¿Por qué veo anime?

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por Lucas Rodriguez (@lvc4srod)

¿Basta mi intuición, basta el ejemplo de mis amiges para hacer una afirmación y que tenga valor de verdad? ¿Alcanza con mi voluntad para hacerles creer que lo que voy a decir hoy vale la pena? Si este ensayo fuera un campo de batalla (como a veces parecen serlo) y yo fuera un personaje de anime, alcanzaría con creer en mí mismo y en mis amistades; aún tendría un as bajo la manga, alguna frase memorable, o un power up que tendría la forma de un argumento irrebatible.

Pero como no lo soy y no tengo más poderes que los que mi cuerpo me permite, como no hay detrás de mis palabras un grupo de expertos decidiendo por mí, como no hay un Dios, ni real ni ficticio, dispuesto a salvarme cuando parece que ya no hay salvación, voy a tener que asegurarme de argumentar y explicitar mis razones: la gente parece estar inclinándose a ver anime como no lo había hecho antes.

¿Pero estamos realmente ante un boom del anime? ¿Alcanzan unes cuantes amigues que nunca habían visto animación japonesa y que hoy están viendo Naruto para pensar una recuperación y explosión del género? ¿Alcanza con la aparición de empresas como Crunchyroll y Funimation para hablar de una nueva demanda del público latinoamericano? ¿Es suficiente con comparar el catálogo de Netflix de tres años a esta parte para ver cómo creció la oferta y producción del anime?

El trazo y la foto

En lo que debe haber sido una de las primeras tesis en español sobre el anime, la cordobesa Vanina Papalini propone la hipótesis de que ante la caída de los grandes discursos y el fin de las ideologías, el aparato audiovisual y narrativo de la ficción estadounidense se vuelve de a poco obsoleto para capturar a un público que está en busca de otras experiencias al consumir una historia. Más precisamente, dice que uno de tantos factores que explican la internacionalización del anime y el manga en la década de los ’90 es “la languidez que padecen las historias norteamericanas. La búsqueda de la novedad se satisface en el exotismo de escenarios, vestimentas y rituales orientales, como si la imaginación occidental se hubiera agotado y necesitara recrearse con influjos externos”. El libro, titulado “Anime. Mundos tecnológicos, animación japonesa e imaginario social”, indaga en torno a cómo aparece signada la tecnología en diversos animes de los ’80 y ’90 para pensar su existencia en tanto imaginario social y portador de significaciones de la sociedad misma.

Todes sabemos que la ficción audiovisual tiene un papel especial a la hora de significar elementos claves de la sociedad. Hoy quizás el campo de significaciones privilegiado que se filtra en el anime viene desde su gran capacidad de poner en tensión los límites del cuerpo y de lo humano, como lo vimos a partir de Fullmetal Alchemist, en una relación diluida e inevitable con la tecnología. Lo que arriesgaré aquí busca pararse en la relación que las personas tenemos con la tecnología y con la tecnología audiovisual, con la técnica al servicio de crear relatos cuyo soporte es el video.

Lo que entendemos por video puede dividirse en dos grandes tipos: por un lado todos los productos hechos a partir de la animación, y por otro los productos hechos a partir de una toma con una cámara fílmica. Los videos musicales deben ser el producto donde la línea que los delimita se vuelve más difusa. Con esta distinción en la mente diré que hay algo en la animación, vista en oposición con la toma de cámara, que se muestra superior en tanto soporte narrativo ficcional. Hay un grado de satisfacción visual, estética y narrativa que es abrumadoramente superior cuando el producto es animado. Estoy hablando de pactos de lectura y de verosimilitud. Aunque cierta herencia del pensamiento francés nos tiente a pensar en las series como un texto, y aunque aún podamos hacer razonamientos productivos con esa perspectiva, quizás sea mejor hablar de pactos de visionado y de captura de la atención.

