sociedad machista crea individuos machistas”[2].

Desde la infancia es común que se diferencie a los sexos con distintos colores (rosa/azul), juguetes (muñecas y escobas/autos y dinosaurios), deportes (gimnasia rítmica/fútbol) e incluso se utilizan frases como “así no se comporta una señorita” o “los nenes no lloran”. La literatura infantil y los programas de entretenimiento colaboran con esta crianza. Las nenas consumen historias de Barbies y princesas –creando un ideal de belleza, comportamiento y aspiraciones que será su modelo a seguir durante los años venideros- rescatadas u amadas por una figura varonil que la salva de un gran peligro o la pobreza. El mensaje: las mujeres no pueden valerse por sí mismas. Hay que buscar un macho que nos mantenga y se encargue de todas las tareas que nosotras -las amas de casa; buenas, fieles y comprensivas esposas- no podemos hacer.

Con frecuencia la gente se refiere a estas actitudes con el término ‘machismo femenino’, esto es un error. No existe la mujer machista, sino mujeres con actitudes adquiridas, mujeres que no se dan cuenta de sus actitudes en connivencia con el patriarcado “Es una fórmula femenina, en la que las mujeres no toman su punto de vista, no se toman a sí mismas como sujetos que son discriminados” expresa Dora Barrancos –Sociologa, Dra. en Historia, Directora del CONICET-. Es decir, que estas actitudes son parte de un posicionamiento, una forma de actuar y pensar muy común en la sociedad y no sólo para con sus iguales, sino también para con uno mismo. Esta forma de relacionarse se pone en práctica día a día en los distintos ámbitos afectivos, políticos, intelectuales, educativos y socio-culturales.

“La mujer con actitudes patriarcales – explica Dora no tiene autopercepción del género a la altura de los acontecimientos actuales. Hoy existen derechos que igualan al hombre y la mujer, aún así el sexo femenino sigue sufriendo una gran discriminación en el ámbito laboral, en el hogar”. La mujer con este tipo de pensamiento cree que su lugar es la cocina y por más que este cansada de ello lo sigue haciendo, es muy común la disconformidad y crítica oculta como el abandono de pensamientos propios, adoptando cualquiera que le parezca coherente o que venga de su conyugue, a quien le debe la sumisión y el respeto por miedo a que este la abandone y así quedar ‘sola y desprotegida’.

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Fuente: www.dinagoldstein.com

Muchas veces las mujeres juzgan hasta lo más natural de sus pares (la sexualidad, liberación, independencia, las relaciones) confundiendo prejuicios machistas con libertades o diferencias éticas. La investigadora expone que no aceptan que hay diferencias y condenan la libertad y autonomía de otras mujeres.

Desde las reivindicaciones del movimiento feminista cobró vida el neomachismo, si bien se acepta que la mujer tiene los mismos derechos cívicos que los hombres, mantienen sus hogares y sus gastos, los/as neomachistas creen que las tareas hogareñas y de crianza siguen siendo reservadas para las mujeres. Complementado con el pensamiento sexista de que los hombres tienen el control sobre el cuerpo y la vida de ‘su’ mujer, limitándole libertades.

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Guía de la buena esposa, por Pilar Primo de Rivera. Link

Es evidente que no estamos en igualdad de condiciones cuando el discurso imperante trata de moldear a la mujer para que sea de determinada manera y no una persona en igualdad de oportunidades, derechos y presentaciones que los hombres.

Para superar esta diferenciación son necesarias políticas estatales en materia de educación, comunicación y cultura; pero para ello es menester que las mujeres tomen conocimiento de todo tipo de sujetamiento que sufren. “El primer paso que se debe dar – finaliza Barrancos es el autoconocimiento de la mujer por parte de la mujer misma. Una reflexión colectiva que haga reaccionar a las mismas mujeres y a los hombres, que sepan reconocer sus condiciones para así poder llevar adelante un movimiento general”.


[1] http://demo.ibarometro.com/advf/documentos/4f7363390aa778.42596345.pdf
[2] Castañeda, María (2007) El machismo invisible regresa. Ed. Taurus.

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