Punk: el arte de ser decadente

por Patricio Pérez (@sandiaconqueso)

No sé por qué razón me habrá parecido buena idea pedirle consejo al pedagogo de mi colegio (católico, parroquial, de buen estatus) acerca de algún tema existencial sin importancia… acompañado por un amigo punk.
Éramos los únicos dos supuestos punks del colegio. No hacíamos mucho daño a nadie y cuando pasó nuestra etapa de mayor rebeldía (que no sé bien en qué consistió), incluso nos sacábamos buenas notas y teníamos buena relación con algunos profesores.3b

Así fue como terminamos hablando con el pedagogo de mi colegio, un chaqueño grandote al que le decíamos Superman porque su pecho era el doble de ancho que su cintura, y tenía una respetable barbilla de superhéroe. Sonreía siempre, aunque te tirara un palo como sugiriéndote que te estaba yendo mal en Química porque seguías enamorado de tu vieja, una triquiñuela psicoanalítica que aprendió en la universidad privada. En esa ocasión, su diagnóstico frente al par de imberbes que tenía delante fue: “está científicamente comprobado que la distorsión de las guitarras conduce a la violencia“.

Así fue como el pedagogo de mi colegio descubrió la solución a todos los problemas de la humanidad, desde las Cruzadas hasta Agustín Orión. La distorsión en las guitarras. ¡Qué pedazo de teoría! La (des)Carrió es un poroto de lucidez al lado del quía. Eso sí. Sin saber si creerle o no, nos miramos con mi amigo y festejamos igual. En ese momento todo cerraba deliciosamente: la distorsión, cagarse a piñas, el chivo, el pogo, Ozzy Osbourne, Bruja, sacrificar cabritos, el anarquismo, Valentín Alsina, el boxeo, los pelos pintados de rosado, masturbarse re fumado, GG Allin y todas las demás excentricidades que nos apasionaban. 2b La rebeldía en ese entonces no era igual a la de hoy. Y no lo digo porque los tiempos hayan cambiado, sino porque nosotros cambiamos. Como decía un amigo: “a los quince son todos incendiarios… de grandes se hacen bomberos“. Hoy me río del antisistema mientras voy con mi boletita y voto en las PASO, porque caí en la cuenta de que vivo en un país de bienpensantes que jamás se pondrían a autogestionarse nada, y eso mismo es el sistema. Las pocas ganas que tiene el ciudadano promedio de plantar su propia huerta y ser un buen tipo es lo que permite que existan los supermercados y los confesionarios.

Ahora bien. Más allá de sus revueltas más o menos delirantes, la rebeldía (o el punk, si querés) tiene su costado estético. Allí entra la distorsión, y todo eso que dije. Es un costado estético que se sigue explorando, explotando, exprimiendo, y, por qué no, excretando. A mi yo adolescente, que muy profundo dentro de mí vive y al que a veces le dejo tomar decisiones, le sigue seduciendo un poco la posibilidad de una salida violenta, más allá de que sus ídolos estén cantando para el Papa o sacando su propia línea de tarjetas de crédito.

En este sentido, jamás me pareció un misterio que el punk esté tan asociado a la idea de nihilismo, de la misma forma que está asociado a la idea de anarquismo, que me parece todo lo contrario. El punk adolescente, por ser adolescente, no está obligado a tener coherencia: podrá no proponer, pero tiene que destruir. Porque sospecha que todo lo perdurable está destinado a pudrirse.  hay-punk-london

Quizás esa morbosa curiosidad mezclada con una dulce nostalgia de años mejores fue lo que me motivó a ir a ver el ciclo de cine punk que organizó un compatriota mío, el Edu (aunque en Corrientes no diríamos “el” Edu), en la azotea de un hermoso bar lleno de vejestorios. Era la segunda peli del ciclo, después de un puntilloso documental de la historia del punk que se llevó muchos aplausos de una numerosa audiencia que al final de la peli ya estaba medio escabio.

En la segunda peli, por el contrario, eramos doce monos boquiabiertos.