¿Qué tendrá el dibujo para ser más efectivo que la cámara? Como si el trazo, ayer en papel, hoy digitalizado, se elevase por sobre la toma y ofreciese una forma, puramente visual, más compacta, más ajustada para las narraciones ficcionales.

Quizás sea menos una deficiencia de la forma fotográfica que una nueva relación del público contemporáneo con la toma directa de foto y video. Pensando aún en el porqué de la internacionalización del anime, Papalini propone lo siguiente: “Puede apuntarse que la cultura eminentemente literaria de las historietas occidentales ha dejado paso al “nuevo alfabetismo” de una generación fundamentalmente visual, al que los manga y anime se avienen mejor”. Aquí, considerando cuáles son los componentes y las derivas de ese nuevo alfabetismo visual, voy a señalar este hecho como la gran causa del declive de la forma fotográfica para ser soporte ficcional: la globalización de la cámara a partir de los smartphones, el paso constante a la imagen que acontece en Facebook e Instagram, familiarizó hasta tal punto la presencia de la toma fotográfica que en tanto forma narrativa ve debilitado su poder de transmitir narraciones ficcionales, y ahí es donde emerge el anime a reclamar su lugar como soporte predilecto, ajustado y preciso para la ficción (hasta qué punto las fotos y los videos de las redes sociales tienen carácter de ficción es un cuestionamiento pero que forma parte de otra reflexión). No solo esas redes sociales, sino también YouTube al acentuar el uso del video en un relato no ficcional cercano al consumidor, o la mundialización de los noticieros que anclan la toma en el acontecimiento empírico; son muchas las causas que van disminuyendo la potencia de la forma fotográfica de ser soporte ficcional.

Frente a tal transformación, se eleva la animación, el dibujito, los colores, los cuerpos desproporcionados, se eleva el anime japonés como forma de la narración justa para la ficción que el gran público masivo contemporáneo demanda. Podemos incluso, si quieren, alinearlo con el movimiento anti realismo de la ficción audiovisual que explica porque Game of Thrones¸ un fantasy, fue la última gran serie. Hay una deficiencia del cuerpo humano que está siendo tomado por la cámara, hay un límite que no podemos traspasar, que en la animación se resuelve de mejor manera. Y si bien todas las películas y series de héroes y batallas se apoyan en una enorme producción de animación digital, es justamente porque hay representaciones que necesitan de la animación para lograrse. Así el gran capítulo de guerra de Game of Thrones,  ‘Battle of the Bastards’, gastó un dineral en animadores, tanto que hay momentos en los que parece un MMORPG. Me parece claro que la animación está acudiendo a salvar una representación de la batalla que la toma de video no es capaz de construir ni los humanos capaces de actuar. Que se piense sino en el gran fracaso que fueron todos los Live Action, que como Avatar. La leyenda de Aang o Death Note, solo generan rechazo y críticas negativas. Entonces, si para hacer una buena escena de batalla, que sea verosímil y a la vez creíble, es necesario acudir a la ayuda de la animación, ¿por qué no dejarla se encargue totalmente?

Entre los personajes y las personas

Si hay un aspecto clave donde la animación se eleva por sobre la toma (y que se relaciona con la verosimilitud y la empatía) es aquél referido a los personajes.

Constanza Aguirre es una reciente egresada de Letras Modernas por la UNC cuya tesis lleva por título “Las ficciones seriales audiovisuales como nuevas formas narrativas. Tensiones entre monstruosidad y comunidad en The Walking Dead”. Pensando a partir de los estudios de Benjamin, en la introducción va a proponer que “las series se vuelven, como la novela [lo hizo en su momento], el lugar ideal en el cual el espectador puede buscar en los personajes el “sentido de la vida” e identificarse con ellos”. Probablemente en el caso del anime el concepto de identificación pueda ajustarse, porque le espectadore de anime no está estrictamente en búsqueda de una identificación, sino al contrario, de una salida, de un escape, de una transfiguración de la vida cotidiana. El sentido de la vida al que se accede consumiendo anime no es uno que se alcanza por identificación, sino por extrañamiento. Lo interesante sería ver cómo se produce la identificación, o la identidad misma, a partir de lo que se escapa, de lo que no nos hace vernos directamente, cómo nos construimos a partir de fragmentos de espejos rotos. Entonces, la identificación al consumir anime no se lleva a cabo por medio de una asimilación o cercanía con los personajes, sino por algo así como un deseo que se ve movilizado por la visualización misma, por un encantamiento de la animación, por una cercanía que se ancla en la distancia entre las personas y los personajes.

