Nos reconocemos a través del barbijo

[Tapabocas. Barbijo. Reconocerse. Mirada. Otredad. Luis Miguel. Donna Haraway. Cyborg. Covid. Pandemia. Alex Williams. Nick Srniček. Aceleracionismo. Erving Goffman]

por Lucía Pildain (@luciahuilen)

Si, para el interaccionismo simbólico, el sentido de la expresión de nuestros cuerpos está inserto en contextos de interacción, ¿qué pasa con nuestros cuerpos pandémicos? ¿Y con nuestros rostros semi tapados? Hasta hace poco más de siete u ocho meses no dejábamos nuestras casas sin dos objetos preciados: el celular y las llaves, en ese orden de importancia. Hoy en el proyecto de una nueva normalidad tratamos de salir de nuestras casas con menos frecuencia, pero cuando lo hacemos, la prioridad es el tapabocas. Si construimos la realidad social a través de nuestras interacciones, ¿cómo es nuestra realidad social en una época de mínimas interacciones presenciales, fuera de las pantallas? Incómoda, seguro.

Nos situamos entonces en un escenario: hay actores (nosotrxs) y hay público (otrxs). El diálogo se nos complica más que antes. Se suman a todos los problemas de comunicación el desafío de hablar con algo que nos tapa la boca y de oír bocas tapadas. Pero nos ponemos en escena como ciudadanxs responsables que se cuidan y cuidan al otrx, lo que nos permite iniciar las interacciones ya excusadxs por los problemas técnicos y el volumen de nuestra voz.  Partimos con una apariencia, si se le puede llamar así, positiva. A todo esto, ya podemos definir como ritual la breve conversación con tapabocas, ya internalizamos y decodificamos rostros con menos datos que lo habitual.

¿Con qué contamos para descifrar la información significativa de los gestos y las expresiones del otrx? Más allá de la semiótica del tapabocas, que encontramos con los estilos más variados, los que aún siguen ahí, dándolo todo para mantener la metáfora teatral son nuestros ojos. Descubrimos todo un abanico de expresiones posibles con la mirada: aprendimos a sonreír con los ojos, a disculparnos, a mostrar antipatía o enojo (buen complemento son las cejas en estas ocasiones), nos enamoramos brevemente en la calle de un par de ojos y hasta llegamos a forzar una telepatía achinándolos sin un resultado exitoso.

No hace falta una vasta investigación para encontrar en nuestro bagaje cultural algún discurso dedicado a los ojos, a la mirada. Podemos encontrar referencias, modelos a seguir para entrenar las propias y codificar rápidamente eso que queremos expresar. Luis Miguel canta sobre una mirada enamorada, llena de esperanzas, envuelta en fuego y pasión. Los Rodríguez cantaban sobre una mirada del adiós, y Drexler dice que pudo respirar en el perfume la huella de una mirada. Ni hablar de todas las expresiones que le adjudica a la mirada el tango Ojos brujos. Más allá de las metáforas y de todas esas odas a la mirada romantizada, en este contexto pandémico nadie puede dudar de que adquirimos o nos especializamos en nuevas herramientas para socializar y entre ellas está el entrenamiento gestual de la mitad de la nariz para arriba.

Volviendo al cuerpo en general, ¿cuáles son las transformaciones que introdujo la pandemia en nuestras constituciones físicas? Además de la posibilidad de portar el virus, razón por la cual estamos en donde estamos hoy. Ya en 1984 (qué año), la intelectual Donna Haraway publicó su Manifiesto Cyborg y puso en juego una nueva categoría para pensarnos como organismos híbridos, invitándonos a romper con los binarismos y fusionarnos en identidades complejas. Si la tecnología les otorga nuevas utilidades a nuestros cuerpos, y la fabricación de un tapabocas o una máscara es un desarrollo que nos facilita en este contexto la vida en sociedad, entonces podemos pensarnos como cyborgs. Sin contar la lista de plugins que usamos diariamente, como los auriculares, el teléfono, las aplicaciones de trackeo para lo que se nos ocurra y un largo etcétera. Entonces, partiendo de todo este andamiaje teórico, ¿podemos pensar que la pandemia intensificó nuestra transformación en cyborgs, aumentando exponencialmente nuestra exposición a todo tipo de aparatos para, por ejemplo, comunicarnos a la distancia?

Siguiendo con la línea de los manifiestos, el Manifiesto Aceleracionista publicado en 2013 por Alex Williams y Nick Srniček nos dice (entre muchas otras cosas) que las innovaciones tecnológicas y sociales en el neoliberalismo están en constante aceleración -pero en un marco de progreso limitado-, lo que podemos transpolar a nuestro presente más actual. Sin embargo, ambos consideran que el aceleracionismo esencial es un futuro con nuevos horizontes y un espacio universal de posibilidades. Estamos de acuerdo. Mientras tanto, seguimos inmersxs en una realidad que se altera día a día y nos adaptamos rápidamente, porque el tiempo corre dentro de una dinámica compulsiva en la que nuestros cuerpos nunca antes habían estado tan integrados y a la vez tan privados.

Sin embargo, y volviendo al principio, para el sociólogo Erving Goffman la comunicación en su sentido más pleno es la comunicación humana: la comunicación en su desarrollo más orgánico. Aunque estemos confinadxs, hay un otrx allá afuera con quien interactuaremos inmediatamente pongamos un pie en la calle. Entonces, no dejamos de generar sentidos aunque nuestros cuerpos estén acompañados de complementos y nuestros rostros tengan un pedazo de tela que nos protege y protege, también, a lxs demás. Porque para ser cyborgs primero somos seres humanos y lo orgánico de todo esto, lo que nos queda para llevar a cabo nuestra metáfora teatral, son los ojos y todas las gestualidades que desarrollamos para poder sostener la comunicación interpersonal, a pesar de todo. Lo que tenemos, mientras tanto, es la posibilidad de continuar entrenando los fulgores de nuestros ojos brujos. Y seguir cuidándonos. Hasta que podamos al fin habitar la hibridez con otros cuerpos.

 

 

 

 

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