Cómo lee Matt Healy el zeitgeist

[Matthew Healy. The 1975. David Foster Wallace. La Broma Infinita. Harry Styles. Timothée Chalamet. Nueva masculinidad. Sexo. Drogas. Rock]

“Harry Styles: Mr Chalamet…
Timothée Chalamet: Mr Styles… it’s nice to meet you over the phone.
Thank you for doing this”
Harry Styles entrevista a Thimothée Chalamet, Vice I-D

por Pablo Durio (@PabloDurio)

Matthew Healy no
tiene ni un amigo que le diga que leer La
Broma Infinita
en rehabilitación probablemente no sea la mejor idea porque
en primer lugar qué es La Broma Infinita
sino una larguísima novela sobre la mayor rehabilitación de todas que nunca
encuentra su remate (por más pasajes hermosos, ironías sutiles, referencias
espectaculares a un mundo de rayos catódicos que bien modela nuestra conducta
como nuestro imaginario popular, juegos infantiles de guerras mundiales, y
fórmulas matemáticas en un intento desesperado de traer esperanza y orden a la
entropía del Universo): el que dé con la clave de lo que significa ser un puto
ser humano; y en segundo lugar porque te vuelve uno de esos chiflados
románticos que pueden cantarte al oído una cursilería tan cósmica y snob (de
esas que nos encantan) como el disco entero A
brief inquiry into online relationships
en general y el tema Surrounded by heads and bodies en
particular (tema que, ya que estamos, es la primera línea de la ya mencionada Broma Infinita), disco y tema que
diseccionan el espíritu de nuestro tiempo

Drogas: “colapsé mis venas vistiendo unos zapatos
hermosos”

Durante cuatro años Matthew
Healy
fue adicto a la heroína y después volvió muerto y resucitado al salir
de una clínica de rehabilitación (que las crónicas insisten con llamar “de lujo”) en las Bahamas para descubrir que no sólo no podía echarle la culpa de su
adicción al hecho de ser una Estrella de Rock sino que además la tradición
cultural se ocupaba de revestir la enfermedad de un glamour al menos peligroso:
“realmente odio esa cosa muy Williams
Burroughs y Trainspotting y siempre entendí las cosas por lo que eran: excusas
para ser una mala persona”
declaró
Matthew Healy
sobre este apartado, lo cual abrió el debate de la
romantización de las drogas en el mundo del espectáculo.

La heroína y la cocaína son y fueron las principales modelos de pantalones de cuero y miradas sugerentes en esta pasarela, ambas siempre asociadas al estatus que otorgan a quienes las consumen: “la cocaína atravesó un periodo de consumo mínimo, desde los años treinta hasta la década de los sesenta; seguía estando disponible pero resultaba muy difícil de conseguir y parecía que nadie se acordaba de ella” cuenta el periodista Tim Madge en su libro Polvo Blanco pero al parecer no estaba tan en lo cierto: sí se acordaban de ella los actores de Hollywood, donde se consumía con tanta alegría que una vez Tallulah Bankhead le dijo a Louise Brooks: “no me digas que la cocaína crea adicción. Yo llevo tomándola diecisiete años y debería saberlo” (eran los años treinta). En 1971 la sección de ecos de sociedad de Newsweek describía la cocaína como un símbolo de distinción y en algunas revistas se sugería que los orgasmos eran mejores con cocaína, en 1974 la revista dominical de New York Times la definía como “la droga champagne”, en una joyería de San Francisco se vendían cuchillas con incrustaciones de diamantes para cortarla a quinientos dólares y grandes estrellas como Lou Reed, Elton John o Sting (solo para mencionar a tres) empezaron a admitir públicamente que la consumían y, como para cerrar, Woody Allen incluía una escena en Annie Hall en la que se podía ver que era el nuevo entretenimiento favorito de las clases altas intelectuales neoyorkinas. Tanto así que la cocaína llegó a tener mejor prensa que la heroína: algunos médicos incluso se atrevían a escribir ‘papers’ ensalzando sus cualidades. Fuera del jet-set de Hollywood el consumo como forma de pertenencia no sólo de clase sino también artística no se quedaría atrás: la Generación Beat, Hunter S. Thompson, y más tarde Irvine Welsh (solo por mencionar a tres) se pondrían a la cabeza. Este ritmo se marcó hasta nuestros días: al morir Philip Seymour Hoffman según informó The New York Times, los agentes de la Policía de Nueva York encontraron en su vivienda más de 50 papeles de heroína, jeringas y diversos medicamentos. Así pasaron también Heath Ledger y Cory Monteith. Es por eso que la lectura de Matthew Healy resulta interesante: porque parece rastrear el origen de este problema no hasta a una enfermedad, a la soledad, o a una incomprensión del mundo sino también a la ascensión estelar del consumo y al mal uso de la lógica que indica que drogarse con la misma sustancia que determinado músico/escritor/actor automáticamente te confiere su mismo nivel de talento.

