Preciado, Hefner, y la humanidad virtual

[Paul B. Preciado. Hugh Hefner. El País. Axolotl. Julio Cortázar. Michel Foucault. Roberto Esposito. Pandemia. Cuarentena. Encierro. Virtualidad. Cuerpo. Enfermedad]

por Juan Blanco (@_juanblanco)

Casi meses atrás Paul B. Preciado escribió una nota muy lúcida para el diario El País titulada “Aprendiendo del virus”. Es un texto largo con un par de subdivisiones que toma como punto de partida los trabajos de Foucault en relación a la sífilis y a la peste, sigue con Roberto Espósito sobre el sida, y armoniza esto con el desarrollo simultáneo de los conceptos de soberanía, frontera, la relación etimológica entre inmunidad y comunidad como metáfora de lo biopolítico, etc.

El cuento “Axolotl” de Julio Cortázar narra en primera persona la obsesión de un hombre con el anfibio que da título al cuento –un bicho que sería algo así como un intermedio entre una rana (del tamaño de estas o un poco más pequeños), una lagartija y un pez- cuyas principales características son la mirada atenta y cierta inmovilidad perpetua que hace a aquella mirada aún más atenta y que convierte esa atención en un pedido de auxilio. El hombre cuenta la evolución de su interés –una perplejidad pseudo ontológica- por el animal y el aumento en la frecuencia de sus visitas al acuario para observar a los axolotl por horas enteras. En el final del cuento este observador/narrador se transforma en axolotl. En realidad no se transforma sino que se clona, continuando su existencia humana del otro lado del cristal del acuario pero con el deseo enjuagado, con el espíritu funcionando en piloto automático:

«Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez más de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de un axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio(…)

 Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. (…) El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, (…) enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.»

En el tercer subtítulo de la publicación –tema que toma su lugar en el texto en relación a algunas menciones realizadas sobre el control poblacional (que facilitó el control sanitario de la pandemia) a través del Big Data y la geolocalización en China–  Preciado plantea la relación entre un tema ya trabajado por él (la Mansión Playboy) y la soledad multitudinaria e hiperconectada de nuestras vidas en cuarentena. Titula al fragmento “La prisión blanda: bienvenido a la telerrepública de tu casa” y habla sobre la vida de Hugh Hefner, precisamente el director de aquella revista, y su particular forma de vida:

“Cuando hice mi investigación sobre Playboy me llamó la atención el hecho de que Hugh Hefner, uno de los hombres más ricos del mundo, hubiera pasado casi 40 años sin salir de la Mansión, vestido únicamente con pijama, batín y pantuflas, bebiendo coca-cola y comiendo Butterfingers y que hubiera podido dirigir y producir la revista más importante de Estados Unidos sin moverse de su casa o incluso, de su cama. (…)

 La revolución biopolítica silenciosa que Playboy lideró suponía, más allá la transformación de la pornografía heterosexual en cultura de masas, la puesta en cuestión de la división que había fundado la sociedad industrial del siglo XIX: la separación de las esferas de la producción y de la reproducción, la diferencia entre la fábrica y el hogar y con ella la distinción patriarcal entre masculinidad y feminidad. Playboy acató esta diferencia proponiendo la creación de un nuevo enclave de vida: el apartamento de soltero totalmente conectado a las nuevas tecnologías de comunicación del que el nuevo productor semiótico no necesita salir ni para trabajar ni para practicar sexo —actividades que, además, se habían vuelto indistinguibles—. Su cama giratoria era al mismo tiempo su mesa de trabajo, una oficina de dirección, un escenario fotográfico y un lugar de cita sexual, además de un plató de televisión(…).

El vector de innovación social que Playboy puso en marcha era la erosión (por no decir la destrucción) de la distancia entre trabajo y ocio, entre producción y sexo. La vida del playboy, constantemente filmada y difundida a través de los medios de comunicación de la revista y de la televisión, era totalmente pública, aunque el playboy no saliera de su casa o incluso de su cama.”

Preciado instituye entonces a Hefner en el lugar de una existencia/cuerpo tan estática y sedentaria que de tanta quietud – como la quietud atenta del observador en el acuario que deriva en su clonación axolotezca-  se deshizo y se hizo en una metáfora disolutoria de las dicotomías que relacionan al cuerpo, al individuo y a su singularidad con el afuera, la naturaleza y la realidad.

