Paul Thomas Anderson: la narrativa del equilibrio y la miseria humana

[Paul Thomas Anderson. Hard Eight/Sydney. Inherent Vice. There will be blood. Phantom Thread. The Master. Boogie Nights. Punch-drunk love. Estos Unidos]

por Gaspar Roulet (@RouletGaspar)

En los 90s la industria cinematográfica norteamericana no escapó de los primeros coqueteos con la computación, de la sensación de triunfo post caída del muro, y de esa espectacularización absurda yankee que tiene su cara más visible en los pasillos de sus Wall-Marts llenos de estanterías con productos que poco y nada hacen por justificar su propia existencia (¿quién necesita una botella de Pepsi de 5 litros?, ¿hacen falta tantos sabores de Oreo?).

En ese clima, el cine se transformó en un terreno donde convivieron distintos elementos. Algunos de estos fueron el renacimiento del Disney animado de la mano de “El rey león” (cómicamente contemporánea de “Ed Wood”, también de Disney bajo Touchstone Pictures); la repopularización de las películas de desastres, que habían tenido un declive en los ‘80 pero que encontraron en los primeros pasos del CGI un nuevo aire (que, hay que decirlo, la mayoría de las veces las llevó a no envejecer demasiado bien); y el surgimiento de películas y estudios independientes. Entre medio de todo esto, Paul Thomas Anderson.

Imágenes de incompletitud

En el storytelling de Anderson (de ahora en más, PTA) hay una serie de puntos comunes que tienen una base única: el personaje incompleto. En cada una de sus ocho películas encontramos al menos uno: el desamparado John (Hard Eight/Sydney), el querible hippie Doc Sportello (Inherent Vice), el súper competitivo Daniel Plainview (There will be blood), el genio ermitaño Reynolds Woodcock (Phantom Thread), el veterano Freddie Quell (The Master), el egocéntrico Dirk Diggler (Boogie Nights), y el solitario Barry Egan (Punch-drunk love). ¿Y en Magnolia? Bueno, todos.

En un análisis realizado por el canal de Youtube Jack’s Movie Reviews, podemos ver cómo estos seres incompletos son, en su mayoría, presentados visualmente de manera particular: en soledad. Esto, en términos narrativos, sirve para que de entrada percibamos a los personajes como alejados, sobre todo porque generalmente también están ubicados en espacios amplios pero vacíos (como el caso de Barry Egan en su escritorio apartado en un galpón, o John en Hard Eight, a quien vemos sentado afuera de una cafetería -separado de la clientela-).

Lo que nos lleva a la base de los conflictos de las películas de PTA que podrían resumirse en: “una o varias personas buscan un elemento material o simbólico que piensan que les hará alcanzar la felicidad”. Una frase bastante general y simple, pero que toma distintas formas y niveles de complejidad en cada película.

Un viaje que atraviesa la oscuridad

 Ahora bien, esa búsqueda de felicidad nunca es un camino de rosas (qué aburrido sería si así lo fuese), sino que está plagada de encontronazos mayormente internos. Esto porque la soledad y la incompletitud de los personajes es producto de sus propias personalidades. Esta es otra marca de la filmografía de PTA: hay una constante búsqueda de la sanación y la reinserción en la dinámica social “común”.

Y acá una de las claves: ninguno de estos personajes puede sanar en soledad. Entonces necesitan de una figura que haga las veces de guía, mayormente en una dinámica casi fraternal. El dejar atrás el “yo” con la ayuda de ese “otro” es fundamental para encontrar la salida de un caos ya transformado en rutina. Pero no siempre ese guía es necesariamente positivo, sino que a veces sirve para darle una forma humana a la confrontación con otro tipo de conflictos, lo que ayuda a sanar, y a veces ni siquiera eso. Es necesario entonces atravesar la oscuridad de la propia psiquis o encontrarse ante una oscuridad nueva para poder reencontrar el rumbo en el medio de una caída constante, o al menos intentarlo.

