¡Oye Arnold!: realismo mágico y dónde encontrarlo

 [Hey Arnold. Realismo mágico. Craig Bartlett. Gabriel García Márquez. Arnold. Gerald. Helga Patakis. Estados Unidos. Latinoamerica. El hombre paloma. El tren fantasma]

por Alan Chialva (@alainkilava)

Es difícil discernir entre la melancolía millennial y la apreciación genuina de un producto de los ’90. ¿Qué cosas eran buenas y cuáles se ven realzadas por la memoria? Con Oye Arnold, la pregunta se vuelve especialmente difícil. ¿Por qué toda una generación disfrutó tanto esta caricatura?  Es posible que la preferencia de los creadores por dotar a la serie de realismo mágico haya acercado al público latinoamericano y que este, sin saberlo, haya abrazado un universo que sentía cercano. Los creadores de la serie confirman lo que muchos intuían: Craig Bartlett aseguró, en una entrevista, la influencia que Gabriel García Márquez tuvo en la creación del dibujito. Y es que sí, la impasividad del protagonista frente a los hechos fantásticos que ocurren a su alrededor y el papel que ocupan los mitos urbanos -esos chismes que solía contar Gerald como cotorreo de barrio- son rasgos característicos del género.

¡Oye Arnold! es una serie animada que cuenta las aventuras de un niño con cabeza de balón junto a su grupo de amigos en un barrio pobre de Estados Unidos. Sin embargo, a pesar de las enormes diferencias entre América del Norte y del Sur, los latinoamericanos, habituados a convivir con los derroteros y las secuelas del empobrecimiento en la marginalia urbana, supimos identificar ese universo como nuestro nicho. Ese nicho nuestro, plagado de realismo mágico, donde lo irracional forma parte de lo cotidiano y en donde no hay tiempo para sentir extrañamiento. Muchos autores creen en la pertinencia de hablar de un ser latinoamericano que, ontológicamente, admite el realismo mágico. Yo no lo creo así, en Oye Arnold se respira realismo mágico a pesar de ser una obra estadounidense; creo que sería más oportuno hablar de situaciones, o condiciones proclives a engendrar el germen de lo mágico en lo cotidiano. Las condiciones que lo inspiran pueden estar en cualquier lado: realismo mágico se ha encontrado en Europa, América, y hasta en Japón con Murakami. Es erróneo creer que solo se encuentra pobreza en este lado del mundo. Reconociendo esta realidad, la de la pobreza en Latinoamérica, es que podemos trazar un mapa del realismo mágico y las condiciones que auguran su esparcimiento y difusión.

El realismo mágico en los suburbios

Oye Arnold! no es una serie como Los Simpsons donde una familia típica norteamericana envía a sus hijos al colegio y vive una vida clase media, los personajes de esta caricatura conviven con la carencia y respiran jazz profundo. Es que la misma disposición espacial del barrio convida a pensar en el aglomeramiento más latino. Distanciado de los barrios de amplios jardines y frentes con césped impoluto, las aventuras de Arnold se dan en un conglomerado de departamentos donde los niños deben resolver su niñez (valga la redundancia) en una sociedad con robos, desempleo, violencia familiar, y varios etcéteras. La magia que los creadores decidieron imprimirle a la serie alza vuelo entre esos trajines. Capítulos que se asentaron en la memoria colectiva de toda una generación, como el del hombre paloma, están impregnados de la realidad propia de aquellos que bucean nuestros barrios. En ese capítulo, por ejemplo, vemos cómo un hombre, al que la sociedad margina como linyera, posee una historia, adquiere una voz propia, produce una narrativa. Arnold, el personaje que nos permite a nosotros entender esa realidad, accede a esa historia de vida sin prejuicios. Ese es un rasgo del género del realismo mágico. Para que el público lector o en este caso televidente acceda a la magia sin inmutarse, entendiéndola como parte del devenir cotidiano de una sociedad, es necesario que el protagonista la presente como tal: de manera habitual. Al final del capítulo, se acentúa más el elemento mágico cuando el linyera decide irse volando en un dispositivo creado por él y realizado con palomas. Arnold tampoco se inmuta frente a este hecho, sino que lo concibe como algo natural.

Esta serie, creada a mediados de los ’90 competía con cartoons donde los personajes tenían un mejor pasar económico. Doug, El laboratorio de Dexter, Rugrats, El autobús mágico, o La vida moderna de Rocko, son algunos exponentes del ambiente un poco más acomodado que el televidente acostumbraba a ver en su repertorio semanal de series animadas. Frente a todo eso, ¡Oye Arnold! supo abrir una zanja (como las del conurbano) y nos aportó algo más nuestro, donde no todos teníamos amplios jardines y ventanales luminosos.

