Reactancia: cómo frenamos el progreso social

[Reactancia. Progreso. Sociedad. Conflicto cultural. Conflicto social. Jack Brehm. Progre. Facho. Ideología. Ecocamaras. Gramsci]

por Eliseo Llobet (@eliseollobet)

Cuando se habla de progreso social, hablamos del cambio sistemático de una sociedad hacia lo que podría considerarse su ideal. Modificaciones políticas, sociales y económicas que mejoran el modo de vida de los ciudadanos y transforman un colectivo en aquél que ellos quieren que sea.

Voy a ser obvio: todos compartimos la visión de una sociedad ideal que sea tolerante, políticamente responsable y económicamente justa; y obviamente, cada uno tiene una idea distinta de en qué constituye esta sociedad ideal. Para construirla, las personas se asocian de acuerdo a intereses compartidos, y se contraponen a aquellos que difieren.

Lo que acabamos de formar es un conflicto cultural, es decir, un enfrentamiento entre dos (o más) grupos con distintos sistemas de valores (no conflicto social, eso se trata más de una lucha entre dos sectores por el poder, mientras que a lo que nos referimos es más bien la imposición de nuevas valoraciones). Eso está bien, está bueno. El conflicto es, depende del autor al que le preguntes, un paso anterior al cambio social, causa o consecuencia de, o un desarrollo en paralelo. Sea como sea, es una parte integral del cambio, así que, para que haya progreso, tiene que haber conflicto.

En la Argentina de 2019, el clima cultural es bastante inestable: movilizaciones feministas vuelven a intentar que la despenalización del aborto pase por el Congreso, y las elecciones presidenciales son la nueva razón de los insultos del día a día. Existen choques ideológicos. Y, con ellos, vamos a ser testigos de algún cambio radical.

Entonces, todo choque ideológico es beneficioso de alguna forma. Sin embargo, quiero proponer que, en realidad, no colaboramos con el progreso social y lo entorpecemos. ¿Por qué?

Por la reactancia.

La reactancia es un fenómeno psicológico que fue propuesto, por primera vez, en 1966 por Jack Brehm. Lo describió como un “estado motivacional generado por la percepción de la eliminación, o amenaza de eliminación, hacia nuestras conductas libres”  y que, generalmente, tiene como resultado el aumento de atractivo de esa conducta.

Mi propuesta es, entonces, que al participar del choque con una persona de una ideología cultural opuesta a la nuestra, en lugar de progresar con el cambio que queremos, sólo reforzamos a la otra persona.

Para entender de qué hablo, primero tenemos que analizar el concepto de Brehm por partes: cuando habla de “conductas libres” se refiere a “… una serie de conductas en las que cualquiera podría participar en el momento dado o en cualquier momento en el futuro”. En sí, cualquier cosa que la persona sea capaz de hacer y que decida de forma libre y activa. En esta definición, el psicólogo incluye posiciones políticas y reacciones emocionales.

Estás conductas libres pueden ser eliminadas (se limita de forma total el acceso a ellas) o amenazadas (se las obstaculiza parcialmente o se dificulta su realización). Y si hablamos de decisiones ideológicas, estas obstrucciones incluyen, por supuesto, cualquier ataque hacia nuestra posición por el motivo que sea (pensemos, como cuando se popularizó el “progre estúpido” o el siempre presente “facho”).

La reactancia aparece, entonces, como un estado motivacional: ante un estímulo prohibitivo, energiza a la persona y direcciona el comportamiento hacia algo. Para Brehm, esta motivación es la de recuperar la libertad perdida específicamente, no la de obtener nuevas. Nos “encaprichamos” con lo que sentimos nos intentan arrebatar, y lo defendemos con más fuerza.

Newtonismo social

La tercera ley de la física de Newton dice que “a toda acción le corresponde siempre una reacción igual y opuesta”. Normalmente, estaría totalmente en contra de comparar un fenómeno social con algo tan fijo como las ciencias naturales, pero es un paralelo que se puede aplicar.

Lo que digo es que una aproximación agresiva hacia una persona respecto a su posición logra una oposición con la misma fuerza. Una discusión política respecto a cualquier tema, si es aproximada desde la violencia y la imposición a la fuerza de ideales no genera más que rechazo tanto a esos nuevos valores como a quien los predica.

Ante la confrontación con alguien que está parado del otro lado, todo lo que hacemos es lograr que se atrinchere en su idea original. No cambiamos ideas, sino que propagamos el enfrentamiento de ecocámaras.

Benjamin Rosemberg y Jason Siegel, en un artículo para la American Psychological Asociation decían que la reactancia tiene una multitud de resultados subjetivos posibles para el que la experimenta, pero que algunas constantes son, además del mayor atractivo hacia la conducta libre que se amenaza, la hostilidad, la desacreditación, la negación o la humillación hacia la fuente amenazadora. Entonces, la confrontación lleva al insulto, el insulto al desprecio del otro, y entramos en un loop.

Acá aparece la perpetuación del conflicto por el conflicto mismo. Y puede parecer poco importante, porque las decisiones políticas y, por ende, sociales, no dependen de estos grupos de personas, ¿no? Para nada.