Sexo: “todo se reduce a con quién quieras coger”

El primero de noviembre a las 10:02 am I-D Magazine (una de las tantas versiones del conglomerado Vice) publicó una entrevista entre dos de las celebridades más influyentes de los últimos tiempos quienes, aprovechados por la revista de moda y tendencias, supieron leer y encarnar mejor que nadie el cambio drástico en el concepto de masculinidad: Harry Styles habló por teléfono con Timothée Chalamet y, en un apartado que no podemos dejar pasar como casual (deberíamos aplicar el mismo proceso a toda la tensión homoerótica constante -casi como una nota pensada y escrita por Chuck Palahniuk[1]-) ambos se refieren al concepto de “nueva masculinidad”. Harry Styles introduce el tema de manera autorreferencial, le dice a Chalamet que creció en un mundo básicamente femenino, rodeado de su mamá y de su hermana y le dice que está muy conforme con el hombre en el que se convirtió y que, a contramano de la norma, encuentra mucha masculinidad en ser vulnerable y femenino (podríamos agregar el video en el que en un recital le dice a un fan que “todos somos un poco gay ¿o no?” o en la idea de que su canción Medicine es una declaración de, al menos, su bisexualidad) a lo que Timothée declara “eso es realmente hermoso e inspirador, en realidad resulta muy cómodo crear desde el caos y la locura. Es casi un privilegio poder sentirse vulnerable. Realmente entiendo eso. Creo que se puede lograr en el arte, pero también en la intimidad. Si tenemos esta conversación, de una manera infinitesimal, podemos ayudar a cualquier persona, un hombre, una niña, a darse cuenta de que ser vulnerable no es una debilidad, ni una barrera social. No significa que estés loco o seas inestable, solo eres un ser humano, algo que creo que tiene mucho sentido en tu música y, con suerte, en mis películas también. Los seres humanos son complejos; necesitamos sentir muchas cosas. No somos homogéneos” y, por supuesto, más allá y no tan lejos como cerca, Matthew Healy no se queda atrás.

Hablando sobre su sexualidad en un programa radio años antes Matthew Healy declaró: “la idea de una sexualidad conflictiva es algo que todavía sufren muchas personas (…) yo mismo me sigo haciendo preguntas al respecto”. En otras palabras, podríamos decir que Matthew Healy se leyó todos los threads al declarar que la sexualidad era una construcción social, pero hay algo sobre esa nueva masculinidad mainstream que hacia adentro de los movimientos sociales genera más dudas que certezas: ¿tiene que ver más con una estética particular de renovación de la masculinidad que con un movimiento profundo? ¿se trata sólo de una estética blanca, bella, aniñada y por lo tanto menos viril y peligrosa que se instala como inerme e incapaz de hacer daño, cuasi gentil? ¿esta renovación muy naif de la masculinidad va de la mano de cierto bastardeo no profundo de los reclamos de género? (en los tres casos hombres blancos cisgénero y hasta donde sabemos heterosexuales -más allá de los coqueteos), lo cierto es que lo que en Harry Styles aún se encuentra en la postura de la seducción (la seducción como la antítesis de la obscenidad, lo pornográfico de la declaración pública, y la baratija de lo obvio; la seducción como esa sensualidad a descubrir, como algo oculto, secreto e inaccesible, ambiguo y, por lo tanto, monstruoso) en Healy es más certero: “todo se reduce a con quién quieras coger (…) Es más algo como ¿quiero chuparle la pija a otro hombre? no. ¿Quiero besarlo? Puede ser…”. Y por delante de esto todas las fotos de los tres antes mencionados supuestamente inclusivos y divinos vistiendo ropa ajustada de colores y texturas femeninas, el tweet en el que Healy le dice a Styles que quiere producirle su próximo disco y, por qué no, la foto de Matthew Healy con el mismísimo Timothée Chalamet o sus declaraciones para MTv News.

Cinismo y redes sociales: “encontré un pelo gris en uno de mis porros/ como al contexto en un debate moderno, simplemente lo tiré”

Hay un ensayo muy conocido de David Foster Wallace en el cual se refiere a la vuelta a la
sinceridad como contra cara del cinismo (que parece haberlo tomado todo desde
la vulgarización de la ironía y la posterior llegada de las redes sociales): “pocos artistas se atreven a intentar hablar
sobre cómo redimir aquello que está mal porque parecerán sentimentales y naíf a
todos los «ironizadores». La ironía ha pasado de ser liberadora a ser
esclavizante. Hay un gran ensayo en alguna parte que tiene una frase sobre la
ironía: es la canción del prisionero que ha acabado por amar su celda”
y al
parecer Matthew Healy lo sabe:
despotrica contra la falta de sensibilidad, hace gala de la cursilería,
arremete contra la manera de comunicarnos en enunciados que simulan contener
verdad cuando se disparan al aire carente de contexto y sustancia y solo buscan
el efecto de que alguien venga a palmarnos la espalda y acariciar nuestro ego
dándonos la razón (igual de efímera que los enunciados) en forma de likes y
aceptación en ceros y unos.

Pero entonces, ¿de qué no habla Healy en su música? The 1975
cubre la adicción, la psicosis de la cocaína, el amor, la depresión, las
Kardashians, el situacionismo, la depresión posparto de su madre y el ridículo
magnetismo del ego estrella de rock, el envejecimiento, enfermedades de
transmisión sexual, suicidio, brutalidad policial, Cambridge Analytica, Trump,
Kanye y la guerra. Toda nuestra época resumida en su idea de que la música
tiene que cambiar e inspirar a la sociedad “dándoles
una liberación de todas las tonterías”
y abandonando, a su vez, las
marcas de nuestro tiempo: “ser
autorreferencial, referencias a la cultura pop, la negación del
sentimentalismo”
, cosas que bien podrían ser las que denuncia DFW en La Broma infinita en contraposición a la mentalidad new age del
discurso componedor de los 12 pasos.

Entonces y ya que llegamos hasta acá, cómo lee Matthew Healy el zeitgeist: como si Byung Chul-Han pudiera cantar y componer, como si entendiera el marketing del homoertotismo, y como si pudiera dejar de robar con las mismas tres ideas de siempre y llenarlas de referencias pop.


[1] Necesito hacer una nota al pie sólo para mencionar lo obvio del diálogo (por teléfono, insisto), entre sus voces graves y desgastadas y nasales al referirse a la escena de Call me by your name en la que Harry Styles le
pregunta (quizás con una sonrisa en la boca):
H: ¿Podes seguir comiendo duraznos?
T: [Risas] Puedo, pero no sin pensar en eso…

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