Esa es la filosofía de PTA, que podría ser resumida en esta cita extraída de una entrevista que le hicieron para GQ: “A veces puedo tener ese sentimiento de felicidad absoluta en la tristeza. O ese tipo de felicidad que encontrás en una canción triste que te hace llorar, esa canción que te hace sentir de manera tan profunda. Simplemente te atropella con melancolía o tristeza, y te permite abrir tus puertas y sumergirte en esa sensación por el tiempo que dure la canción. Eso puede ser genial”.

LONDON ENGLAND – JANUARY 27 Director Paul Thomas Anderson attends an exclusive screening of Phantom Thread hosted by Universal Pictures in partnership with PORTER at the Victoria and Albert Museum on January 27 2018 in London England Photo by John Phillips Getty Images for Universal

Si encontrás el modo de vivir sin servir a un maestro, cualquier maestro, avisanos

Hay distintas formas de ejemplificar esto, pero supongo que lo mejor sería dar un ejemplo donde ese encuentro con el guía o con otra oscuridad sea lo más explícito posible.

Un caso donde la figura del guía se presenta más evidente es en The Master. Ahí la dinámica caos-orden quizás sea la más cruda de toda la filmografía de PTA, siendo evidenciada sobre todo en la escena del interrogatorio: cuando Freddie tiene que responder una y otra vez las mismas preguntas sin parpadear sus respuestas a veces cambian, pero Dodd continúa preguntando, haciendo que sea Freddie quien revele sus propias verdades y enfrente sus inconsistencias. En este caso, Dodd funciona como espejo de Quell, una contraparte oscura que lo enfrenta cara a cara con sus problemas.

Pero así como se sirve a “maestros” encarnados en personas que hacen de guías en la oscuridad de los personajes (por ejemplo también la relación entre Dirk Diggler y Jack Horner en Boogie Nights) también hay una servidumbre a elementos abstractos, siempre en clave de retroalimentación: alguien ayuda, alguien es ayudado; alguien otorga, alguien recibe. Esta dinámica, la de preguntas y respuestas, de vaivenes entre el caos y el orden y la lucidez y la desesperanza, es fundamental en la sanación de los personajes.

El amor es el guía a quien siguen personajes como Jim en Magnolia, pero siempre con la bajada orden-caos. En la relación romántica entre Jim y Claudia es donde esto se vuelve más evidente. Ambos se retroalimentan para salir de sus respectivas crisis (no es una relación planteada por y para esa retroalimentación en un sentido utilitario, sino que sus propios modos de ser contribuyen a que eso suceda), son el orden y el caos, casi dos infantes: Jim salido de un “hogar bien”, cristiano y bonachón a la vez que tonto, casi en clave caricaturesca; Claudia, que es el resultado de un hogar roto, de un padre de mierda. Pero lo que tienen en común es justamente su persecución por el reconocimiento y el amor: él lo busca porque se le volvió desconocido y absolutamente utópico al punto de elaborarse un perfil en un servicio telefónico de citas (y sí, ‘99), y ella no sé si lo busca tanto, pero cuando lo encuentra ve una salida a lo triste de su vida.

Pero también hay otros casos, como el de Plainview en There Will Be Blood, que persigue el éxito en la competencia voraz por el petróleo de los Estados Unidos de principios del 1900. Su guía es la guita, está bien, cada quien sirve al maestro que quiere, son persecuciones distintas, y nos lleva a lo siguiente.

Las cosas suben, las cosas bajan

Las persecuciones y servidumbres son múltiples, pero también lo son los sacrificios. En este juego de dar y recibir, de perseguir usando todo lo que esté al alcance, el sinceramiento es fundamental. Sobre todo porque se plantea mucho la idea de la expiación, de redención. Y, como toda redención, sólo se puede lograr si hay un reconocimiento del error.

