Olvido y memoria, psicopatías de una agenda desvencijada

[Olvido. Memoria. Fin de año. Balances. John Green. Camila Sosa Villada. Mary Shelley. Deleuze. Guattari. Subjetividad. Literatura. Escritura. Identidad]

“En momentos así uno se encomienda a la memoria”
Camila Sosa Villada, Las Malas

por Conrado Rey Caro (@conra.do)

Está terminando el año y eso significa una sola cosa: Spotify va construirnos una playlist de nuestros cien temas más escuchados durante 2020 y no tenemos ni idea qué bestia puede salir de ahí.  El año está terminando y se acercan las conclusiones, los esfuerzos por encontrar significado en el caos. De los últimos meses puedo colectar que soy bastante dependiente de estas conclusiones, de esos pequeños momentos de certezas. Caminando entre el centeno no pude evitar cosechar los granos de la obligatoria introspección: el café de la cafetera me es mas rico que el batido, los fideos se pueden cocinar de muchas formas, Lady Gaga es una verdadera estrella de rock, soy mejor en el amor que ayer, soy demasiado duro conmigo mismo, y me encantan los pequeños momentos de conclusión.

El problema con las conclusiones es que pecan de finitas y casi siempre son olvidadas. Es por eso que tu amigue se tienta de volver con su ex o que aunque nos hagamos los pistolas tropezarnos con la misma piedra es algo que nos va a suceder repetidas veces. Citando a la cultura pop de la tribu urbana de la que ya nadie habla: el olvido es inevitable. Con el mentón en alto y un Tumblr ahora desactivado, yo fui una fangirl de los 2010s que ahondó profundo en los mundos de la literatura juvenil contemporánea.  

La obra de John Green está atravesada, a mi criterio, por el olvido como tema recurrente. En Bajo la Misma Estrella Augustus Waters tiene terror a ser olvidado tras una muerte prematura a causa del cáncer, en el Teorema de Katherine el protagonista encuentra en las historias la eternidad de la memoria y en Ciudades de Papel Quentin se ve inmerso en una búsqueda salvaje por encontrar a Margo, su milagro inolvidable. Es en Buscando a Alaska, sin embargo, donde el olvido aparece en su forma más tenebrosa y real, la protagonista se olvida el aniversario de la muerte de su madre e invadida por la culpa de no recordar muere en una accidente de ruta, sin saber nunca el lector si fue un accidente o un suicidio. (Hace poco Hulu largo una miniserie del libro y no irónicamente se las recomiendo).

Mi desesperación por desentrañar el funcionamiento del olvido nace de una inquietud por mi niñez, por el humanito que una vez fui y al que deseo retornar. Este pequeño evento neurológico ha evolucionado hasta convertirse en un fantasma bastante grande que podría tener su forma animada en una temporada más meta de Big Mouth. El olvido es el fraude del lenguaje dado que cualquier solidificación de verdades se diluirá como el azúcar en el té de lo real.   

La neurociencia sostiene que la memoria no es exacta ni confiable porque a lo largo del tiempo sus formas van cambiando. Si los recuerdos son aquel banco de formas que nos hicieron ser lo que somos, entonces no hay identidad porque la misma memoria mata aquella posibilidad. Los recuerdos no serían así más que ficciones mutables. No hay certezas, los fundamentos de la ontología del yo no tienen más alternativa que derrumbarse.

Pecando de semiótica los humanos somos incapaces de recordar exactamente lo que fuimos porque vivimos en el presente y el pasado no es otra cosa que la palabra escrita ahora. Y hay que decirlo: vivir en el presente puede ser agotador. El único lugar que conozco en donde controlar las temporalidades a voluntad es posible es en la literatura, y creo que esa es la razón por la que tiene tantos adeptos. La ficción es poderosa y no hace falta ser Borges para vivirlo.

