Platón sería hincha de River

Por Agustín Matías Martino

Ha pasado otro clásico entre River y Boca. No son muchas las conclusiones que pueden hacerse de un partido que careció de continuidad en el tiempo, reduciéndose el desarrollo a sucesos aislados por un impetuoso aguacero. La esperanza de ver en escena una contienda de ambas escuelas con sus filosofías, lentamente desesperanzada, se hundía como aquellos infantes barquitos de papel.

Sin embargo, en cada porción de momento rodeada de agua por todas partes, pueden vislumbrarse ciertos rasgos de un enfrentamiento mucho más profundo y originario que se manifiesta, rejuvenecido y con sus matices, en cada partido de ambos equipos. Las últimas partidas entre Barcelona y Real Madrid, han sido manifestaciones fervorosas de las distintas ideologías que, trascendentes y en la pureza de sus principios, eligen el momento oportuno y los actores de turno para hacerse patentes en el acontecer. Hegel sostenía que la historia consistía en la materialidad del desenvolvimiento dialéctico del espíritu absoluto. Aquí, pensamos que estos afrontamientos son reediciones de una rivalidad de antiguo linaje: Platón versus la sofística.

sofistas

Ellos fueron quienes forjaron la tesis contrapuesta e instauraron ese ámbito fuera del tiempo que se manifiesta en el devenir histórico en las diversas esferas del quehacer humano. Pedimos disculpas por pensar una manifestación, de la dualidad manifestante, tan precaria y vulgar como el fútbol de nuestros días (porque podríamos desentrañarla del discurso político, de los grandes actores del aún presente siglo XX, y otros tantos portadores) pero hay un hecho que quizás justifique el acometido. Se trata del Barcelona, del esplendor enconado de los últimos años y del inminente y penoso camino desandado hacia las sombras. Su luz, que ha retorcido a tantos girasoles, se está apagando. Como alguna vez Edipo decidió arrancar sus ojos para evitar ver la miseria de sus días, la impiedad de destino, la caterva de escombros de aquel reino, antaño, celestial; quienes pensamos que hay algo más detrás de la teleológica lucha interesada y la dinámica física, hemos de ser testigos de la caída del sol. Esquilo y Sófocles han guionado el ocaso tan doloroso como inevitable de lo alguna vez glorificado en una de las criaturas más excelsas del mundo griego: la tragedia.

River-Boca, aunque naufraguen en la escoria del capitalismo, Barcelona-Madrid, en las galas del sistema, reeditan la discordia entre la retórica Sofística y el diálogo Platónico, que encarna rasgos antropológicos, inherentes a la esencia humana. Así como doctor Jekyll y míster Hyde anidan en lo más profundo del ser humano, ambas corrientes se cimentan sobre anclajes basilares de la constitución del hombre.

El Barcelona ha creído (al igual que la historia de River) con firmeza en el sostén de una idea estética de juego. Ha decidido erigir un principio como valor y gobierno de cada uno de sus esfuerzos colectivos: el horizonte de la belleza como armonía de la justa proporción. Lo Uno, rector legalizado de lo disgregado y fundamento último de la posibilidad del todo; lo invisible como origen y devenir de lo ente en movimiento, de lo aparente. El ser y la apariencia. El Inicio, originario y sin límite, como Verdad oculta en lo manifestado. La belleza puede explicarnos, una vez extirpada, la destreza desplegada por cada hombre blaugrana fundido en Uno.

Ese trasfondo fontal del mundo griego, sagrado, que Platón intenta reanimar luego del arribo a Atenas de la retórica sofística donde los ideales del relativismo, del escepticismo y el lucro, llegan al seno de la palabra constitutiva de la capital helena para destronar los principios que, omnipresentes, cimentaron y presidieron el período de mayor florecimiento; es bello y es el bien común. Dos valores que guiaron el diálogo futbolístico de un equipo preocupado por la trascendencia estética de su juego y el camino. Dos años de cantos, de promesa y elegancia. Dos años bajo la instrucción alada de Guardiola, sobrio capitán de la posesión inteligente, comandante de la afinada orquesta. Dos años de partituras compartidas, por humildes músicos. Dos años que son fruto de un recorrido coherente, empezado en un pálido pasado y proyectado hacia un futuro deseado.

Guardiola y Platón-01

Protágoras, o Mourinho, en el 440 a.c. se asienta en la metrópoli, para fundar el movimiento que destronará el inicio instaurado por los presocráticos: el Ápeiron de Anaximandro, el Ser de Parménides, el Logos de Heráclito, el Nous de Anaxágoras, el Arkheé o principio de todo lo existente, lo ilimitado, eterno e inmortal que sostiene y preside el mundo de lo ente, de lo manifiesto; es puesto en tela de juicio por la nueva escuela. La verdad que ordena, oculta, lo visible, la physis, a la que el espíritu griego hacía patente en cada una de sus obras mediante el desvelo (aletheia: término que condensa el paso de la oscuridad a la luz, de lo profano a lo sagrado, mediante el tránsito alado a las esferas últimas de lo manifestante) revelador, deja de ser el fin de los esfuerzos humanos en el campo de la política, la educación, la poesía y, en última instancia, del pensar. Lo invisible, donde la totalidad de lo Uno reúne el khaos, agrupándose la pluralidad, ya no forma parte de la realidad. Ya no hay una Verdad a la que anhelar, no existe un principio ordenador que genera y mantiene detrás del telón.

Lo que reina es el azar y la accidentalidad, el remolino. El correlato práctico o político en el extremo de esta concepción es expuesto con crudeza por Calicles, o Florentino Pérez, quien afirma que lo único que importa es el poder. No hay bien común, ni estética de lo trascendente. El interés, la parcialidad dominan el juego de las fuerzas libres y autónomas. El más ágil, el más fuerte y de mejor retórica, será quien triunfe, no quien soporte la Verdad. Ya no importa cómo ganar, cómo jugar. El resultado, económico y futbolístico, es el faro del navío. Los inconmensurables e instantáneos millones harán fuerza al tiempo de la masía, a la filosofía educada; la verticalidad, el desaforado y anunciante instinto, a la creatividad paciente; la soberbia a la palabra justa; la rudeza individual y mecanizada garantizará la preeminencia de lo físico ante los embates de la inteligencia, la técnica y el asociado juego colectivo. Sólo queda lo óntico, lo más acá, con todas sus miserias. Los cuerpos solos y en movimiento, chocando, huérfanos de la Verdad. La urgencia del intempestivo telos, la maximización del beneficio, del provecho, ridiculización de lo inútil (la belleza).

River y Boca, históricamente han encarnado los estilos opuestos; a pesar de que con el afianzamiento del capitalismo, su vitalidad se ha perdido, como todo lo perteneciente al subdesarrollo. La muerte de Sócrates, la caída del Barcelona, el descenso de River, no son más que víctimas de un mismo asesino: la máquina.

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