Normal People: el melodrama como épica cotidiana

[Normal People. Serie. Lenny Abrahamson. Sally Rooney. Épica. Cotidianeidad. Tiempo. Amor. Shakespeare. Tragedia. Mario Vargas Llosa]

por Gonzalo Zanini (@gon.zanini)

La épica de la vida cotidiana se diluye muy fácil. Ahora, quizás, cuando el cúmulo de días puede ser tan significativo como vacuo, parece una tarea imposible otorgarle sentido, color,  importancia a los momentos que brotan con entusiasmo alrededor mío. Y me refiero, por supuesto, a este ahora epidémico, de cuarentena, de encierro reglamentado, en donde los días (semanas, meses) se enredaron en ovillos enmarañados y sucios para hacernos creer que el tiempo no es gran cosa. Pero sí, a no engañarse: lo es y lo seguirá siendo. Está ahí, bien escondido, como un villano slasher, sosteniendo un puñal en la mano, mostrando la acumulación de días perdidos, abrazos postergados, miradas desencontradas y un etc. excesivamente largo, melancólico y cursi.

Entonces la épica de la vida cotidiana, insisto, en este ahora contingente, virósico, se diluye fácilmente. Y por eso el impulso de aferrarnos a algo, a cualquier cosa, se vuelve una obligación tan necesaria como evidente: es el impulso del desesperado. En una reciente columna de Alberto Fuguet, que habla de la buena de Mariana Enriquez, el escritor chileno señala que es un buen momento para consumir cultura pop. Sin dudas, un gran consejo. Creo que es un buen momento para aferrarnos a lo pop.

Aunque, por supuesto, también es un buen momento para aprovechar y ver el Decálogo de Krzysztof Kieślowski. Y ya que estamos ver la trilogía Tres colores del director polaco. O mucho mejor aún: inyectarse en los ojos todo lo que se pueda llegar a conseguir de la Criterion Collection. También, quizás, es un buen momento para sentarse a leer mastodontes de celulosa como El arco iris de gravedad de Thomas Pynchon. O volver a los poemas de Jorge Luis Borges. Es decir, aprovechar el tiempo para constituirse como una persona inteligente, seria. Esa es una tarea agradable. Y lo digo por experiencia. Consumí los productos culturales nombrados anteriormente. Pero gracias al contraste que forman esas obras reunidas, y además consumidas en un periodo corto de tiempo, me asombré al comprobar que nada le hace competencia a una historia de amor bien shakespeariana. A un fenómeno literario y de audiencia. A un producto pop, enternecedor, creado para quebrar y llorar. Me refiero a Normal people, la serie del director Lenny Abrahamson, basada en la novela de Sally Rooney.

Fue una desilusión, por supuesto, llegar a la conclusión de que pertenezco a los romances de Shakespeare y no a los párrafos largos, excesivamente complejos de Pynchon. O a la aridez indie y polaca de Kieślowski (¿ustedes, honestamente, como se sentirían?). Soy un desperdicio de buena voluntad intelectual.  Es un hecho. Desilusión en estado puro.

Morite de pop, cagón

Más allá del show caricaturesco y sobreactuado de la introducción, me resultó interesante  sentir los efectos de una serie que compenetraba más conmigo que ninguna otra cosa leída/vista hace mucho tiempo. Me imagino que es un efecto que debe pasarle a muchxs; y que es inherente a toda obra que logre desbordarnos de satisfacción: me refiero al hecho de ver una serie o leer un libro que provoque la sensación de aplanar todo lo consumido anteriormente para hacernos creer que hacía tiempo, mucho tiempo, que nada cruzaba ese límite de confort para proponernos algo diferente. Aunque en realidad, ese algo diferente no tenga nada de diferente. Es quizás la misma basura que consumís desde que tenés quince años: pero el efecto radica en eso, en la singularidad que tiene el producto cultural para disipar todo tipo de competencia.

¿Por qué Normal people no propone algo “vanguardista”, nuevo, alternativo al paisaje pop y masivo que nos adueña? Bueno, al menos en lo estructural, Shakespeare vuela tan cómodo por el relato que termina aboliendo toda idea de novedad. Pero no importa. La verdad, importa un carajo cualquier tipo de propuesta disruptiva (Godard ¿Estás ahí? ¿Leyendo esto? ¿No recibiste muchos aplausos por tu vanguardia? ¿Ahora no es momento de hacer cine?)  Normal people se inscribe en una narrativa clásica porque absorbe lo elemental de obras como Romeo y Julieta: dos personas se aman pero no pueden estar juntas por x motivos. Es decir, una historia llena de pasiones que entran en un engranaje de contradicciones y obstáculos que imposibilitan la unión. Esos obstáculos suelen ser personajes secundarios que irrumpen para crear caos; o decisiones mal tomadas; o el propio azar de la vida.