En mis esfuerzos por comprender y batallar el olvido busque en la literatura la sabiduría y el viaje se sintió como un recorrido por mi imprecisa y dramática memoria. Leí libros nuevos y otros leídos hace muchos años que me permitieron reconstruir recuerdos a través de la palabra escrita de otros brujos. Algunos recuerdos estoy seguro cambiaron de color y otros fueron borrados permanentemente para dar lugar a inventos de la imaginación. 

Así que empecé a anotarlos como me venían, en una agenda desperdiciada en un año como este. Los escribí embanderado en la inútil lucha contra el olvido. Anote las veces que saltaba por el río detrás del trabajo de mi viejo y juntaba renacuajos para criarlos en peceras hasta que se convirtieran en ranitas. También cuando abandone el helado de chocolate para siempre tras empalagarme después de un verano de excesos. Registre la primera vez que vi el cuerpo desnudo de una mujer en una revista en la peluquería de mi mama y el de un hombre en internet por un error en lo que escribí en el buscador de Google, evento completamente accidental que develaría un rumbo nuevo en mi vida.

Camila Sosa Villada es de acuario y en su ensayo sobre la Trans/escritura escribe algo que me convoca: “Sigo creyendo que no soy una individua fuera de lo escrito o de lo actuado. No puedo ser otra cosa más que actriz y con muchísimo respeto, poeta. No sé ser otra, no se vivir en ese mundo que miro desde la silla desvencijada donde escribo o desde los escenarios y teatros donde ensayo y actuó”.

Agendas abandonas, escenarios iluminados o playlists construidas por algoritmos descorazonados, cualquiera sea, algunas existencias únicamente responden a la ficción porque sin ella simplemente no son. La memoria y el olvido son narraciones, dos caras de una misma moneda que interpreta y reinterpreta lo que la ciencia llama recuerdos. La solidez no es permanente y lo que somos va dejar de serlo para pasar a ser otra cosa. 

Mary Shelley en Frankenstein cita su propio poema que en los versos finales dice “el ayer del hombre no será jamás igual a su mañana, ¡nada es duradero salvo la mutabilidad!”. Urano es el planeta que rige a acuario y representa la energía que no se puede imitar, lo singular y lo inigualable. También es el planeta de lo desconocido y de las revoluciones. Todo está interconectado, la mutabilidad está inscrita profundamente en nuestros propios procesos perceptivos, de memoria y olvido.

Deleuze y Guattari oponen a la idea de “sujeto=identidad” la propuesta de “singularidad” o de “procesos de subjetivación”. No hay estructuras sólidas ni permanentes, todo fluctúa como un rizoma que va creciendo y tomando nuevas formas en cada momento que pasa. Esto podría significar para nosotros que la memoria es borrosa, tramposa y que se reinventa. 

En un principio aparecen dos alternativas: o nos anclamos en un intento desesperado e inútil por detener el cauce del río Lete, como salmones cargados de culpa que se enfrentan a contracorriente con las aguas del olvido, o construimos nuevos espacios y nos abrimos el paso para conocer nuevos mundos y rogarle a la memoria que no nos aleje tanto de las cosas que una vez amamos. La culpa de olvidar puede ser muy grande, pero el tedio del recuerdo permanente es una lucha abrumadora e inútil. Funes el memorioso es el único ser humano incapaz de olvidar y todos sabemos lo mal que terminó.

Vivir a través y desde la literatura me permite saldar ciertas dudas ontológicas. No conozco otra forma de existir, de recordar, ni de olvidar que no sean a través de la literatura y la ficción. Somos narraciones sin tiempo escritas por otros y por nosotros mismos. “Se habita una esperanza inútil en los umbrales de la literatura” escribe Camila Sosa Villada, “la de poder curarse a una misma de todas las enfermedades de la vida”. Y es acá que hoy me encuentro, develando las interconexiones entre mi quebranto de olvidar y la esperanza inútil de la literatura.

 

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