Reflexiones en torno a una clase virtual: la experiencia sin cuerpo

[Cuerpo. Presencialidad. Clase virtual. Olor. Tacto. Covid. Pandemia. Zoom. Fiesta. Gianfranco Bettetini. Tamara Tenenbaum.  Guy Debord. Enric Puig Punyet]

“Yo solo sigo a mi cuerpo,
donde va mi cuerpo voy”
Gabo Ferro

por Jero Maina (@jeromaina)

No estoy en una clase. Estoy en mi departamento, sentado en la mesa de la cocina-comedor, con una computadora en frente, viendo/escuchando una clase en la pantalla. La temperatura está bien, suena el ruido constante del motor descompuesto del aire acondicionado de la vecina y algunos sonidos de construcción lejanos. Veo, además de la pantalla, la cocina de fondo. Entra luz desde el balcón, cada tanto giro y me quedo mirando las (todavía muy pocas) plantas que tengo. En la clase somos las mismas treinta y cinco que personas que nos conectamos día a día, hace ya unos tres meses durante cuatro horas, en el mismo espacio. No nos conocemos, no hablamos demasiado. ¿Dónde están? ¿Cómo es la silla en la que se sientan? ¿Escuchan voces de otras personas? ¿De qué está hecha la barrera que nos separa?

Soy un mosaico, un bit, información

El contacto a través de una pantalla implica, evidentemente, una falta de co-presencialidad con el otro, una distancia física. Las actividades que más fácilmente migraron de lo presencial a lo digital son de carácter intelectual y productivo, en las que esa distancia no tiene un impacto tan notorio como en otras donde reconocemos al cuerpo como un componente nuclear (bancamos mejor una clase o una reunión de trabajo virtual que una fiesta por Zoom). Así, en una reunión en la que hay que discutir un problema o tomar una decisión, en una clase en la que hay que explicar, preguntar, enseñar, aprender, parecería que, con un buen dispositivo y una buena conexión a internet, la experiencia por videollamada reemplaza bastante dignamente a la presencial. Sin embargo, aparece una suerte de frustración, que toma la forma de un “no es lo mismo” . No terminamos de comprender del todo… si podemos transmitir información, comprenderla, practicar, discutir, demostrar, decidir… ¿de dónde proviene la sensación de vacío?

En el traspaso a lo digital, nos encontramos con la ausencia estimular absoluta de tres de los cinco sentidos (recomiendo acá el ensayo El olor de los cuerpos, de Milena Ezenga), más la ausencia parcial de los otros dos (claramente veo y escucho muchas cosas más de las que salen del parlante y la pantalla). Así, la experiencia digital reduce por su materialidad misma la riqueza sensorial de la experiencia física, y, particularmente, las potencialidades de una experiencia compartida con el otro. No estoy en una clase: estoy en un espacio con sonidos, olores y estímulos particulares, donde entre muchas otras cosas hay una computadora que reproduce una representación de alguien dando una clase y de otros alguienes escuchándola al mismo tiempo que yo, cada uno en su propio espacio, con sus propios sonidos, olores.  Se produce un desanclaje en el que lo “compartido” se reduce a un mínimo, que está mediatizado y que se compone de datos: no estoy yo, hay una imagen bidimensional capturada y traducida por una cámara web, el sonido de mi voz capturado y traducido por un micrófono. La comunicación encuentra extremadamente debilitado su potencial kinésico, proxémico y paralingüístico, y se reduce fundamentalmente a un traspaso de datos.

La prótesis simbólica

En La conversación audiovisual, el investigador italiano Gianfranco Bettetini analiza la forma en que se da el contacto entre sujetos en el cine y la televisión. Luego de dejar sentada la ausencia del cuerpo del actor (convertido en un recorte bidimensional, a merced del encuadre, el montaje y la puesta en escena), propone que el espectador transforma su propio cuerpo en “una forma simbólica e inmaterial”, para poder conectarse desde ahí con los personajes en la pantalla. A esta forma el da el nombre de prótesis simbólica, una prótesis “que no sustituye órganos ausentes (…) sino que «finge» el funcionamiento receptivo de órganos presentes y no estimulados y que, por este motivo, vuelve a entrar por derecho en el orden de lo simbólico” . La funcionalidad de esta prótesis es generar entonces una ilusión de co-presencialidad, que el espectador se “traslade” a ese espacio que habitan los personajes en la pantalla.

Si bien este análisis se centra en el cine, podría traspolarse a una videollamada de cualquier orden. No son las personas de carne y hueso las que estamos en contacto, sino las formas simbólicas, inmateriales que creamos, y a partir de las cuales re-creamos el cuerpo (ausente) del otro. Podemos imaginar el espacio, el sonido y hasta la continuidad corporal de la persona a quien vemos en pantalla, pero en realidad nada de eso está ahí. De nuevo, son nuestras mentes, nuestros intelectos, los que entran en contacto desde un lugar abstracto, simbólico y conceptual. La persona, de carne y hueso, solo aparece imaginada, sugerida.

