Millenniapocalypse Now

[Apocalipsis. Coronavirus. Pademia. Distopía. George Orwell. Ray Bradbury. Aldous Huxley. Un mundo feliz. 1984. Crónicas marcianas. Black Mirror]

por Bruno Osella (@Bruno_SayNoMore)

Digo, ya está, lo querían, lo tienen. Años hace, siglos hace, milenios hace, que nuestras nostalgias distópicas vienen urdiendo este presente perfecto y su apocalipsis now que tiene más de now que de distopía y de apocalipsis en sí. No es misterio (no soy tonto pero tampoco lúcido) que estamos asistiendo a un fin del mundo bastante diluído para nuestras expectativas megalómanas, y tampoco se nos puede culpar, convengamos, aunque en el fondo se nos pueda culpar de todo también y al mismo tiempo y no obstante y sin embargo.

Nuestra generación goza (y nada más lejos de las tesis hedonistas que éste uso del término “gozar” al que suscribo) desde sus albores neonatales del desligamiento de toda aquella pretensión idealizada de lo que, desde más o menos los años ochenta para atrás hasta el setentamil antes de Cristopher Lee, se declamaba ostentosamente como “el futuro”, y que por supuesto se parecía más a un capítulo estridente de los Supersónicos que a ésta gloriosa fábrica comunista de memes en la que demostramos que nuestro mayor logro del pensamiento abstracto es una imagen con un breve texto que resume los significados y significantes de un masivo grupo humano, y no nimiedades insulsas como la teoría de las cuerdas, la teoría de la relatividad, o la creación de la partícula de Dios y maría santísima. Nosotros llevamos en nuestros hombros la carga propia y prestada de ser una consecuencia, y con decir una no quiero decir una sola; me refiero a que llevamos el peso de ser La Consecuencia, cualquiera que se precie de tal, y porque sí. Somos un resultado y lo sabemos, y es por eso que estamos desligados, como venía diciendo antes, de lo que fue quizás la razón primigenia de las grandes obsesiones de las generaciones pasadas, de aquello a lo que le dedicaron sus más sesudos divagues y sus predicciones más fantasiosas y sus incalculables asombros: la noción futurista. Ellos lo pensaron, lo diagramaron, fueron sus urdidores mentales que acabaron teniendo más de especuladores que de artífices, y nosotros acá estamos, el futuro es hoy, estaríamos siendo nosotros, en teoría, y nacimos como sabiendo eso pero luego de dos o tres películas acabamos por contrastar nuestro presente con la hipótesis previa y la conclusión acaba siendo más bien como un “che, ¿el futuro en serio es hoy?” obteniendo por toda respuesta el “Se” del compañero de banco que stalkea a una pareja española que cocina galletitas con forma de panda en Australia, y nos entregamos a la inercia de existir con ésta desilusión abúlica con la que desmembramos todas las pretensiones previas de nuestra reciente antepasada: la humanidad. Y quizás es culpa de ellos, y digo es su culpa porque total qué van a decir si están muertos (y si eran tan inteligentes por qué se murieron ¿no?), quizás han sido sus densísimas idealizaciones las que llevaron a que al fin de cuentas el fin de cuentas tenga más de cuentas que de fin, pero ¿podemos culparlos del todo?

Se.

Pero tampoco tanto.