El Rumor

Es este barrio, son las características que acabo de señalar, las que posibilitan que un movimiento o género literario comúnmente asociado con lo latinoamericano se abra paso en medio de un mercado donde prevalecen más niños como Mi pobre angelito que niños con la cabeza ovalada (recordemos que el mercado infantil de los ’90 no es como el actual, con películas como Coco). Gerald les cuenta a todos sus amigos la leyenda de la novia fantasma, les cuenta a los vecinos la historia del niño del pórtico. Son los chismes de barrio. Lo que todos saben, pero nadie comprueba. El rumor, antiguo portal entre lo verdadero y lo falso; entre lo cierto y lo ficticio. ¿Cómo es posible que el chico del pórtico tema abandonar su pórtico? Aún más, ¿cómo es posible que haya crecido sólo en el pórtico comiendo lo que puede robar a los transeúntes? Nadie duda de la veracidad de los hechos narrados por Gerald, Arnold no se los cuestiona, admite esa naturaleza mágica de los eventos, y los sortea sin detenerse, sin pensar en improbabilidades.

El rumor en El hombre paloma también funciona como disparador. El rumor suele funcionar en las sociedades como trasmisor de conocimiento, en ese formato la gente no exige la veracidad que reclama de otros medios de difusión. El rumor permite que obtengamos una cierta información y que conviva en ella lo real y lo mágico. ¿Y qué mejor depositario de esa realidad mágica, trastocada, que el niño?

Otro capítulo que sirve de ejemplo es el de El tren fantasma de 1996. Aquí se nos presenta un interlocutor distinto a Gerard para presentar el rumor. En este episodio es el abuelo de Arnold quien afirma la existencia de un maquinista loco, a cargo de la locomotora número 25, que lleva a sus pasajeros al mismo infierno. La figura del abuelo, en el capítulo, así como en el realismo mágico, personifica el conocimiento antiguo, quien sabe más por estar hace más tiempo. Algo así como los susurros de los fantasmas del pueblo en Pedro Páramo. Estas son fuentes que pueden relatar y contar cómo eran las cosas ante las nuevas generaciones. Estas figuras suelen tener un papel preponderante en la trasmisión del conocimiento, sobre todo en aquellas sociedades que no tienen a su alcance inmediato herramientas que repongan los hechos históricos. En este capítulo, el abuelo les cuenta a los niños, a modo de diversión, sobre la existencia del tren y los niños lo creen. Es Helga Pataki la única que desconfía. Por ello se les enfrenta y les dice que solo confía en las fuentes de la ciencia, en hechos y verdades científicas, con pruebas. Arnold, sostén de ese mundo-umbral que permite la incorporación de los hechos fantásticos a la cotidianeidad, le responde que la ciencia no puede probar algunas cosas, (que) es cuestión de fe. Con esta invitación al mundo mágico, Arnold decide que lo mejor es visitar la estación abandonada, para comprobar la existencia del tren.

En un primer momento todos los eventos parecen indicar que el rumor misterioso del maquinista infernal es cierto. Pero luego descubren que fue simplemente la concatenación de hechos improbables la que les dio esa impresión. El capítulo termina con Arnold (quien siempre se mantuvo impasible frente a los eventos extraordinarios) sentado junto al abuelo en el auto mientras este le dice que está seguro que el tren fantasma sí existe. El capítulo se cierra con un paneo del andar del tren infernal con su conductor fantasmagórico sentado en el primer vagón demostrando la co-existencia de este mundo que coquetea con el realismo más positivista y la magia más surreal.

Hay teorías que inducen a pensar que el abuelo sabía de la existencia de este ser y por eso les dice una hora anterior al itinerario de viaje del tren maldito. Lo cierto es que el tren que los niños abordan es el tren de una estación deteriorada que lleva trabajadores de una metalúrgica y por eso la presencia del fuego que creían infernal. En el trasfondo del capítulo volvemos a ver estos rasgos que caracterizan las zonas periféricas.

Muchos de nosotros, que crecimos con el boom de la televisión por cable, elegimos esa serie para pasar nuestras tardes sentados frente al televisor. Los dibujitos de cable fueron propiedad exclusiva de aquellos niños que tuvieron la suerte de contar con esa prestación de servicio en una sociedad carcomida por el desempleo y con una creciente brecha entre pobres y ricos. Lo cierto es que, paradójicamente, mientras veíamos en el cable ¡Oye Arnold!, ambientada en un barrio pobre de las afueras de una urbe estadounidense, también veíamos a través de la ventana la marginalización de la sociedad argentina. Dos barreras que nos mantenían separados, pero a la vez partícipes. El vidrio de la tele y el vidrio de la ventana. Mientras estábamos seguros de pertenecer a ese barrio, también estábamos separados de él.

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