#10 Nuestro universo es víctima de un resquebrajamiento

[Cartas de amor. Amor. Deseo. Cuerpos. Lluvia. Universo]

Un día nos propusimos escribir cartas de amor, esta es la número 10.
NEC

Autor: Conrado Rey Caro (@conrareycaro)
Ilustración:  Dalfi (@dalfi.dibuja)

Antonella,

La primera vez que te vi fue en tu cumpleaños, yo era el invitado del invitado de un invitado y no cruzamos muchas palabras más que una breve presentación y un intercambio de sonrisas. Tenías rulos y estabas vestida de científica post apocalíptica. Había algo en tu ligereza, en tu soltura por el mundo, en la rítmica de tu diversión relajada. No te volví a ver hasta año nuevo, en una fiesta donde solo bailamos cerca unos breves minutos y ni te reconocí en el cruce de nuestras miradas. La tercera vez nos encontró por la noche de Güemes. Yo estaba jugando en un arcade intentando descifrar la utilidad de botones de otro tiempo y vos te paraste a mi lado y, con la vibrante impunidad que te caracteriza, apoyaste tu mano sobre la mía. Me tembló el cuerpo entero.

Comenzó nuestra compleja coreografía del deseo. En el auto de tu novio, en las escaleras de tu apartamento, en la habitación de tu amiga, en el baño de la galería comercial, en el asiento trasero del taxi mirón. Tus labios en mis cachetes, mis manos entre tus piernas, la sincronización de nuestro palpitar acelerado.  Me agarraste la mano en la calle. Me sonroje ante el pocito que crecía entre nuestras palmas. La soledad de la ciudad y las luces cálidas sobre la peatonal adoquinada. Los helados de la luna y las noches del verano cordobés. El sonido blanco del ventilador yendo y viniendo sobre nuestros cuerpos sudados, abrazados entre las sábanas de nuestra cama.

Creo que no pudimos eludir las tanzas del poder. Una variación en el gesto de tu mirada y cual titiritero mi cuerpo te correspondía. Vi de cerca la danza de tus lunares mientras compartimos el chorro tibio de la bañera. Tocaste mi desnudez con las yemas de tus dedos y me despojaste de toda soberanía.  Las rítmicas de tu música todavía hacen eco en mis concavidades. ¿Recordas cuando intercambiamos nuestros calzoncillos para regalarnos, el uno al otro, nuestro calor?

Mientras escribo estas palabras en un futuro incierto, una tormenta de arena te amenaza desde el horizonte. Viene a llevarse consigo las memorias resecadas de los árboles nativos. El monte se revela como un caprichoso arbusto de espinas. Ya no estás, pero las astillas de tu recuerdo permanecen atravesadas en mi carne. Las esquirlas de tu presencia me duelen cuando alzo mis rodillas para abrazarme por las noches.

Nuestro universo es víctima de un resquebrajamiento.

Tus dedos ya no son tus dedos. Tu voz ya no es tu voz. Tu piel ya no es tu piel.

Te encuentro en la familiaridad. En el fondo de un frasco de mermelada de cayote. En la curva de una palta sin cáscara. En el suspiro de pulmones ajenos. En las gotas que, esquivando la gravedad, se aferran al desliz de mi piel.

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