Quiero aclarar, en favor nuestro y de las expectativas megalómanas previas, que tenemos (o al menos hasta hace unos meses teníamos) elementos más que suficientes para basar nuestras más y mejores urdidas conjeturas respecto a la conformación instrumental, melódica, y rítmica, de un trémolo digno para ésta ópera estridente que ha sido la historia de la humanidad que es básicamente la historia de todo porque así de antropocentristas somos, y digo teníamos porque, amén de nuestros riquísimos aportes imaginarios a la causa apocalíptica desde los más extravagantes y creativos delirios cinematográficos, literarios, y demases, hubo en tiempos mejores que este un mundo que parecía dispuesto a hacernos la guerra con todo el presupuesto del que era capaz, incluyendo en su staff al ejército de hecatónquiros y vampiros de Wall Street, para exterminarnos como si fuéramos la más molesta de las colonias de sus infinitos parásitos. Quiero decir (sigo queriendo decir porque siempre todo es hasta ahí pero cuándo, Bruno, cuándo) que yo crecí y vi con mis propios ojos, pibe, porque yo lo vi y no me lo contaron, que hubo una vez por ejemplo en que una señora con nombre de huracán que se llamó Katrina casi deja a medio pueblo yanqui empobrecido, pidiéndoles permiso de rodillas a los mejicanos y doblándole las películas como el orto con tal de que los dejen entrar al país del sur; hubo coletazos de belicismos floridos ahí a principios del 2000 en los que aparecieron aviones con supuestos fanáticos religiosos que se estrellaron contra rascacielos babelísticos y dejaron saldos de cientos de cadáveres en explosiones espectaculares y colorinches donde no faltó el desfile de latinos muertos porque justo ése día estaban de oferta para el autoatentado en la padre matria del Bajo Manhattan; hubo también promesas devastadoras de devastadores oráculos que imaginaban sangre lloviendo y jinetes encendidos en llamas violetas y toda la parafernalia circense para cuando en el siglo joven dieran las dosmildoce en punto, malinterpretando las cuentas que hace cientos de miles de años un grupete de mayas hicieron al percatarse de que la galaxia giraba sobre su propio eje de trescientos sesenta grados cada cierta cantidad de tiempo (con “cierta cantidad” me refiero a ciertos veinticinco mil años), lo dibujaron con firuletes y soles y orbes planetarios en un rapto de inspirado diseño y cortaron la cuenta ahí porque les dio paja y supusieron que ya habían aportado suficiente a la industria del almanaque como para vibrar en otra frecuencia y desaparecer para siempre de los anales de la historia, sin saber que milenios después otro grupete de crédulos autoproclamados Civilización Occidental iban a tener tendencias suicidas porque acabaron por darle a sus anotaciones y dibujos más crédito del que debe dársele a un calendario; y cómo olvidar las explosiones nucleares, las bases atómicas, la crisis del capital, el hombre lobo del hombre la bomba atómica Marvel DC George Lucas Mirtha Legrand las hordas de zombies la rebelión de las máquinas y la puta madre ¡en qué momento! ¡¿Cuándo fue que la producción se jubiló anticipadamente y nos abandonó a ésta suerte de telenovela berreta en la que lo que nos va a terminar matando al final parece que será nuestra propia estupidez y donde encima parece que nos quejamos porque podemos quejarnos pero en el fondo sabemos que siempre supimos que no merecemos mucho más que esto?!

O sea, ya con todas las excusas agotadas y con un tajante “fuera de joda” como cuchillo inicial del párrafo: ¿qué podíamos pretender? Seamos buenos, y con total sinceridad pensemos ¿a la altura de quién estaban las ficciones anteriores, las dictaduras Orwellianas, las distopías de Bradbury, las paradojas cibernéticas de las hermanas Wachosky? ¿Quién de nosotros hubiese sido digno de representar un papel más relevante que el del peatón que cruza por detrás de un miserable personaje de Arlt en un miserable cuento sobre la miseria humana? ¿Quién hubiese tenido la naturaleza destructora o la perfección técnica de Huxley para crear semejante apocalipsis? ¿En serio Black Mirror nos mintió tanto que nos creíamos capaces de solventarnos con nuestros propios aportes tributarios tamaño final de los finales? No, gente, en términos cotidianos, a la hora de los bifes no llegamo’ a fin de mes, se nos mojó la pólvora de los últimos cartuchos, se apagó la mecha locón, gastamos más en golosinas que en invertirnos una buena parcela en las buenas historias de los buenos fines del mundo. Es esto, somos ésto, éste nosotros en cuarentena que se la pasa viéndose las caras de maniquíes pueriles hasta el fin de todas las cosas que está acá, a la vuelta de nosotros, el fin es esto y no otra cosa y entonces el final de los finales se parece más bien a que el culebrón de la siesta ya se prolongó demasiado y la señora que plancha la ropa mientras lo mira se aburrió y está yendo a oprimir el botoncito del zapping en la tele para poner vaya a saber qué otra mierda.

Y punto.

 

 

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