Quiero escucharte hablar: un elogio de la voz

[Voz. Escuchar. Residente. La vida. Bizarrap Music Sessions. Khea. Caja Negra. Julio Leiva. Katia Mandoki. Unabomber. Manhunt, Don Draper. Mercedes Sosa]

“A veces pienso que simplemente estoy tratando de castigar a esas personas porque tienen lo que yo realmente quiero: un hogar, una familia, la capacidad de ser normales. Tengo cincuenta y tres años y soy virgen. Y me doy cuenta recién ahora de que el tiempo que he empleado en toda esta destrucción es el tiempo que podría haber pasado formando una familia, teniendo un hijo, alguien que me cuide, alguien a quien pueda, simplemente, amar. Di todo por respeto. Pero lo que realmente quiero es…”
—Unabomber

“La muerte nunca nos venció
Porque todo lo que muere
Es por que alguna vez nació”
—René Pérez Joglar

por Tomás Garzón (@tomashlgarzon)

La Vida, de Residente, es un hermoso elogio del ser humano. Yuxtapone la simpleza de lo cotidiano con la maravilla insondable del universo. Habla de ese pulso vital que nos hace latir el corazón como motor de una comprensión de la realidad que está en el modo en que encarnamos lo que nos pasa. Observamos el mundo desde niños y aprendemos a comprender y pareciera que, en ese acto, le damos significado a la vida. Y cuando se hace énfasis en eso, la manifestación humana adquiere especial importancia porque es ella, finalmente, lo único que nos da garantías acerca de qué es el mundo, lo único que nos sirve para aferrarnos a esta aventura desconocida que se llama vida y que a veces duele mucho. Esto sirve a modo de apreciación de esas voces impresas en las cosas que vivimos cotidianamente, que nos atraviesan, que construyen los modos de ser y de hacer, las que les dan significado a nuestras victorias y honor a nuestras derrotas. Las que nos interpelan y nos hacen llorar. Pareciera que guardan una belleza, nos trasladan a un goce, nos estimulan de tal modo que le dan sentido a nuestros actos. Son, en ellas mismas, la fortaleza del universo.

A modo de introducción intempestiva

Cuando Bizarrap larga la session de Khea hay un quiebre, porque hasta ese momento las sesiones tenían un formato muy específico: aun habiendo variado significativamente en términos económicos y productivos, artísticamente hablando la secuencia no cambiaba mucho. Bizarrap Music Sessions tiene dos objetos simbólicos que sirven a modo de baluarte identitario: por un lado, el hecho de representar lo casero, lo artesanal, encarnado en su habitación, desde la cual inventó todo lo que inventó y llegó hasta donde llegó (recomiendo en este respecto la entrevista que le hace Julio Leiva para Caja Negra) y por otro esa necesidad cuasi frenética, de él y del movimiento argentino por excelencia, de apoyar a otros artistas que, en Argentina, quizá no tienen la misma espalda industrial que algunos monstruos y cuyo talento es evidente. Y en torno a estas dos imágenes finalmente otras personalidades lograron apuntalar su éxito: Trueno y Nicky Nicole son los ejemplos más resonantes. Las sessions musicalmente son muy simples, y aún con todo el profesionalismo que Bizarrap les imprimía, lo cierto es que la session superaba el freestyle y funcionaba como una canción, aunque claramente no era una canción. Ahora bien, con Khea el esquema se rompió: Khea es un artista consagrado en el mercado nacional y de amplia experiencia comercial. He aquí que la session de Khea da cuenta de una nueva impronta, en donde el productor se desprende de esa llaneza que lo caracterizaba. Incluso visualmente se arriesga un poco más, sumando efectos visuales más complejos y de los cuales no había más antecedentes en su canal que el video de una canción con la que abrió el año, en conjunto con el Peke77 y producido íntegramente por Anestesia Audiovisual, productora externa.

Y entonces pienso, amén de todo gusto personal, es muy curioso como un pibe argentino que estudia y que labura desplegó semejante sofisticación desde la comodidad de su habitación. Claro que el análisis hace una reducción cuasi absurda, pero nosotros, jóvenes estudiantes, no paramos de romantizar ese ideal productivo en el cual todos los mecanismos funcionan para darle a uno la posibilidad de desarrollarse profesionalmente. Y ahora porque no podemos, pero en los boliches sonó y sonará la música de estos pequeños ciudadanos, contemporáneos a nosotros, y bailaremos y nos vamos a cagar de risa y seremos pura transpiración y volveremos a nuestra casa extasiados. Y quizá es una boludez, pero hay algo en esa ordinariez que nos interpela y nos conmueve, aún más en estos tiempos de reclusión, que tiene que ver con la estética de lo propio, de lo común, de lo colectivo.