Pero Normal people es una serie nacida en el siglo XXI. Hay condimentos propios de nuestra generación. Quizás por eso llamó tanto la atención. La serie funciona muy bien. Pero no me preocupa tanto la serie en sí. Ni su mundillo alrededor: si el relato agrada o no, si tiene buena o mala recepción, si es solo una moda pasajera, si los actores tendrán futuro o serán solo un destello efímero. No. Me interesa el efecto. Lo que acomodó y desacomodó. ¿Qué hace que en pleno siglo XXI nos siga interesando la historia de una relación heterosexual, de gente blanca, que lucha (o se abandona) con las contradicciones de siempre para poder estar juntos? ¿Seguiremos siendo siempre unos románticos empedernidos? ¿El verdadero virus de la humanidad es el apego al romance clásico? Porque Normal People no es Euphoria, la muy bien lograda serie de HBO, que se suma a la tradición de dar explicación al momento brumoso y raro de la adolescencia. Euphoria es totalmente contemporánea, un licuado bien épico y lumínico de redes sociales, problemas paternales, violencia de género, bullying, abuso de drogas, etc. Euphoria es una serie que cumple la función de cristalizar comportamientos sociales en boga, totalmente presentes en muchas realidades. Normal people cumple de manera parcial con ese propósito, debido a que el foco está en la forma en que se crea y metaboliza el apego entre dos personas. La historia de Sally Rooney busca la sutileza sin que la historia se vuelva chata en lo absoluto. Y así dos jóvenes se aman, como novios, como mejores amigos. El tiempo pasa. Los traumas se acumulan, se dilatan, se superan, vuelven a incubarse. No es más que una historia de dos jóvenes. Entonces, ¿por qué tanta importancia?

Creo que hay una voluntad que ni la seriedad académica y conservadora ni las modas culturales a lo largo del tiempo pueden vencer: la voluntad de consumir melodrama. Es posible que la carrera ensayística del escritor Mario Vargas Llosa se vuelva, en un punto de la historia, un conjunto de textos insuperables, que destellan genialidad y originalidad, sin dejar de ser adictivos y totalmente amigables. No hay que dejar que la imagen aberrante del escritor en estos últimos años opaque su escritura. En el libro La orgia perpetua (2011) Vargas Llosa habla del melodrama para explicar la fascinación que tiene con el libro Madame Bovary, de Gustave Flaubert.  El autor peruano define al melodrama de la siguiente manera: “Hablo de una cierta distorsión o exacerbación del sentimiento, de la perversión del gusto entronizado en cada época, de esa herejía, contrapunto, deterioro (popular, burgués y aristocrático) que en cada sociedad sufren los modelos establecidos por las élites como patrones estéticos, lingüísticos, morales, sociales y eróticos; hablo de la mecanización y encanallamiento que, en la vida cotidiana, padecen las emociones, las ideas, las relaciones humanas; hablo de la inserción, por obra de la ingenuidad, la ignorancia, la pereza y la rutina, de lo cómico en lo serio, de lo grotesco en lo trágico, de lo absurdo en lo lógico, de lo impuro en lo puro, de lo feo en lo bello.” (p.8; 2011) El melodrama se vuelve la posibilidad de congeniar las contradicciones presentes en la realidad. Las mismas contradicciones que ocurren y se desenvuelven de manera fugaz y desapercibida. O al menos no ocurren en la linealidad y tiempo que se desea y como consecuencia el sentido que nos ayuda a dar una explicación a las pocas cosas que se llegan a conocer del mundo se pierde por completo.

Es necesario rescatar ese sentido.

Creo que el melodrama propone una suerte de sadismo frente a la realidad. Buscamos el placer del dolor a través del ordenamiento de aquello que nos aniquila, de la fijación y entendimiento de la desdicha. Porque realmente es necesario fijar algunos puntos de orientación para saber qué ocurre con uno. Y la búsqueda de ese conocimiento, de ese sentido provisto por el melodrama, no es para nada amigable. Pero aún así se consume melodrama para saber aquellos problemas del corazón, de la soledad, de los vínculos.

Hay que pensar en la posibilidad de que una obra de arte (libro, película, serie, canción, cuadro, etc.) pueda dar forma y estructurar la multiplicidad de sentires de la experiencia humana, ligada a la lucha interna y social harta conocida de la razón y el corazón, de la lógica y la pasión, y esa serie de dicotomías que enumera Vargas Llosa. La dificultad de la experiencia humana consiste en el punto medio de aquellas polaridades; en el balance del desborde y la mesura. Y esto solo puede darse, para otorgarle un sentido más profundo, en una propuesta como el melodrama.

Al fin y al cabo, nos valemos de obras como Madame Bovary o Normal people para tratar de fijar un sentido provisorio que de forma a la realidad que sentimos. Es esa necesidad de volver a ver la épica de la vida cotidiana, de no dejarse intimidar por la autoridad del tiempo, de no perderse en la acumulación de los días. Sensiblería barata, quizás, pero muy probablemente, en el final de los tiempos, van a valer más unas lágrimas que un gesto de indiferencia.


Bibliografia

_ Vargas llosa, M., (2011). “La orgia perpetua”; Madrid, España; Punto de lectura,

 

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