Para el lado de los tomacos

por Ignacio Montoya

A la entrada del rancho, El Abuelo trató de disimular el horror en su rostro enjunto, mientras señalaba la lámpara de lava que formaban los tomates cruzados en el horizonte. Pensó que si demostraba miedo perdería el respeto de su huésped.
Cuando logró juntar una voz firme, acusó con el dedo matrero: Vea esa infamia en el poniente; no es otra cosa que la luz mala. ¿O qué si no, Don Sagan?
El huésped levantó las cejas sin despegar del fenómeno sus ojos de estanque: Mala por qué, Abuelo. En este universo en expansión, la única constante es…
-El cambio, ya lo dijo la Mecha- interrumpió el cebador
300.000 Km/s- concluyó Carl, el cebadísimo.

La Luz Buena, por Los Tomates Asesinos.

 

Hace algunos días, al filo del segundo semestre, nuestros muros comenzaron a poblarse con una gráfica muy directa: en verde noche y rojo saturado se perfilaba un atardecer con dos soles, dos semicírculos que se cruzaban como en un gráfico de teoría de los conjuntos. En realidad, eran dos tomates, uno transgénico y el otro baqueano, uno folklórico y otro galáctico.

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Alcanzó con seguir el link para desayunarme con una buena dosis de felicidad magnetofónica. Veamos algo de lo que encontré: patrones de bombo legüero fundidos en beats que a fuerza de paneo y delay se fugaban rápidamente desde el folclore al tripeo, la criolla tirando aires de zamba en armonizaciones y arpegios, sólo para que fueran lanzados al espacio por el empuje cartesiano de los arpegiadores, y por detrás, por delante, o en la envolvente, melos de sinte en contrapunto bailando la danza de las naves sobre los campos de soja. Para más detalle, me remito al empalme genérico-lírico que los propios Tomates ensayaron para cada tema (info). Por ejemplo, para Cachamulita, el track que pide meneo y manda saludos al estado plurinacional:

El futuro del surf rock una vez que Bolivia obtenga su salida al mar. Carnavaloide microtonal en Mi menor. Drama geopolítico y adrenalina juvenil con final incierto. Altiplano y good vibrations.

Después de la primera pasada de “La luz buena”, el clic en more releases me enteró de que me las estaba viendo con una bandusa que contaba con nada más y nada menos que cinco discos. Me fui al primero, a ver cómo había empezado lo que tan maduro se escuchaba.

De verdes nada. Más información, sí, por la acidez de los beats, la aspereza de los timbres, el recurso de la disonancia. Pero más allá del supuesto lo-fi, que la nitidez de la mezcla pone bastante en duda, está claro que la metáfora evolutiva no viene al caso.  Podríamos establecer una continuidad entre los temas en los que aparecen motivos folclóricos, y decir que esas ideas logran su forma acabada en el EP Folkos y en el disco último. Con todo, es más importante que en ese principio hay también otras líneas, abiertas por la exploración del sinte como recurso. Lujuria en el espacio duró doce temas y cuatro remixes, y me dejó hipnotizado con el led del monitor, mientras los primeros titulares venían a mi mente: “Nostalgia de Vangelis; la patria es el cosmos”. Así que di por comenzado el stalqueo.

Ronkinstalkin

Seguí por el disco de canciones, del cual, por cuestiones de programación, sólo voy a decir que creo que la línea “Yo estoy bajo el encanto de tu piel, voz de CD” se merece ir derecho al podio de la polisemántica española.  Además, los engancho con este agite al corazón: https://tomatesasesinos.bandcamp.com/track/laberinto

Con este segundo disco ya aparece el gesto de acompañar la música con un párrafo como el que les mostraba antes. Si bien ahí las palabras agarran su propio vuelo, no dejan de funcionar como presentación. Ese hecho, más lo que escuché en algunas entrevistas, hizo evidente que había un gusto por el comentario, en el que los chistes filtraban el orgullo de una propuesta experimental, pero también la explicación como amable necesidad de hacerse entender. Por suerte, uno de los escollos más molestos, el asunto del género, quedó liquidado muy pronto, el día en que dos tomates apremiaron a un tercero con la corrosiva pregunta: “¿y nosotros qué hacemos?”. “Ronkinkonkin” contestó este, más rápido que perita rodando entre los cajones.

