Parásitos, payasos y protestas

[Parasite. Joker. Chile. Bolivia. Protestas. Ricos. Pobres. Evo Morales. Sebastián Piñera. Todd Phillips. Arthur Fleck.  Thomas Wayne. Black Lives Matter. Chalecos Amarillos. Bong Joon Ho]

por Gaspar Roulet (@rouletgaspar)

Vi Parasite y Joker en un período muy corto de tiempo. Entre medio, los conflictos en Chile y Bolivia empezaron a tornarse cada vez más oscuros. Primero, en el país gobernado por Sebastián Piñera, el pueblo se rebeló ante los incrementos tarifarios que venían sufriendo (que se complementan con un montón de políticas previas que no cayeron para nada bien), lo cual afectaba (y afecta) radicalmente el estilo de vida de la mayoría de sus habitantes, impactando fuertemente en su poder adquisitivo en el marco de una sociedad que se rige en base a los parámetros que trazan la mayoría de las vidas individuales y colectivas: los de la venta y el consumo, la paga y la ganancia, el valor y el costo.

Por otro lado (y súper simplificado), en Bolivia sucedía algo opuesto: las elecciones que tuvieron como ganador a Evo Morales llevaron a una revuelta por parte de los sectores más conservadores de la sociedad culminando en un golpe de Estado con apoyo de las fuerzas armadas.

Las personas protagonistas de ambos conflictos son las que establecen esta lucha constante desde los principios de la historia misma: lo liberal y lo conservador, el pueblo y la clase alta (en forma de políticos con sueldos millonarios o en empresarios que quizás no encarnan la imagen del Lobo de Wall Street, tomando cocaína del cuerpo de alguna prostituta, pero que sí tienen el mismo poder y dinero que Jordan Belfort).

Lo cierto es que las producciones culturales siempre van de la mano con la época que se vive, y Joker y Parasite no son la excepción.

Papeles, pastillas y precariedad

El cocktail de la última peli de Todd Phillips se compone de los elementos presentes en el subtítulo: es que Arthur Fleck es de las personas más precarizadas de una Ciudad Gótica que tiene muchas similitudes con la imponente New York. Condenado por una enfermedad extraña y por los pensamientos de su madre, Arthur trabaja de payaso haciendo girar carteles que invitan a que los transeúntes ingresen a un negocio con rebajas (nunca consigue ni un cliente).

Una serie de sucesos (que sería tonto describir porque para ésta altura seguramente ya hayas visto la peli y si ese no es el caso andá a verla) llevan a que él se transforme en el Joker, pero no en la versión “loca” y nihilista de Heath Ledger (que más allá de tener un objetivo no tiene la misma lógica y certezas que este), sino en del “pobre diablo” que se cansa de ser ninguneado y maltratado por personas que no saben lo que es estar en sus zapatos. En esa transición los medicamentos tienen un rol importante: incapaz de adquirirlos sin la ayuda estatal, el sistema burocrático lo deja librado a su suerte, completamente sólo y desprotegido. Pero, sin dudas, lo mejor de ésta película es todo lo que no es el Joker en sí mismo: el pueblo y la clase alta que toma la forma de Thomas Wayne.

Por un lado, su intento por descubrir su identidad lo acerca a la figura de Thomas, que niega ser su padre (luego sabremos que con fundamentos) mostrando el lado más humano y débil de Arthur. Por el otro, luego de su transformación hacia el Joker, sus crímenes contra la clase alta le valen el apoyo de un pueblo que está totalmente cansado de la opresión a la que está sometido. Es un reflejo parcial de una sociedad como la chilena, que encuentra en los riots (ya popularizados hace mucho tiempo -y más recientemente por el movimiento Black Lives Matter en Estados Unidos y los Chalecos Amarillos en Francia-) el único modo de ser tomada en serio cuando se manifiesta contra políticas que atentan contra la calidad de vida de los sectores económicamente más desfavorecidos.

Con una gran coincidencia en escenarios (en el caso del Joker el asesinato de los tres empresarios en el subte y en Chile el de la protesta también en un subte), una acción funciona como disparadora del levantamiento de los sectores más oprimidos en el marco de un clima social como mínimo tenso.