Gramscismo, pero leve

Vamos a empezar siguiendo la teoría de Gramsci de que el poder hegemónico quiere mantener su posición dominante, y que, para hacerlo, busca el acuerdo con los ciudadanos.

Bajo esta perspectiva, una demanda generalizada hecha por el pueblo a la organización estatal puede tener un efecto coercitivo sobre sus representantes que, en lo teórico, buscarán satisfacer los deseos de la clase dominada para evitar un conflicto que le cueste su posición de hegemonía. Entendemos entonces que el cambio social puede lograrse por presión ciudadana.

Este poder dominante cuenta con su propio grupo de apoyo dentro de las masas (después de todo, no se puede tener hegemonía sin acuerdo con los ciudadanos). Estos se adhieren a la élite por voluntad propia, sea por convicción o por influencia de lo que Gramsci llama los “intelectuales” que son, básicamente, quienes influencian a la masa para adoptar una u otra posición -y no son exclusivos del poder, la contrahegemonía tiene los suyos-. Tenemos, entonces, dos estratos sociales con intereses diferentes y antagónicos. Ergo, nuestro conflicto cultural.

 “Este es tu cerebro si fumas marihuana”

El conflicto es integral al cambio. Lo sabemos. Pero es contradictorio entonces decir que el enfrentamiento lo perpetúa, ¿no? No del todo.

Y acá quiero proponer que el error en realidad está en la aproximación que tomamos al conflicto. Es importante reconocer que la forma misma que tiene nuestra comunicación con los otros es lo que determina, a fin de cuentas, si nuestro mensaje tiene efecto o no.

Un componente fundamental de la comunicación que genera reactancia es el lenguaje. Si un mensaje está cargado de una intensión imperativa, es muy probable que sea rechazado. Teniendo en cuenta todo lo dicho hasta ahora, decir que algo que “no podés hacer esto” provoca una reacción contraria parece redundante, pero Rosemberg y Siegel decían que palabras que a simple vista podrían ser más suaves tenían también una cualidad de imposición.

“Deberías”, “lo mejor sería que”, y otros términos que indican un absoluto son igual de imponentes que palabras que pueden parecer menos agresivas. Y más aún si es para contrargumentar la posición ideológica que adoptan.

Algunos quizás hayan visto los viejos videos de Estados Unidos en contra de las drogas, el más famoso era el que mostraba un huevo friéndose y lo usaba como analogía a lo que el consumo de marihuana le hacía a la gente. Esos anuncios siguen siendo objeto de burlas por lo poco eficaces que eran. Hay sociólogos que creen que son otro factor de aumento de consumo en los jóvenes.

Las amenazas a las conductas libres de Brehm no tienen que ser explícitas -ni verdaderas amenazas, venido sea el caso- para despertar una reacción: todo depende de la percepción del receptor.

Es fundamental entonces qué características tiene el emisor. Cuando se trata de una institución estatal o cualquier parte de la estructura del gobierno, se genera mucha más resistencia al mensaje que si el mismo venía de un ciudadano corriente (¿se acuerdan de los intelectuales de Gramsci?).

Otra característica era la intención persuasiva del emisor. Si el receptor percibía un intento de redireccionar su pensamiento (sea explícito o no) automáticamente entraba en un modo de bloqueo de cualquier intento de acceder a él. Y, aunque hablamos puramente de instituciones o individuos, también podemos agrupar acá a grupos no institucionalizados y sin normativa (digamos, por ejemplo, los votantes de un partido político vs. una sola persona de otro).

En estos casos, nos convertimos en fuerzas de presión social, y eso no hace más que disparar la reactancia como un mecanismo de defensa de uno mismo (nadie quiere ser el malo del cuento, y tenemos la tendencia a protegernos si eso nos sugieren).

La reactancia es un resultado inevitable de la interacción cara a cara con un contrario ideológico, pero, a menos que seas una entidad oficial de algún partido, existen formas en la que podemos asegurarnos de reducirla lo suficiente como para que lo que queremos decir al menos llegue al otro.

“¡Hay bebes que están siendo asesinados!”

Louis C.K. -y apliquemos la muerte del autor acá para sólo concentrarnos en el mensaje- tiene un chiste sobre el conflicto del aborto. Cuenta a la audiencia (hablando de aquellos que están en contra del aborto): “La gente odia a los anti-abortistas. Piensan que son todos escandalosos y horribles” Hace una pausa para dejar que los espectadores formen su imagen mental del tema. “¡Creen que hay bebés siendo asesinados!” Remata, poniendo en primer plano el error humano de suponer que el resto es ignorante y actúa de mala fe.

En ese chiste hace uso de una herramienta de reducción de reactancia: la empatía.