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A finales de la década del diez, un blog sirvió de plataforma ideológica para este nuevo subgénero del rock. Las entradas iban desde reflexiones sobre el dengue y los medios hasta filosofía práctica de la deformidad.

Nota de algunos posteos doctrinarios de “tomate perita”:

-Una reformulación de la santísima trinidad del Rockanroll.

-Un infaltable bardeo a la Academia, sobre todo si viene en la forma del RealBook de Berklee:

y si Luca y Sumo hubieran sido de Córdoba….
– hubiéramos escuchado:
….No sé lo quiero, pero lo quiero Jazz!!
– rematado por una buena vomitada!!!

-Una definición del microrecital, formato de fecha autogestiva en el que la unidad trina del ronkinkonkin (charla, picadita y rockanroll) se concretaba eludiendo los aparatos represivos del estado.

-Una foto de lo difícil que era tocar en vivo para una banda de rock o ronkinkonkin, “porque te cae la muni, porque no hay lugares, porque el rock no seduce una mierda”. (En esto el blog por suerte envejeció; la gorra sigue sumando efectivos, pero la movida sin duda ha pegado un salto cualitativo en los últimos años y las bandas tienen un público que les arme la fiesta y también los escuche en casa. Además: ¡Vuelve Tresco, la concha de sus madres!).

-Una defensa de la vida sana y el deporte; léase metegol.

-Una vindicación de los ruleros.

Los tomates on stage

El sábado llegó rápido, apurado por el crecimiento exponencial del Hype. La noche estaba más que bien para lo que nos tiene acostumbrado este invierno, y los tomates abrieron pasadas las dos, a sala llena. Al fondo, debajo de un alambrado fluorescente, había una bata híbrida, con bombo legüero a la derecha y pads al frente. Adelante, dos estaciones de poder sintetizador enfrentadas, acompañadas por una Telecaster de un lado y del otro un bajo, tal vez de lutier, parecido a un musicman pero como con quince perillas. Acá el Stalkeo ya se me mezcló con los vapores bírricos, pero creo que fueron diez temas. Del presentado recuerdo Los clusters de mi carreta, Cartulina, Pasteurización y Rancho aparte. Lo que en el disco insinúa rock acá derrochaba. La batería ante todo, casi progresiva en el toque y en el juego tímbrico que proponía, que las pistas entrelazaban al volumen justo.

De Noches de Absaló sonaron Voz de CD, Protocolo y Verdana, donde los tomates mostraron oficio de garganta, clavando todas las armonizaciones del disco. El resto de los temas me quedaron en el enigma de unas grabaciones de celular donde tararié dudosamente motivos poco amables a la voz humana. De cualquier modo, fue un recital épico, salvo por un detalle: puntualmente, le faltó frente a la viola sobre el cierre, cuando los muchachos jugaron al rock duro haciendo estallar el tradicional power trío, tirando acoples y riffes en pentatónica. No vamos a pensar que fue casualidad, y podemos asumir que el propio Dios de los sintetizadores se hizo presente para cortarle las piernas a esa guitarra humienta.

La fuente de la juventud

 

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Una deidad vengativa y paranoica, claramente, que dudó en vano de la lealtad tomatosa. Porque más allá de las concesiones que amerita el tocar en vivo, y de que la fusión electro-orgánica sea clave en la propuesta, en La luz buena los sintetizadores se imponen por principio y por concepto. No es nostalgia de la pampa gaucha, es nostalgia de Vangelis, aclaran.