Pero lo importante a destacar es que no es el caos y la violencia por sí misma lo que atrae a la masa (que luego desencadena en el famoso “no es el modo”), sino que es lo que significa simbólicamente: el pueblo no dispone de las herramientas que poseen quienes ejercen el  poder (porque decir “poseen el poder” sería considerarlo un objeto que se materializa en las leyes, sistemas y símbolos de la dominación burocrática weberiana que por ahí se queda corta -acá es cuando, entendiendo al poder como algo relacional, del modo que lo hace Foucault, es más fácil comprender por qué a veces el pueblo gana a pesar de no “seguir las reglas”-), no puede desembolsar grandes sumas de dinero para instalar o crear empresas que deshumanizan, no determina (en última instancia) las leyes que casi siempre lo terminan desfavoreciendo, no puede instalar una agenda en un medio hegemónico que moldee los esquemas cognitivos de quienes lo consumen. Por eso aprovecha lo que sí tiene: una gran cantidad de gente (y por ende anonimato), ira, y la certeza de que las grandes conquistas nunca se lograron pidiéndole “por favor” a quienes dominan y, si bien nunca es bueno llegar a ese punto (llevado al extremo quizás en Joker), a veces no hay alternativas.

Pobreza, peleas y pretensiones

En Parasite pasa exactamente lo contrario a lo que sucede en Joker: no hay revueltas, no hay una clase dominante encarnada en una persona particular que se muestra vil, en fin, la opresión no se muestra, se insinúa.

La película de Bong Joon Ho tiene a la sutileza como bandera, nos muestra el reverso de la espectacularización de un cine hollywoodense que transpira dólares y explota autos, pero ésta es sólo la punta del iceberg de lo hermoso de esta película.

La familia Ki vive en un semi-sótano (cosa que es escalofriantemente real) de un barrio periférico de algún lugar de Corea del Sur. Por otro lado, los Park tienen una mansión en una zona residencial de la misma ciudad no especificada.

Lo hermoso de la película es cómo se presentan estas dos familias: lo tradicional de la vinculación de la pobreza ligada con la ignorancia y la riqueza con la inteligencia y la sagacidad se invierte para mostrarnos el enorme despliegue de recursos con los que cuentan los Ki para afrontar su difícil situación.

El uso del inglés, tecnología barata y una gran habilidad actoral (de las mejores escenas de la película la de Ki-Woo enseñándole a Ki-Taek) hacen que la familia Ki sea mucho más inteligente que los Park, que poco a poco muestran una ignorancia casi infantil fundamentada en su desconocimiento del funcionamiento del mundo real por sus comodidades ligadas estrechamente a su poder adquisitivo.

Así, los pobres se van imponiendo poco a poco, sutilmente (muy a tono con la musicalización y fotografía en general, esta última jugando incluso con las luces para captar la piel de los personajes de distinta manera, dándole un aspecto “sucio” a los Ki respecto a los Park) por sobre los ricos, subvirtiendo la narrativa tradicional de las relaciones entre personas de distinto poderío económico, transformando a la película en un retrato de la lucha de clases de la sociedad capitalista.

Pero la belleza está en el detalle: a pesar de la viveza de los Ki y su constante victoria ante la adversidad, también está la perspectiva de la riqueza y cómo se presenta en los diálogos y escenas. Las acciones de los pobres son muy evidentes: la impresión de certificados universitarios falsos, las pilas de cajas, la “fumigación gratis” y la presencia del hombre que mea en su ventana de manera rutinaria, todo es visual. Por otro lado, la riqueza se ve más en el diálogo: los Park manejan ciertas frases que reflejan su estatus. Tal es el caso de la charla sobre el olor de la pobreza que mantienen Ki-Taek y Park Dong-ik, partiendo de un comentario de su hijo Park Da-song (que refleja la internalización de ciertos presupuestos de clase) y que lleva a una preocupación de la familia Ki respecto a su jabón para la ropa.

