Por qué prefiero creerle a John Hughes antes que a todos mis ex

[John Hughes. Ex. Novio. Novia. Romeo. Amor. The Breakfast Club. Say Anything. John Cusack. Ione Skye. Loyd. Diane Court]

por María José Fontao (@jofontao)

Cómo hago para que cuando empieces a leer esto empiece a sonar la música que sonaría en el inicio de una película de John Hughes. Estoy anclada en temas de The Outfield, el Génesis de Peter Gabriel y ese tipo de bandas de las que pocos hablan porque son medias vergonzosas. Digo, no estoy hablando de [inserte aquí banda cool de la que todo fanático de tocar la guitarra engrandece de manera extrema]. Me quedo con la música para viejitos. A esta altura de la introducción ya sabrán que soy la chica que empieza hablando de sus problemas personales para desarrollar un tema en particular y concluir hablando de sus problemas personales, sí. Hace poco me dijeron histriónica. Y quizás sea ese el nombre de mi futuro libro de poesía que no voy a publicar jamás. Cuestión que, querido lector, si esto a usted le molesta, y prefiere leer algo un poco más académico, con palabras bonitas, vaya y googlee algo en internet sobre John Hughes. Yo me limitaré a mi experiencia, a hablar con lo que sé – que supongo que no es poco para alguien que desde los quince años está fascinada con sus películas.

Me encanta escribir cómo si fuese vieja, estilo Beatriz Sarlo; es decir, impune. Con mi último ensayo aprendí a que hay cosas de las que quizás no se deben hablar, como por ejemplo una cantante que nadie conoce y que marketineramente no es lindo, no es efectivo. Y a mí me gusta el público, soy una cholula de los likes, y me gusta que gusten de mí, o por lo menos que me odien, pero necesito esa respuesta. El feedback que te haga sentir que uno hace lo que hace y tiene sentido, o que meramente fábrica basura.

Valga la siguiente aclaración que sale de mi lado snob más profundo. No voy hablar de The Breakfast Club ¿por qué? por qué es una gran película y creo que ya todo está dicho. Y soy soldada ( ¿soldada?) de que si hay cosas que si ya se dijeron una, dos, tres millones de veces, entonces dejemos de hablar un poco, dejemos de tocar el tema, inventemos algo nuevo, ampliemos el universo, hablamos de otros objetos. Yo estoy acá, sentada en medio de una crisis existencial – en la que vivo todo el tiempo #dramaqueen- para hablar de Say Anything (1989) película que siquiera pertenece al director pero responde, según mi parecer, a su estética.

Si algo aprendí de Vicente Luy es que “lo que está mal está mal, y lo que está bien está mal, charlalo con tus padres” así que no voy a ahondar en cuestiones de género, ni arquetipos de personajes. No voy a deconstruir la película para señalar con el dedo al patriarcado. Otra gente de internet lo hará mejor que yo. Y se ocupará de eso. Yo estoy acá para decir que estoy enamorada, ferozmente enamorada de John Cusack, o de cualquier personaje de John Cusack en todas las películas. Si, ferozmente. No es que quiera banalizar este tipo de discurso. Con esto quiero decir, soy mujer, estoy desamparada, soy histérica e histriónica y quiero hablar de cine sin saber nada sobre cine, porque puedo hacerlo, acá al pie del cañón, defendiendo con uñas y dientes una de las películas más pochocleras que vi jamás en mi vida. Defendiendo a John Cusack sosteniendo una grabadora gigante debajo de la ventana de su amada. Defendiendo mi idea de cómo debe ser el mundo, y cómo no es en realidad. Debajo de mi ventana hay sólo pasto. Debajo de mi ventana hay un viejo peleando con el jardinero del complejo de departamentos porque según él le cortó ramas de más al árbol. Y junto al árbol que hay debajo de mi ventana está el vacío mismo: no hay nadie. No se escucha la voz de Peter Gabriel, sólo gritos de gente que no conozco, y que no me llaman a mí.

Decir lo que hay que decir

John Hughes, qué hombre. Que hombre tan terrible. Artífice de la mayor parte de mis fantasías amorosas y sexuales. En sus películas se descubre un mundo en el que una perdedora magnánima cómo yo se puede llevar el oro al final del día, sin antes pasar por un montón de intersticios donde todo sale mal. En sus películas la que gana siempre soy yo, aunque nadie se dé cuenta.

Igual acá lector debo admitir que soy fanática de las películas que terminan bien, las pochocleras de domingo. Adoro ver cómo Antonio Banderas les enseña a un cúmulo de estudiantes a bailar salsa, cómo Julia Roberts conquista a Richard Gere y habla por teléfono desde la bañera, y esa clase de cosas que a mí me hacen suspirar. Un mundo sin trabajo y con amor. ¿Qué más se puede pedir? Una belleza. En fin, la narrativa de la chica que está fuera de lugar y encuentra su espacio en el mundo y encima un novio: me encanta.