El dato es el siguiente: el carácter tan particular de esta banda se debe en gran parte a la decisión de cambiar saber por experimentación, o tal vez, Guitar Craft por Kraftwerk. ¿Qué significa para alguien que viene del palo del progresivo colgar la viola y agarrar un casiotone? Podríamos pensar que simplemente son dos tradiciones distintas, pero la cuestión cambia cuando queda claro que una de las dos es bastarda. Después de todo, ¿qué puede ser más bastardo que cortinear un spot sobre la fiebre hemorrágica argentina? Suena Alpha, de Vangelis:

Vayamos a la descripción del track 8, Don Zagan:

Astrología calchaquí. El sabio de la tribu explica los beneficios de no derrapar en la curva espacio-tiempo. Ruidismo en Mi mayor cosmogónico. Prédica desoída.

¡Prédica desoída! Probablemente la melodía central de sintetizador, que contradice a la guitarra límpida, sea la única disonancia puesta tan al frente en este disco. Hay algo que Don Sagan está queriendo socavar, y es la superstición de la tribu, homologable a la cabeceada que sólo quiere ver cómo pela el violero, sea del género que sea. Para eso va directo al número, salteando las palabras “velocidad de la luz”. Esa primera lección va contra lo imaginario del concepto (léase, el pijudismo en la virtud). La gracia de la consigna futurista “Elitismo para todos” (título del cuarto disco), está en hacer de la experimentación un patrimonio común. Si después los tomates se ponen a hablar, es porque primero estuvieron flayando cuantos en la maquinaria, a pura oreja y programación. Como bien dijeron, cualquiera puede tocar un sintetizador.

 

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Nostalgia del futuro

Este tour de force de transformar los sintetizadores en el principio compositivo ya se ha visto muchas veces en la historia del rock, incluso en el mainstream. El ejemplo más reciente es sin duda el giro que Tame Impala termina de madurar en Currents. La cuestión es que no podrían haber hecho esto sin un piso legitimante de psicodelia de los setentas, con lo cual corremos el peligro de ver en la deriva synth-pop una especie de continuación de la retromanía, siguiendo su curso natural hacia los sonoridades ochentosas, y el eterno pingpong del pop-rock. Esto nos dejaría de nuevo sin pensar seriamente los cruces entre rock y música electrónica, reactualizando una y otra vez ese antagonismo latente. Como si no existiera electrónica no bailable, o la música de máquinas no hubiera tenido ya sus compulsiones de saqueo por el pasado, o incluso, no esté teniendo ahora su propio intento por acercarse a la performance en vivo, donde se toca más de lo que se programa, con la reivindicación de la síntesis modular (¡Y que se prendan fuego las perillas!).

Concentrados en la fuente del sonido, en la mano que mece la cuna, nos olvidamos que la dinámica de una tema puede ser también entendida como puro montaje y desmontaje de texturas.

 

Recordemos cómo funciona el Sci-fi, ya que estamos en 2016, año de puesta en funcionamiento de los nexus 6, que en 2019 vivirán sus últimos días bajo la persecución de un estebanezco Harrison Ford.

 

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Si Blade Runner es mirable todavía, a pesar de la escena de amor más bochornosa de la que tenga memoria (tremendo el saxo de telo al fondo), no se lo debemos a esas conmovedoras reflexiones (deepshit) sobre la humanización de los androides, o a la catarata de símbolos que la trama nos va dejando (una escapa de serpiente bíblica, un unicornio torciendo el pescuezo, una lechuza que todo lo ve). Aunque haya que disimularlo, lo que cuenta es el peso constante del escenario gótico-futurista, que nos pone permanentemente en otro orden de cosas. Olvidémonos del drama, y pensemos que allí simplemente hay nuevas formas de vida posible. ¿Por qué debería ser inhóspito semejante paraíso de megalomanía urbana y ruido pos-industrial? Un androide que le teme a la parca seguramente moriría apaleado si se enfrentara a un bravío Casiotone.

 


 

 

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