Callan las columnas del cielo/cuando llegue mi hora final

La que habla de eso y a quien voy a usar así como quien no quiere la cosa, es Katia Mandoki, académica mexicana que desarrolla (y continúa estudiando) lo que ella llama prosaica y define, simplemente, como la estética de lo cotidiano. Lo interesante de su propuesta es como desarraiga al estudio estético del ámbito específico de la obra de arte que, pareciera, se clausura sobre sí mismo. Es posible hacer un estudio de la belleza que exceda esos espacios restrictivos en los cuales la apreciación estética está supeditada al dominio de ciertos saberes exclusivos que, inherentemente, constituyen un privilegio. Aquel que está capacitado para apreciar la belleza no es, de ninguna manera, el ser humano común, cuyas preocupaciones son otras. La propuesta de Mandoki viene a desterrar ese concepto elitista del juicio estético para liberarlo en el enjambre miserable de lo popular y asegurar que, aún en la ordinariez, uno determina sus elecciones en torno a observaciones que nos dan satisfacción. Allí hay algo muy valioso: nuestras observaciones nos sirven a modo de motivación de un goce personal que se convierte en nuestra búsqueda identitaria. Aquello que nos interpela nos constituye porque, en ese sentimiento, le damos significado a lo que vivimos.

La primera vez que leí sobre Aristóteles me emocioné porque entendí algo así, y en realidad era una oración en un manual de ciudadanía y política que seguramente fallaba por muchos lugares, pero que era muy contundente en una cosa: el hombre es un Zoom Politikón, esto es, un animal político. Y entonces pienso, yo fallo por muchos lugares. Mis lecturas nunca alcanzan un grado de contundencia que sea realmente interesante. Y sin embargo, lo que digo es valioso: para mí por un lado, como manifestación política, y como elogio de la voz. Porque a veces hace falta decir cosas que pasan por necesarias pero poco enternecedoras; no nos detenemos a apreciar su singularidad, quizá porque están ahí, todo el tiempo.

Nacimos sin saber hablar, pero vamos a morir diciendo

Hace poco terminé Manhunt: Unabomber y el capítulo seis es una carta de este tipo, terrorista, a su hermano. Hay una escena en la que confronta lo que él es, con el mundo, con la vida común, incitando a algo así como una apreciación de lo humano en la que las pequeñas victorias sociales son en realidad muy valiosas. No solo eso: el ritmo implicado en el asunto, cómo se fotografían las cosas y cómo el montaje alumbra sus cavilaciones, es muy interesante. Voy a transcribir el fragmento de la carta para abrir el ensayo. O la trama de Mad Men, que es una oda a la decadencia del capitalismo y a la nostalgia de lo propio, que pareciera que está escondido pero que es, en sí mismo, el capitalismo. Y las lágrimas de Donald Draper cuando dice tomé el nombre de un hombre y no he hecho nada con él. O las víctimas de la última dictadura cívico militar, prestando juramento y dando testimonio en frente a sus represores. La fiereza de lo nuestro, que es folclórico antes de que podamos saberlo, porque está encarnada en el modo en que observamos, en que procesamos la información, y me hace llorar cuando escucho a Mercedes Sosa cantando Piedra y Camino o a Jorge Julio López dando testimonio. Hay una música ahí, uno a veces no la entiende bien, pero suena, y suena como nunca nada sonó nunca.

La vida es ese significado, esa sensación, esa búsqueda de goce. La muerte nunca nos venció, porque todo lo que muere es porque alguna vez nació. Hay algo que trasciende nuestra limitación y es la singularidad de nuestras manifestaciones, su significado. La vida es lo que es por lo que dicen las voces, por lo que dijimos nosotros, por lo que dejamos en el mundo. En su templanza o en su delicadeza, salen de nuestra garganta. Eso, lindo, feo, nuevo, viejo, es nuestro y es lo que somos. Como dice Gata Cattana: vamos a dejar a un dios que esté a la altura de nuestra grandeza.

Escribir esto sirve, si sirve de algo, para ofrecer un leitimotiv, una excusa para empezar una charla que tengamos aunque no podamos juntarnos, a maravillarse y a maravillarnos y a emborracharnos y a cagarnos de risa y a volver a pensarnos juntos, como si estar juntos fuese estar inmersos en una catarata de voces que nos atraviesan y nos sonríen y nos dicen acá estás, sos vos, hablame. Porque no hay nada más lindo que decirle a otra persona quiero escucharte hablar.


Mandoki se puede leer en Mandoki, Katia (2008). Estética cotidiana y juegos de la cultura: Prosaica uno. Siglo XXI Editores.

 

 

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