En el razonamiento que Preciado plantea, el sujeto corporal se vuelve secundario debido a que su identidad ha devenido artificial, pero ese devenir es precisamente eso, un devenir, es decir un cambio que no es abrupto y se sucede de manera casi inercial. Y esa falta de aspereza en la modificación se debe a una existencia artificial y ficcional ya harto transitada por lo humano pero de manera mucho más invisible y naturalizada, en que un batallón de narrativas (lo artificial en cuanto cultura, jerarquías, construcciones de sentido omniscientes) pasan todo el tiempo por real y por concreto. Hefner sería aquí tan solo una materialización de esto, una profundización del artificio y de la des-presencia física que genera lo virtual, y es desde allí que todo el entramado ficticio que atraviesa a una identidad se presenta, de repente, con total evidencia -como quien sin saber que pasó se ve a sí mismo dentro de un acuario, encarnando un cuerpo anfibio-. Y por eso llama la atención, porque en la diferencia entre nuestros cimientos ficcionales cotidianos y la existencia en forma de pantallas de Hefner hay probablemente sólo una cuestión de grado.

Es válido destacar que los axolotl, desde los ojos del observador/narrador, es decir en su existencia en cuanto concepto o representación, no dormían: “Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad (….) Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente.”

En la misma línea, y planteando una nueva capa en la intensificación del devenir artificial de Hefner, Preciado agrega:

“El biógrafo de Hefner nos recuerda que este aislamiento productivo necesitaba un soporte químico: Hefner era un gran consumidor de Dexedrina, una anfetamina que eliminaba el cansancio y el sueño. Así que paradójicamente, el hombre que no salía de su cama, no dormía nunca. La cama como nuevo centro de operaciones multimedia era una celda farmacopornográfica: sólo podría funcionar con la píldora anticonceptiva, drogas que mantuvieran el nivel productivo en alza y un constante flujo de códigos semióticos que se habían convertido en el único y verdadero alimento que nutría al playboy.”

La droga como sustancia química y tecnológica, como nuevo elemento de artificialidad. Cada vez más factores se inscriben en los cuerpos, que acaban por vaciarse y constituirse en lugares, en superficies donde diferentes cosas confluyen para salir de allí canalizadas de otra manera hacia el mundo principal, que no es el de los cuerpos sino otro desconcretizado y omnipresente en el que se comunican, armonizan y desarmonizan múltiples imágenes, conexiones, identidades virtuales (que tienen como componente secundario, como backup en el sótano, a una singularidad corporal) y toda clase de lenguajes.

Experimentamos en la reclusión de la cuarentena el simulacro de una distopía en piyamas: “Cuando el escritor Tom Wolfe visitó a Hefner dijo que este vivía en una prisión tan blanda como el corazón de una alcachofa.(…) nuestras máquinas portátiles de telecomunicación son nuestros nuevos carceleros y nuestros interiores domésticos se han convertido en la prisión blanda y ultraconectada del futuro”. Transitamos el simulacro de un “ser humano software” que simplemente alimenta el lugar donde las cosas suceden, que es la humanidad virtual. Una importancia secundaria del cuerpo, del entorno y de lo natural. Es la muerte de alguna concepción de la naturaleza como deslumbramiento, como inmensidad, como amplitud. El nuevo universo está en cualquier pantalla aún del encierro más opaco, un extrañísimo lente megalómano hacia el mundo. Y este simulacro acaso podría anunciar que a ese olvido de la naturaleza le siguiese un olvido del cuerpo ya fútil, en un destino de sujetos-soporte de la humanidad virtual: esa dinámica condensada de sentido, de experiencias estéticas y experiencias de lenguaje, de progresos y retrocesos, como futuro único lugar donde una narrativa de la identidad humana fuera posible.

«Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl.»

Con el devenir de Hefner se profetizaría –o en todo caso se juega con la idea- la imagen de los cuerpos humanos siendo secundarios de dinámicas que ellos mismos crearon, pero no por la clásica figura de una robotización que cobra independencias que escapan al control humano, sino de una manera más confusa en que las dicotomías de lo real y lo virtual que empleamos a la hora de narrarnos a nosotros mismos estallan para siempre. Como aquellos bibliotecarios de las películas de época, que llevan una vida ermitaña entre libros y anaqueles, constituyéndose en una suerte de índice humano y a los que desde afuera –donde todo sucede, la vida, la muerte, la guerra y la paz- se acude esporádicamente a por un poco de textualidad, de contenido, de lenguaje y de construcciones de sentido. Una dinámica de los acontecimientos descorporeizada, desplegándose y replegándose en lo virtual, y una humanidad de cuerpos medio inmóviles y enraizados que son mero alimento de lo que allí sucede, grandes generadores de contenido semántico, donde lo virtual se asienta y fluye desde ellos pero también para ellos. El acuario del confinamiento es un extraño simulacro de la hefnerización de la vida, que acaso anuncia un día en que al abrir los ojos veremos al mundo digital, mirándonos, desde el otro lado del cristal.

 

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