Normas para el zoológico humano

por Jorge Charras (@CaciqueJackaroe)

Chen, Hurley y Karim, como la mayoría de las deidades menores de la Web, son nombres desconocidos para la nueva masa de usuarios que antes eligieron aprender la coreografía ecuestre de Gangnam Style. Pero son la tríada de fundadores de YouTube que, un año y medio después de crear otra red social con ambiciones de levante, vendieron el sitio por una millonada -literal- de dólares. Si la web tuvo origen militar, una gran corriente de su desarrollo encuentra su motor en el Eros. Se usa para conseguir pareja -cada tanto aparece la historia de los cónyuges que se conocieron por Facebook y se casaron- o un affaire ocasional -la sabia vital de Tinder-.

Claro está: dicha arqueología oculta la insospechada mutación que YouTube cobró tiempo después y que muestra una nueva vitalidad cada cuatro años, al menos en nuestro país, coincidiendo con el ritmo democrático.

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La escena de debate es Facebook o Twitter. Alguien, un usuario X, levanta la bandera del oficialismo y confirma sus dichos con un vídeo de YouTube. Otro, el Y de esta ecuación imaginaria, refuta con otro vídeo donde el candidato oficialista pasea de la mano con Carlos Saúl. Así mismo, el lance sigue con un vídeo del candidato de Cambiemos señalando la cantidad exagerada de Universidades Públicas. El terror nos abate. Con devoción, cada uno encuentra su propia justificación en ese par de minutos de grabación, congelado en el tiempo, alejado de cualquier posible filiación de contexto, adelgazado y propuesto como moneda de cambio en un intercambio digital.

Deberíamos pensar en los efectos pero aún más en la imaginación que corre detrás de esas argumentaciones. ¿Puede una persona cambiar con el paso del tiempo? La pregunta banal, respondida por la biología misma, es anulada al momento de convocar la fuerza de los vídeos (una especie de extracción exacta de la Historia). Entonces, el sujeto político, en la era de la discusión digital, es una delgada lámina, con un revés y un derecho iguales. Aún más, una especie de imposible físico: un sujeto laminar con un solo lado.

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Me at the zoo

Contrario a la promesa paradisíaca de conseguir compañera sexual, el primer vídeo de YouTube está compuesto por diecinueve segundos anodinos de un joven frente a una jaula de elefantes en un zoológico. El chico en cuestión en Jawed Karim, uno de los cofundadores de la web (sobre quién suponemos que no por este vídeo, verdaderamente malo como carta de presentación ante posibles conquistas, sino por los millones que vinieron después, habrá conseguido levantar). Pero más allá de esa épica fallida, el sitio, hoy, en nuestra selva política contemporánea, es una cantera enorme de argumentos políticos.

Al margen de la celebrada vuelta de la política a la discusión de café pero también a la militancia, que se discuta con un vídeo en la mano marca la condición digital de ese regreso.

En los manuales de retórica, incluso ya en el halago de Helena de Troya que diera piedra libre a las habilidades verbales como forma de convencer, se habla de tópicos para referirse a las canteras de temas ya pensados, incluso confrontados, en una sociedad. ¿Es una figura válida para pensar YouTube? Puede ser. Aunque más bien es el soporte privilegiado de esos temas que, por poner un ejemplo, sería la corrupción de la clase política. Entonces, uno y otro, pongamos por caso los rivales a nuestra próxima presidencia, encuentra una variación digital con la que ser fustigados.

Hay otra versión del mismo asunto. Más arriba señalamos el adelgazamiento de la imagen, que debe ser entendido como el desmontado de la serie histórica en favor de un vacío nihilista. O sea, el viejo y querido adagio del valor de cambio pero en las condiciones digitales del hipercapitalismo. Un vídeo de una foto de un candidato con aquel a quien dice denostar señala su automática adscripción a la hipocresía. La desmentida llega de otro vídeo en interminables cadenas de respuestas de Facebook.

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Una vez más estamos ante el viejo truco de vender como herramienta de emancipación una plataforma que sirve para la investigación de los mercados y que, en el caso de la disputa política sirve antes a la sensualidad del Ego (¡Mirá lo que yo digo y acá está la prueba, pobre imbécil!) que a la discusión de un programa y sus efectos. Su dialéctica  es la del golpe por golpe más que la ambicionada comunidad del ideal democrático.

Probablemente el fenómeno sea de adscripción occidental y su complicada relación con el Yo que hoy no se construye sino en relación al mundo digital y sus redes. Pero ¿cómo escaparle a la aparente única sede de la verdad histórica que es YouTube? Una, entre muchas posibles, como alguna vez lo fue el montaje, es la ironía. En el abandonado parque zoológico de la brutalidad digital de las redes, un Parque Jurásico de Egos como Tiranosaurios,  el ironista es el amargado pintor de panoramas.


 

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