En Punch-Drunk Love, Barry tiene que confesar que llamó a una línea de sexo telefónico porque le está generando problemas imposibles de ocultar sin importar la cantidad de puddings (¿qué sería un pudding?) que compre o lo mucho que lo disimule ante Lena. El alcanzar lo anhelado implica el viaje por la oscuridad, no hay más vueltas que darle.

En este sentido, es imposible no recaer en Magnolia: al increíble monólogo de la culpa, le sigue la secuencia musicalizada por Wise Up, de Aimee Mann (con el estribillo “it’s not going to stop ‘til you wise up”). La lluvia despierta los pensamientos de los personajes que están en su punto más bajo: Claudia tomando merca (¿otra vez, Claudia?), Jim está solo (¿otra vez, Jim?), Jimmy Gator expuesto (estuve spoileando hasta ahora pero este me lo ahorro), Donnie lleno de culpa (¡Quizz kid Donnie Smith!), Parma totalmente destrozado (el mejor Seymour Hoffman), y Frank absolutamente despojado de ese histrionismo y masculinidad avasallantes (el mejor Tom Cruise).

Pero también hay casos donde resulta imposible despegarse de la dinámica del error, la que lleva al conflicto original. Y esto pasa tanto en Boogie Nights como en There Will Be Blood.

En Boogie Nights, Dirk tiene un único maestro: el reconocimiento. Es esa búsqueda de la fama lo que lo aleja progresivamente de quien es realmente su mentor, Jack. El egoísmo y la ceguera que le generan los carteles de neón del éxito hacen que nunca modifique su dinámica, e incluso cuando ya es demasiado tarde niega toda la ayuda que le ofrecen. Y, por supuesto, no sobrevive: es tragado por la dinámica del éxito momentáneo y después reemplazado por una versión más joven, más actual, lo que lo relega al olvido, a la soledad de la prostitución en camionetas a cambio de un par de dólares por una paja.

Por otro lado, en There Will Be Blood, Plainview finge su rendición ante el cristianismo de Eli en la escena del bautismo, donde es humillado públicamente a base de un “exorcismo” a cachetadas, y a confesar a los gritos el abandono de su hijo discapacitado. Pero, como se trata de algo falso y no de un reconocimiento o arrepentimiento real, Plainview continúa su vida en los mismos términos que antes (y en términos narrativos que bueno que haya sido así, nos dio el diálogo de “I drink your milkshake”), y termina como tiene que terminar: solo y triste en una mansión gigante.

Finales y cosas

Entonces PTA nos narra, película tras película, la dinámica del equilibrio y la miseria. Los sacrificios necesarios que parten siempre de la honestidad y cómo los cambios de comportamiento y la toma de valor parecen ser las únicas alternativas al caos. Pero también cómo es imposible escapar en soledad: nos recuerda lo minúsculos que somos y nuestra necesidad imperiosa de una figura de liderazgo que nos ayude a encontrar el camino, o que nos sirva de espejo para darnos cuenta de nuestros errores.

Nos muestra la dinámica de las relaciones interpersonales y la legitimación que obtenemos a través de ellas, de quienes dependemos por ser seres sociales. Se condensa todo en pequeños momentos: en Punch-Drunk Love, Barry “ingresa” en la sociedad a través del amor; en The Master, luego de su enfrentamiento con Dodd, Quell finalmente entiende que su vida está bien y que la dinámica de la ciudad no es para él; en Magnolia, el amor salva a Jim y a Claudia; en Phantom Thread todo es más complejo, porque Alma debe hacer sufrir a la persona que ama (¿ama?) para salvarla; en fin, se entiende.

A fin de cuentas, esa dependencia (porque es dependencia) de los demás es fundamental y transversal a su filmografía. La interacción es esencial porque nos recuerda las múltiples formas nuestras y del otro, nos mantiene caminando, nos completa. Nos recuerda lo que a veces parecemos olvidar: no estamos solos, y estarlo nos vuelve miserables.

 

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