Sobre la aceptación colectiva de la muerte y otros desvaríos

 [Apocalipsis. Pandemia. Coronavirus. Duelo. Negacion. Comic. When the Wind Blows. Raymond Briggs. Roger Waters. Rusia. Reino Unido]

por Manuel Rivero (@_maneul)

Entre los libros viejos de casa hay un comic que me impactó desde la primera vez que lo leí. Es un libro grande con hojas de buena calidad en el que se cuenta la historia de un matrimonio de jubilados, Hilda y Jim, durante un ataque nuclear ficticio de Rusia al Reino Unido. A excepción de algunas laminas en las que se muestran misiles cayendo, todo lo que pasa está contado desde la perspectiva de los dos personajes y su percepción sobre lo que pasa en el mundo.

Al escuchar los anuncios del ataque en la radio, Jim comienza a construir un refugio basándose en su experiencia durante la segunda guerra mundial. Confía en que el gobierno sabe lo que hay que hacer y lee instructivos viejos para el accionar durante un bombardeo.  El matrimonio no es consciente de los daños de la radiación e intenta seguir la vida de manera normal. El pasto alrededor de la casa se va secando y la radio, su ultimo contacto con la realidad, deja de transmitir. Hilda y Jim empiezan a perder los dientes y el pelo. Se ponen irritables, se enferman y se debilitan. En los últimos cuadros del comic los personajes, metidos en bolsas de papa, se desean las buenas noches. No sabemos si en la línea temporal del comic se despiertan al otro día, ni si el mundo entero lo hace o no.

El comic se llama When the Wind Blows, es de Raymond Briggs y en 1986 se hizo una película basada en el mismo con música de Roger Waters. Es una historia oscura llena de chistes negros contada desde la ternura de la intimidad. Los personajes jamás terminan de entender que les está pasando y caminan hacia la muerte colgando la ropa, lavando los platos y haciendo todas esas acciones que construyen su cotidianeidad.

Animal de costumbre

Las películas apocalípticas suelen transmitir una transformación. Un antes y un después en el mundo. Un desarme de todo sobre el cual construir un mundo nuevo con otras reglas. Antes de la pandemia pensaba de manera bastante ilusa que a los jóvenes de este presente no nos iba a tocar vivir nada tan caótico ni tan sorprendente. Que íbamos a transitar nuestro corto ciclo de vida en un gris entre el pasado y el futuro sin hechos históricos tan relevantes. El año pasado, cuando el COVID apareció en nuestras vidas (como tantas otras temáticas que consumimos y descartamos en ese frenesí de llenarnos de información que nos generan las redes sociales) le dije a mi tía en broma que no fuera paranoica porque a pesar de lo que decían los medios era imposible que, a nosotros, los personajes de esta línea temporal del universo, nos pasara algo tan grave como un virus asesino que nos matase a todos. La pandemia era recién un meme en mi celular y las pocas personas que andaban con barbijo parecían estar exagerando de manera conspiranoica. Después pasó lo que pasó. La película esa que estábamos viendo de lejos empezó a ser nuestro día a día. Al sentirme fuera del riesgo de la muerte, pude hacerle un lugar entre el miedo y la incertidumbre a una cuota de adrenalina. Un “¿y ahora qué?”, ante la aparición de un quiebre en nuestra historia. Lo anecdótico se transformó en algo de lo que vamos a hablar el resto de nuestras vidas y por un momento pareció que íbamos a entrar de a poco en uno de esos escenarios apocalípticos de cambio.

Algunos vaticinaron la caída del sistema capitalista (jaja) otros pensamos que quizás el horror sirviese para unirnos un poco más entre todos y lavarle la cara a nuestro paradigma super usado. Pero al final pasó lo que siempre pasa con nosotros los humanos: nos acostumbramos. Los negocios llenaron las puertas de alcohol en gel, los bares empezaron a repartir papeles para firmar y los Community Managers del mundo empezaron a usar el emoji del barbijo. Los fallecidos empezaron a ser parte del zapping. La empatía y la conexión con el otro fueron volviendo a sus moldes originales y sus plazos correspondientes. Los protocolos de higiene y seguridad pasaron a actuarse como una formalidad. El verano dejó un sentimiento ilusorio de relajación y como Hilda y Jim la mayoría de las personas encontraron la forma de seguir con sus actividades cotidianas buscando esa “antigua normalidad” en la que supimos vivir hace un tiempo. La percepción de la muerte no parece sentirse de manera colectiva, sino cuando toca de cerca. Y a veces ni eso.

Mi mamá me contó horrorizada el otro día como algunos de sus alumnos más chicos hablan de la muerte de sus familiares mayores como de un hecho cotidiano más. ¿Hasta que punto es bueno acostumbrarse a lo que está pasando? Y por otro lado ¿Nos estamos acostumbrando o estamos eligiendo no ser del todo conscientes para no volvernos locos? No quiero generalizar porque se cae de maduro que cada uno procesa el fallecimiento de un ser querido de la manera en la que mejor puede. Pero la velocidad a la que se desenvuelve esta situación hace que de manera colectiva no nos estemos moviendo de la etapa del duelo a la de la negación. ¿Cómo se explica que todos conozcamos los números de los hospitales y las morgues pero aun así se sigan organizando fiestas de 200 personas?

Esta segunda ola de virus es mucho peor que la anterior, pero si uno sale hoy a la calle el escenario casi que se parece más a la “antigua normalidad” que al 2020. Me intriga cómo nos contaremos a nosotros mismos todo esto en el futuro, y si lo estaremos procesando bien o estaremos poniendo una curita en una fractura expuesta.

Por el momento evitemos colgar la ropa mientras caen las bombas nucleares.

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