Este mecanismo aplica a toda forma de vincularidad mediatizada, y viene creciendo desde mucho antes de la pandemia (En El fin del amor, por ejemplo, Tamara Tenenbaum hace un análisis muy interesante alrededor de las aplicaciones de citas, donde ahonda en el hecho de que los usuarios producimos un acercamiento a la afectividad y sexualidad propia y del otro desde un lugar completamente vaciado de cuerpo, enteramente conceptual). Ahora, este mecanismo se generaliza a diferentes espacios y actividades, y conquista, en el caso de muchxs, nuestra vida diaria.

Y no es lo mismo.

El desanclaje del sujeto

La separación que se produce entre los sujetos cuando nos vinculamos a través de las tecnologías digitales puede abordarse también desde la idea de sociedad del espectáculo de Guy Debord. El filósofo francés habla (en los ‘60) de una separación entre los sujetos y sus pares, sus trabajos y sus medios de subsistencia; esta separación se cristaliza en el espectáculo, una forma de habitar el mundo no desde la experiencia sino desde su representación. Recomiendo dos ensayos de Julián del Vecchio publicados en Nadie es Cool, en los que hace un análisis muy lúcido explayándose en las relaciones entre la sociedad del espectáculo y el momento histórico presente: Introducción a las dudas generales que nos surgen en el medio de una pandemia y ¿Existe la posibilidad de vivir una experiencia?

Ya hace varios años que la representación pasó a un primer plano en nuestras vidas, empezando a ser no solo consumidores sino productores constantes de imágenes y mensajes, a partir de los cuales construimos una cierta identidad virtual y nos relacionamos (discusión aparte de lo que relacionarse implique) con los demás. Desde el año pasado, esta separación avanzó hacia una conquista cuasi completa de la vincularidad. Ya no se trató únicamente de utilizar los medios electrónicos para reemplazar un contacto de otra manera imposible, sino que se multiplicaron los grupos que se constituyen directamente desde la digitalidad: compañeros de clase, de trabajo y de actividades artísticas a quienes no conocemos, más allá de en su forma simbólica, a partir de la conversión de sus cuerpos, sus gestos y sus voces en ceros y en unos. Todo el contacto entre sujetos se volvió entonces representación.

No es, claro, un proceso que haya comenzado con la pandemia, sino que ésta vino más bien a catalizar y ordenarlo. Acelerador que propone al cuerpo del otro como un factor mismo de amenaza, al cual se debería desear, a toda costa, evitar: “Por primera vez en nuestra historia moderna, el cuerpo es presentado universalmente (cualquier cuerpo en cualquier situación y en cualquier lugar) como potencial agente patógeno”, remarca Enric Puig Punyet (2020) en su libro-ensayo Los cuerpos rotos. La digitalización de la vida tras el Covid-19.

Podría plantearse que, cuando-todo-esto-termine, volveremos a vivir en un estado similar el de 2019, pero resulta cada vez más difícil creer en eso, sobre todo cuando vemos que muchas de las prácticas actuales no son más que una intensificación de tendencias pre-existentes. En la nueva normalidad (ya tan mítica y de dudosa existencia como Papá Noel o Dios), de qué forma y en qué medida instalaremos prácticas sociales digitales que ya no sean necesarias desde un punto de vista sanitario (pero quizá más cómodas, más simples, más productivas), de qué forma involucraremos nuestro cuerpo y el contacto con el cuerpo del otro en nuestras actividades, nuestros trabajos y nuestra construcción del mundo que habitamos, de qué forma reclamaremos nuestro espacio (como corea hasta el cansancio Gabo Ferro en Cuerporeclamo, canción que sonó en loop para la escritura de esta nota), dependerá fundamentalmente de nuestras propias reflexiones, posturas y decisiones a nivel social, respecto a cómo es el mundo que queremos construir y que deseamos habitar (o no) con nuestro cuerpo.


 

Bibliografía

Bettetini, G. (1986). La conversación audiovisual. Madrid: Ediciones Cátedra.

Del Vecchio, J. (2020). Introducción a las dudas generales que nos surgen en el medio de una pandemia. Nadie es cool.

Del Vecchio, J. (2021). ¿Existe la posibilidad de vivir una experiencia? Nadie es cool.

Ezenga, M. (2020). El olor de los cuerpos. Nadie es cool.

Puig Punyet, E. (2020). Los cuerpos rotos. La digitalización de la vida tras la Covid-19. Madrid: Clave intelectual. Recuperado de: https://www.lamarea.com/2020/07/07/avance-editorial-los-cuerpos-rotos-la-digitalizacion-de-la-vida-tras-la-covid-19-de-enric-puig-punyet/

Tenenbaum, T. (2019). El fin del amor. Querer y coger en el Siglo XXI. Bueno Aires: Ariel.

 

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