A propósito de los personajes, Papalini propone que “No se trata de gente increíble haciendo cosas extraordinarias, sino de gente común haciendo cosas normales en un marco imaginativo y lleno de misteriosas referencias a develar, con toda la complejidad de las acciones en donde los malos no lo son tanto ni los buenos son perfectos”. Hoy ya hay muchísimos tipos de héroe en el anime, desde Shinji Ikari pasando por Itachi Uchiha hasta Edward Elric hay una distancia enorme. Es decir que ya no todos los héroes son gente común haciendo cosas normales y la dimensión extrahumana de algunos de ellos vuelve difícil pensar en algo así como la identificación. Porque si bien de niño pude imaginar que alguna vez me iba a llegar una carta de Howarts, siempre supe que nunca iba a poder hacer una Genki-dama. Podemos pensar en la aparición de Estudios Ghibli como un hito social para la distribución del anime en occidente, poniendo su animación a servicio de una narración no tan border como el anime serializado, familiarizando al público con el formato y el género, preparando el terreno para el boom que hoy mencionamos. Las características de estos filmes no son las mismas que los animes que venimos pensando, pero nos ayudan a pensar en identificación con un mundo y no con un personaje, a pensar la despersonalización de los atributos cuando decimos que no hay héroes; más bien, hay un heroísmo que nace del arrojo y del azar(Fernández).

El modelo de héroe que propuso y distribuyó por el mundo la ficción fílmica norteamericana está completamente agotado. La vulnerabilidad, la dimensión tonta, lo anti heroico de algunos héroes del anime, son aspectos que hacen de ellos personajes más cercanos (aún con la distancia que venimos mencionando): “Los héroes puros e incorruptibles, con una pauta de acción fija, previsible e invariablemente correcta, generan el mismo desinterés que una prédica moralizante” dice Papalini . Llamada telefónica al despacho de Jon Snow, de quien ya sabemos cuánto le gusta despacharse con grandes y memorables discursos en torno al deber, el valor y la responsabilidad. Él no tendría que haber visto morir a sus dos novias en sus brazos, antes, deberían haberlo dejado por aburrido.

Si Aguirre va  pensar que la ausencia de límite propia de la TV la convierte en un recinto ideal para el desarrollo de la ficción, aquí pienso que la toma de cámara se levanta como un límite para ser tal recinto ideal de la ficción, y que la animación lo esquiva y lo supera. Esto que tiene que ver con la forma elevaría al producto animado por sobre el producto de toma de video como continente y habilitante de la ficción. Si eso lo relacionamos con los personajes, la conclusión es evidente: los actores y las actrices y les acteres[1] que hay detrás de los personajes no me convencen, me generan problemas de verosimilitud, no les creo. No es algo que divierta, o de lo que me ponga orgulloso. A veces me pone triste ya no disfrutar de Friends como alguna vez lo hice. Pero sucede que el guion que está ahí, en primer plano, es muy evidente, tan abrumador como un niño que abarca toda la foto o una mezcla mal ecualizada. Es demasiado burdo el artificio y termina atentando contra la ficción: David Schwimmer es un gran actor, pero Ross Geller es un sociópata que está siempre a un paso de volverse un abusador, y yo simplemente no me creo nada de lo que hace ni lo que le pasa. Algo muy similar sucede con The Office. No me sirve, nunca pude firmar el pacto que el guion propone. ¿Cuál es la necesidad de ese doble registro de la ficción, de insertar el lenguaje del documental adentro mismo de la sitcom? O mejor, ¿a dónde nace la necesidad de velar, de ocultar el carácter de sitcom bajo la apariencia de un documental? ¿Por qué tanto empeño con el realismo? Michel Scott no me parece gracioso, ni me parece un imbécil, ni me genera cringe; por sobre todo me parece, con repulsiva claridad, un efecto de guion. De igual manera me parecen efectos de guion, y de mal guion, muchísimos giros de la trama de Naruto, pero la gran diferencia radica en que Naruto nunca me quiso engañar con respecto a su carácter de ficción, no me entregó una exigencia de realismo que no iba a poder sostener.