 

En esta línea, el gran premio al contraste se lo lleva la lluvia: los Ki olvidan su ventana abierta y pierden todas sus cosas en una inundación, en una escena filmada desde un ángulo que hace que la situación se vuelva estéticamente linda (un arma de doble filo para quienes más critican la presentación de la pobreza). Así, entre la desesperación, corte a la familia Park, que observa por su ventanal cómo la lluvia cae en su inmenso patio, situación que el matrimonio acompaña con un suspiro y con un “que linda lluvia”, que muestra su poca preocupación por el bienestar de las personas que viven en los semi-sótanos (tampoco es que se demanda una preocupación constante porque hacerlo sería absurdo, pero no hay ni una mínima consideración a lo largo de toda la película).

Pero la historia de pobres contra ricos que se viene dando a lo Robin Hood no termina con los Park en la pobreza económica, sino que lo hace como sucede muchas veces en la vida real: pobres versus pobres.

Los Ki terminan en una lucha a muerte con la ex empleada doméstica de la familia Park y su esposo, a quienes ellos mismos perjudicaron. Todo esto narrado de manera violenta en la propia casa de los Park, que no sospechan nada de lo que sucede porque, obviamente, viven en su mundo.

Es así que todo termina y los detalles se unen: los pobres terminan peleando entre sí, asesinándose para sobrevivir en un contexto que les es sumamente desfavorable, mientras que los ricos planean fiestas de cumpleaños.

Pensamientos, partición y pérdidas

Sin embargo, la utilización de los Ki como meras herramientas y el sutil pero constante clasismo llegan a un punto insostenible y Ki-Taek asesina al señor Park para luego ocultarse en un sótano por tiempo indeterminado. Indirectamente los ricos ganan, los pobres vuelven por donde vinieron, mostrando que en este mundo ficticio (tal como en el real) la lucha por la supervivencia siempre encuentra estas pequeñas desviaciones que provocan la disputa horizontal por sobre la vertical. Las peleas más despiadadas se dan dentro del propio pueblo que rara vez (por no decir nunca) logra una cohesión fuerte como en el caso de Joker, pero que tiene una facilidad para la explosión.

Las dos películas son inseparables del contexto que las enmarca: donde la revuelta y los riots son cada vez más moneda corriente en el mundo (quizás sobre todo en Latinoamérica), Joker muestra que lo que basta para disparar el caos es solamente una acción aislada pero a la vez poderosamente simbólica. Pero es simplista en cuanto a que muestra una cohesión casi absoluta entre las personas que se visten con máscaras de payaso y salen a las calles, cuando en la realidad todo se parece más a Parasite, que muestra que no solamente el obstáculo está en un sistema que se basa en herramientas muy evidentes para dominar y someter (pensar en el nuevo mecanismo de “sé tu propio jefe” de empresas como Glovo y Rappi, que disfrazan la precarización como independencia), sino que la lucha por salir de la dominación no es un camino lineal de abajo hacia arriba. Plantea entonces la idea de que es todo lo contrario, y de que está plagada de mini-peleas horizontales, donde priman la individualidad y el sálvese quien pueda (sobre todo en términos económicos, quizás motorizados por la idea de “desclase” y, en la película, a pesar de las constantes muestras de preocupación de Ki-Taek por las personas a las que ellos dejan sin trabajo -por ejemplo el chofer-).

La actualidad nos encuentra en el intermedio entre Joker y Parasite: mientras una ve una lucha colectiva de abajo versus arriba, la otra amplía el paradigma al incorporar las disputas en términos horizontales. Sin embargo, para alcanzar una comparación directa con la realidad habría que combinar ambas, complementando sus posturas, resultando así  la masa que protesta tanto un gran colectivo como, a la vez, un lugar de disputas individuales y de agrupaciones sociales (porque el fin último de los pobres no es simplemente volverse ricos -hablar en términos económicos sería simplificar todo-) que defienden las más diversas causas. Pero entonces nos encontramos con una realidad un poco fatalista: la imposibilidad del consenso general (que parte de nuestros esquemas de valores e ideologías conformadas por los más diversos retazos culturales) es lo que hace que siempre ganen los mismos.

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