Lo que se estaba proyectando era Ex-Drummer, esa peli belga de Koen Mortier que, aparentemente, ha sido denominada la “Trainspotting del nuevo siglo“. Para mí, el título se queda medio rengo. No es la Trainspotting del nuevo siglo: es Trainspotting con tres vueltas de rosca. Una verga gigante arriba de una mesa, y momentos de sorpresiva lírica mezclados con belgas pobres y borrachos puteándose con todos los matices que ofrece el idioma flamenco. Si Trainspotting es la historia de qué tan bajo puede caer alguien para darse cuenta de cuándo hay que subir, Ex-Drummer es la historia de los que definitivamente no tienen remedio. ex-drummer1

Y eso es lo más punk de la película, a mi entender. Ex-Drummer no deja espacio para la reformación que aparentemente tanto gusta a los británicos (véase también La Naranja Mecánica, otra peli de culto para los de mi generación, o 1984). Ex-Drummer es un callejón sin salida. Los enfermos son enfermos, los golpeadores son golpeadores, y los psicópatas son psicópatas de vocación. Obviamente, no hay escenario posible donde terminen todos abrazados. Pero lo perverso de la situación es el humor con el que se lo toma. La presentación de la película lo dice todo: tres discapacitados que quieren formar una banda reclutan a un escritor bloqueado que no sabe tocar la batería, y la llaman “The Feminists” porque, según ellos, una banda de discapacitados es tan inútil como un puñado de feministas. El hecho de que participen en un concurso de bandas, compitiendo con una cuyo líder posee (y exhibe repetidamente) una pija de medio metro, no hace más que proyectar la locura de estos cuatro personajes en una escena donde están todos igual de locos.

Si la vocación del punk es provocar, no hay otra: provocación, tras provocación, tras provocación, el artista va descubriendo cuáles son los límites. Al final, todo se desdibuja: todo se vuelve una marejada de violencia, sangre y sexo que no termina en nada, ni siquiera en un nirvana. Reductio ad absurdum, lo llamaban los latinos, algunos de ellos bastante punk, por qué no. ¿Se imaginan a Sid Vicious cagándose a bifes con un león en un coliseo? Yo sí, y pagaría en especias por verlo. f7tOtxT

¿Para qué escribo esto, entonces? En parte, para decirles que no vean la película. Es demasiado interesante. Casi que más que lo tolerable. A lo Pink Flamingos, tiene escenas que te hacen decir: “listo, hasta acá llegué”, y te hacen volver a tu casa con ganas de envolverte en una frazada a mirar Friends.

Pero también porque, a su manera, me pareció un peliculón. En la generación post-American Idiot, el desafío era discernir entre lo que es el “buen punk” y el “punk comercial”, discusión que por ahí puede parecer medio pelotuda pero que en su momento fue un tema realmente candente. Sobre todo, para los que vimos al punk como el primer gran acercamiento a una cultura, a una forma de hacer las cosas. Forma que, además, descubrimos que era acertada cuando vimos que a nuestros padres no les gustaba. Si en un principio apostábamos por la rebelión, queríamos estar seguros de no basarla en algo trucho, mercantilizado. tumblr_nsm9vyck0w1thr9cbo1_500

Porque ahí estaba el problema. En el fondo, nos preocupaba que esa cultura de la provocación se haya vuelto demasiado digerible. En pocas palabras, hoy cualquier boludo se tiñe el pelo.

Ex-Drummer es solo una de las aristas de lo inevitable: llevar al punk a buscar extremos todavía más morbosos para asustar a quienes ven en “la cultura punk” su zona de confort. Es una búsqueda puramente artística, comparable tanto a John Waters como a Rabelais como a Dan Johnston.

Que de ahí a que el arte sea esa eterna espiral descendiente a algo oscuro en nuestra propia naturaleza, no sé.

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Ni me preocupa, la verdad. Que otros se encarguen de eso. Siempre nos quedará la opción de parecernos a nuestros padres: reflotar en el mar de lo suave, de lo tranquilo, de lo luminoso. A Dios gracias, siempre nos quedará Liniers.

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