Para Rosemberg y Siegel, lograr poner al otro en el lugar no solo emocional sino también racional (no solo explicando nuestros argumentos, sino tratando de que con quien tratamos siga el mismo proceso lógico que nosotros) tiene el efecto de reducir la reactancia y, por lo tanto, que nuestro mensaje sea más persuasivo. Manuel Martín-Fernández, David Santos y Blanca Requero, de la Universidad de Madrid, apoyan esto y dicen que una persona adopta una idea que se le presenta con más facilidad si es que debe recopilar ella misma información y formar argumentos a favor, en un experimento en el que los participantes debían convencer a sus pares acerca de un tema (aquellos que debían ser convencidos mostraban menos aceptación que aquél que debía exponer).

Por último, hay que hablar de la cualidad más interesante de la reactancia: puede despertar de forma vicaria. Según Rosemberg y Siegel, no hacía falta que la amenaza fuese dirigida a una persona para que esta despertara reactancia; con el hecho de sugerirla mediante otra limitación relacionada, o al prohibirlo para una persona aparte, se despertaba y generaba el enojo motivante que quería recuperarla.

Y acá aparece el aspecto que quizás sea el más importante para entender: la similitud con el emisor hace que aceptemos su mensaje con más facilidad.

Paul Silvia, de la Universidad de Carolina del Norte, descubrió mediante experimentos que aquellos participantes que sentían coincidir con el comunicador, desarrollaban agrado por él, y por eso aceptaban más sus discursos, aun cuando fuesen imperativos y limitantes. Lo contrario pasaba cuando no tenían información del mismo o no había similitud.

Es obvio que una opinión de alguien querido es aceptada con mayor facilidad, pero lo que quiero resaltar es que actúa como un refuerzo de la posición propia. Es un aseguramiento de que lo decidido es lo que está bien, y provoca una reacción adversa a lo que nos diga que no es así. Es ecocamarismo en su esencia más básica, y al final, no hace más que encerrarnos en nuestra burbuja de opiniones repetidas.

Otra de las alternativas que Roseberg y Siegel presentan es dar un discurso con un lenguaje que le recuerde al receptor que se respetaba su capacidad de decisión le daba al mensaje, paradójicamente, una capacidad de penetración más fuerte.

Brehm entendía que un mensaje autoritario, sumado a una actitud agresiva (i.e., salir a imponerte como fuente de la razón absoluta), en el mejor de los casos solo tenía un efecto de refuerzo, y en el peor, tenía un efecto boomerang y terminaba empujando a alguien de una mentalidad más “neutra” hacia el lado opuesto.

Quiero proponer, entonces, que el error está en chocar con alguien, decirle que está mal o que es moralmente deficiente. Toda persona toma decisiones en base a un proceso lógico subjetivo, y la posición política que se toma respecto a algún tema viene condicionada por un sistema moral interiorizado. Nadie toma decisiones para perjudicar a otros (sí, ya sé, hay gente que sí, pero es la minoría, o caso contrario estaríamos todos muertos). Actuar como si así fuera sólo nos crea enemigos.

La solución puede parecer insultantemente reduccionista, pero planto mi bandera y la defiendo a muerte: no hay ninguna otra forma de llegar a un verdadero acuerdo sino mediante el debate abierto y tolerante.

Todos contra todos

Hace unos meses me crucé con una publicación hecha en Facebook por un amigo que convocaba a la Marcha del Día de la Memoria, y me sorprendió muchísimo que, aunque estaba ideológicamente de acuerdo en lo que decía, me hizo enojar bastante. “Ya no hay puntos medios. O te unís a nosotros que somos la luz, o sos parte de la oscuridad”. Los que ya estaban de su lado lo iban a celebrar y compartir, pero, ¿era ese el objetivo? Estamos hablando de rechazo a asesinos en masa. ¿No queremos seguir sumando gente a nuestro movimiento? Porque lo que hiciste acá fue todo lo contrario: te quedaste con los de siempre y a los que no estaban los mantuviste lejos. En el peor de los casos, hiciste que se sumen al otro grupo.

El progreso social no viene de la mano de cambios de gobierno, nuevos proyectos y sanciones de ley y una cultura social impuesta. Viene de la modificación progresiva de mentalidades intolerantes y violentas.

Ya sé, a nadie le gusta tener que hablar con alguien que se caracteriza por un odio irracional a x grupo. Pero cuando atacás a una de estas personas, se siente arrinconada, y como cualquier animal, muerde. Peor todavía, se martiriza en esa “persecución” a la que lo sometiste.

Necesitamos cambiar nuestra aproximación. Necesitamos ser más pragmáticos. No somos “seres de luz y tolerancia vs. la oscuridad”. Cuando nos comemos ese viaje, le damos más armas al otro para seguir siendo lo que no queremos que sea y para que siga convirtiendo a otros que le den fuerza a su militancia agresiva. Y el progreso social no va a venir nunca con eso.

O a lo mejor sí. Capaz que veo un mundo utópico donde el debate es un arma de cambio efectiva. Capaz que incluso con la charla informada y paciente nunca vamos a convencer a la gente de que no estamos equivocados. No sé. Lo único de lo que sí estoy seguro es que nadie, nunca, cambió de opinión porque le dijeran que era un forro.

Comentarios

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

You may use these HTML tags and attributes:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>