De haters y otakus

Yo no quiero ponerme en el lugar del intelectualoide insoportable que apenas ve una fisura se apresura a dictaminar una muerte, como lo han hecho con el arte, las ideologías y el capitalismo. Lo que más quisiera es invitar a aquelles que aún lo miran con desconfianza a animarse a explorar el mundo del anime, porque las recompensas son muchísimas.

Sí quisiera marcar algunas cosas más: mientras que el público de series se pelea por si es mejor Breaking Bad o Better Call Saul, les otakus hacen comunidad. Y de repente, en la calle, se ven más remeras de Kakashi Hatake que de Pulp Fiction. Mientras el fandom se indigna, y con razón, por los finales de GoT y How I Met Your Mother, Evangelión hace dos nuevas películas y cuatro rebuilts, igual de crípticos que el final original, que en vez de bronca generan memes.

Hay una anécdota que ilustra ejemplarmente esta situación. En mayo de 2019 el capítulo ‘Hero’ de Shingeki No Kyojin superó en IMDB a ‘Ozymandias’ (Breaking Bad) y ‘The Winds of Winter’ (Game of Thrones) logrando una puntaje de 10/10, clasificación perfecta que ninguna de las dos series había alcanzado. Shingeki No Kyokin fue todo un suceso. Conquistó al mundo entero, tanto a fanáticos del anime como a la crítica especializada cinéfila que lo valora como género menor del cine. Y aun así pasó que un ejército de fans fue a IMDB a puntearlo con 1/10 para que no destrone los logros de sus series favoritas, como si de los más niños rata se tratara. Y no creo que ningún fan de esas series se considere a sí misme un niño rata.

De la misma manera podríamos hacer muchas lecturas del anime buscando y encontrando cosas en extremo cuestionables. Ahí tenemos la burda sexualización de los cuerpos mujeres y los viejos sabios y poderosos que son abusadores y pervertidos; los exagerados deus ex machina que se disimulan en power ups inexplicables; el profundo sentido de la culpa, el arrepentimiento y la redención, entre muchas otras cosas. La pregunta de cuánto hay de lo oriental que se nos escapa y no percibimos es interesante, pero no me corresponde a mí responderla, siendo como soy un profundo desconocedor del Japón. Pero dejando de lado la pregunta por el lugar del que proviene y focalizándome en el lugar hacia el que va, veo que es ahí donde elijo ver anime, más allá de esa superficie que repele a primer contacto; a donde llego y entonces puedo ver una hermosa forma, un gran tratamiento de lo moldeable del cuerpo y de lo humano; de lo inatrapable y movilizante del deseo; de la iniciativa y el autoconocimiento.

¿Por qué veo anime? Veo anime porque lo disfruto y porque lo elijo. Veo anime porque no me defrauda, porque puede ponerme a pensar tanto como distraerme y hacerme pasar el rato, pero sobre todo, veo anime porque al verlo veo un mundo, porque entrar en ese mundo es como ser niñe y escuchar un cuento de la abuela, porque los cuentos de las abuelas hacen del mundo un lugar un poquito mejor.


[1] Hay ciertas palabras en las que el uso del genérico no marcado se vuelve un laberinto del que yo aún no encuentro la salida.

 

 

 

 

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