El olor de los cuerpos

[Olor. Cuarentena. Encierro. Coronavirus. Ana Longoni. Zoom. Alejandro Modarelli. Cuerpos]

y todo el mundo pertenecía a todo el mundo,
y las cajas que permitían ver y oír
todo lo que ocurría en el otro extremo del mundo,
y los niños en frascos limpios y hermosos…
todo limpísimo, sin malos olores, sin suciedad
—Un mundo feliz

Siempre parece pronto a cruzar el límite
pero sabe detenerse a tiempo.
Eso es bueno.
Sin embargo es su olor el que cruza la raya.
Apesta hasta el asiento trasero.
—Parasite

 

por Milena Ezenga

El verano, cada vez más largo, se metía adentro de las aulas. En las primeras clases del año la gente ocupaba no sólo las sillas, sino también el piso. Y en el aire flotaba el olor de la transpiración y de los perros abandonados que se abrían paso para encontrar, ellos también, su lugar.

Este año nadie se asoma desde afuera de las aulas para asistir a lo que sucede adentro. No es necesario abrir las ventanas. Tampoco después del sexo. Las sábanas abrigan un solo cuerpo o se limpian con más frecuencia. No se impregnan con el olor al intercambio de fluidos.

De las multitudes y del sexo se volvía con el olor de las emanaciones del otro. Uno de los síntomas del virus es la pérdida del olfato.

La consistencia de los cuerpos

Tengo mi primera reunión por Zoom y estoy un poco nerviosa. Me maquillo, visto una camisa que me regalaron para mi cumpleaños y que hasta ahora no encontré ocasión para usar. Amago con el perfume y pienso que es tan absurdo como ponerme zapatos. Recuerdo una rutina que extraño.

Salía de mi casa para regresar con el olor de la calle: las cloacas desbordadas, el pan horneándose a primera hora de la mañana, los papelitos rociados con perfume, la comida humeando en las rotiserías, el agua de colonia de una señora que se sienta en una sala de espera, el aceite quemado de un local de comida rápida, la basura que hace días nadie pasa a recolectar.

Nos impregnábamos con el olor de las personas al acercarnos y dejábamos el nuestro a los lugares que frecuentábamos. Alejandro Modarelli [i]  escribe que la calle es “una fuente esplendolorosa donde se huele el cuerpo del otro”, es el lugar en que “se materializaba la realidad gozosa de la carne y todo un saber de la diferencia.” Ahora circulamos por los espacios públicos con barbijos.

No fue por la fiebre constante que Ana Longoni [ii] se dio cuenta que estaba infectada, sino cuando dejó de percibir los olores de su casa. En una crónica preciosa por lo sensible escribe: “Hoy me desperté pensando en que perder el olfato era otro modo de encierro. Ya perdimos la posibilidad de tocarnos la piel y hundir los dedos, de hablarnos y escucharnos en vivo, de rozarnos, de mirarnos a la cara. Y ahora no puedo oler al otrx ni a mí misma, ni saber si me merezco una ducha o si estoy desatando un incendio. El cuerpo ensimismado, aletargado, reducido. Sin papilas dispuestas al deleite o al peligro. Sin afuera. Capturada.”

Y es que cuando buscamos a otro cuerpo, lo buscamos en sus olores. No necesitamos develarlo, no está en la visibilidad su consistencia. Si hay un borde, si hay una superficie en los cuerpos que buscamos, es una que está hecha de agujeros. Los orificios del cuerpo se abren al mundo y se nos revelan al olfato. ¿Qué es la desnudez sino descubrir esas aberturas y enseñarse vulnerable al otro?

La vida virtual, escribe Modarelli, es la realización del sueño neoliberal. Es el edén en que el otro ya no es una amenaza. Ya no nos hace reclamos. Basta un clic para silenciarlo o hacerlo desaparecer. El cuerpo del otro se desmaterializa. Más bien, pierde tanta consistencia que deja de ser esa piel que al tacto, de tan porosa, deja que se cuelen los olores. Ya no se mete el dedo en la llaga.

El infierno es un pasillo infinito

Entre las últimas páginas de un libro que leo [iii] encuentro una descripción del infierno. Lejos está de parecerse a las pinturas del Bosco, a su sadismo y crueldad. En el infierno de estas páginas no hay gritos, no hay cuerpos, no hay cocina. Se parece más bien al pasillo de un hospital: azul, infinito, aséptico, iluminado. No hay obstáculos que alteren la circulación. En estos pasillos todo está preparado para la urgencia. Las camillas no dejan rastros, pasan con la velocidad que se anticipa a cualquier residuo, desaparecen antes de que se impregne el olor que dejan los cuerpos tras su presencia.

¿Qué es, entonces, esto a lo que estamos asistiendo? ¿Es el edén que perdimos? ¿Es un infierno que ganamos? No lo sé.

Creo (eso sí) que cuando consigo recuperar un poco el olfato y percibo una señal minúscula que me advierte otro cuerpo, siento un poco de alivio. Hacia el final de su crónica, Ana Longoni reconoce con un poco de esfuerzo algunos olores. El del orégano, por ejemplo. También se pregunta por el olor de alguien a quien extraña. No lo recuerda.

Yo pienso en M, ese halo misterioso que lleva y nunca supe develar: cambia cada tanto su perfume y, a pesar de eso, los pañuelos con los que se envuelve el cuello tienen siempre su mismo olor.


[i] Modarelli, A. (2020). Desinféctate y goza. Página 12. En https://www.pagina12.com.ar/261210-desinfectate-y-goza?fbclid=IwAR3Bhg1HwQKvtY2IsQ6TsLkwjQNeFkI8WODMCq8D4xX4iqHkkI_kNxS-03E

[ii] Longoni, A. (2020). No tener olfato. Revista Anfibia. En http://revistaanfibia.com/cronica/no-tener-olfato/?fbclid=IwAR3kLSLUOYZPSvPgIrJHn4MOmfFH591xiRqFoE25wVwwzcP2bX58LKW-L-c

[iii] Dufourmantelle, A. (2019). Elogio del riesgo. Buenos Aires, Argentina: Nocturna Editora.

 

 

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