El corazoncito mío se terminó de romper el día que vi Say Anything, película que veo cada vez que me siento mal. Hace un par de semanas la veo de maneras sostenida y van sumadas unas seis, siete veces.  En resumen, la película trabaja la idea de un amor prohibido, al mejor estilo Romeo y Julieta. Ione Skye es joven, linda y rica:  tiene un futuro. Y mi bello John Cusack es pobre, raro, y no quiere estudiar: está en pelotas. Loyd quiere hacer karate, escucha música en un walkman, es empático, es sensible y está aconsejado por mujeres. La relación tiene un vértice que genera que ambos puntos no logren encontrarse, más bien que se vean obligados a encontrarse a escondidas por culpa del controvertido padre de Diane Court.

Si bien la película no es de John Huges, en mi cabeza lo es. Atenerse estudiantes o fanáticos del cine, repito: hablo sobre lo que ama, tómenme con pinzas o destrúyanme, no me interesa. Say Anything construye una serie de personajes estereotipados pero con alma. Deberían venir con una advertencia este tipo de películas, porque después del final, después de que el varón alza el puño en alto porque consiguió a la chica y se apaga la luz, ese puño cae con fuerza sobre la cara de Molly Rigwall, como cayó múltiples veces sobre la mía.

Yo ya no tengo cura. Me voy a involucrar para estrellarme múltiples veces con lo que sucede después del final feliz. Si hay algo que no aprendí de un poema de Diego Recoba es que lo que no pasa una vez no pasa nunca, y acá estoy insistiendo, forzando, buscando un espacio donde soplar 16 velas y llevarme al chico y ganar de una vez por todas.

La última vez que la vi (hace muy poco) me di cuenta de que Diane Court es fantasmagórica, no sabemos quién es, y tampoco queremos saber quién es hasta el final de la película. Y cuando digo fantasmagórica lo digo porque no la conoce nadie, o mejor dicho todos saben quién es pero nadie jamás llegó a ella, o ella jamás se acercó a alguien. Loyd es su conexión con el mundo y la vida social. Por otro lado, Loyd, en pelotas, Loyd, soy yo, sin camino, ansiando acompañar a alguien, llorando en cabinas de teléfono todo sensualmente mojado, llorando por la mujer amada, llorando porque está sólo en la vida, llorando porque su camino es la ausencia misma del camino. Su camino es el impulso, la potencia, su camino es infantil, si quiere leerse así, aunque para mi es más auténtico, genuino. Y es acá donde está esa estética que intuyo de John Hughes en esta película: personajes sin camino que terminan felices apoderándose de esa ausencia que no puede ser completada. Esa ausencia interior, que tiene que ver más con qué hacer con tu vida, con quien la querés compartir. Una verdad muy bella es que los personajes siempre quedan perdidos pero acompañados: ahí me largo a llorar. Me conmueve. Y es eso, son escenas conmovedoras, finales que cierran pero a la vez no, que quedan a la mitad de la historia. Más bien, que terminan cuando la historia debería comenzar: ese después de soplar las velas, en Sixteen Candles, ese después de que alza el puño en alto el chico más rebelde de la secundaria en The breakfast club, lo que sucede con Loyd y Diane una vez que suena la alarma que da cuenta de que el avión ya está estabilizado. Ese después tan importante. Las películas de John Hughes, por lo menos las que vi, siempre finalizan con inicios, hermosos inicios, personajes que no saben a dónde van pero terminan tomando la mano de alguien. Es hermoso, terriblemente hermoso.

Hace unos días alguien muy valioso me dijo que tengo que dejar de ser tan infantil y llorona, y después se arrepintió, me dijo que el mundo puede ser cómo yo quiero que sea, que uno crea su propia verdad. Quisiera tener la convicción de ese hombre para lograr hacer realidad lo que mi corazón anhela: un mundo de inicios, alguien a quien darle la mano, alguien que me acompañe y me saque de acá. Sé que puedo sola, y en ese mundo nuevo mi idea romántica ya fue desechada por varias corrientes filosóficas y psicoanalíticas. Yo quiero compartir lo perdida que estoy con alguien, subirme a un avión sin saber que voy a hacer cuando llegue. Quiero encontrar algo debajo de mi ventana, pero quiero estar yo haciendo sonar mi lista de reproducción debajo de la ventana de alguien. Quisiera tener la convicción suficiente para creer que eso puede ser verdad.

Ante todo final, por favor, un mundo con inicios.

 

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