Sadismo social explicitado: cómo funciona la clase media

[Oscar Masotta. Happening. 1966. Buenos Aires. Clase media. Arlt. Borges. Izquierda. Derecha. Di Tella. Burguesía. Proletariado. Revolución. Humillación]

por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

Un happening

Es 1966, estamos en Buenos Aires. Sos un/a intelectual de clase media que disfruta de ciertos consumos culturales, digamos, “elevados”, y hay muchas personas en tu mismo círculo social que comparten esos gustos. Cada cual tiene su preferencia: a alguno le gustará más el cine con sus vertiginosas innovaciones técnicas, a otros la pintura más clásica y representativa, otro se habrá dejado llevar por la marea surrealista y la nueva vanguardia latinoamericana, habrá alguien que discuta hasta la madrugada si Borges o Arlt. Escuchás hablar de que este fin de semana, en el Di Tella, Oscar Masotta va a presentar un happening. El evento se hace deseable para vos y todas tus amistades. Masotta es como un rockstar intelectual y artístico, una de esas figuras de la época difíciles de encasillar: el loco se viste bien, tiene esas personalidades extrovertidas que encantan a cualquier desconocido y centrifugan en sí toda conversación, está en constante movimiento. Hay que ir a ese happening, hay que ver esa performance.

Llega el día y se acercan al Di Tella. La entrada no es una locura pero tampoco es barata, esto no es para cualquiera. Parece simple: en principio no hay demasiada iluminación, una simple tarima y un sillón enfrentado como mobiliario, algunas máquinas inciertas, sobre el costado unos tubos alargados. Cuando entran, todos a la vez por indicación de un asistente, encuentran a Masotta en plena conversación con varias personas, todas amontonadas a su alrededor. Casi todos viejos, obreros, costureras, en definitiva, un aglomerado de jornaleros, al menos por lo que indica su vestimenta. Masotta te mira, te mira a vos y a todo el público del happening con un gesto de sorpresa, como si lo hubieras sorprendido con las manos en la masa justo antes de una travesura. Y luego se le ilumina el rostro, quizás hasta se le escapa una sonrisa. Rápidamente, ordena a los jornaleros sobre la tarima, da alguna indicación al aire y se sienta en el sillón, dándote la espalda a vos y al resto del público. Bajan las luces. Masotta te pide, les pide, que se sienten en el suelo. Lo hacés. En la penumbra, Masotta te cuenta que le pagó a los viejos –no serán ni veinte- seiscientos pesos por pararse allí, y que te cobró, a vos y a las otras doscientas personas del público, doscientos pesos por sentarse a mirar. Entonces se para, toma uno de los tubos alargados (que resulta ser un matafuego) y lo vacía en un ángulo de la sala, bien cerca de los performers, mientras de fondo comienza a percibirse un sonido agudo cada vez más alto, hasta que llega a un punto en que se torna casi insoportable. Levantás la vista y allí están, frente a vos, los viejitos, obreros y pobres, a los que Masotta pagó para que se dejaran mirar por vos con la plata de tu entrada. El sonido es tan inaguantable que ocupa todo el espacio de tu mente. Te reducís, así, a lo sensible: el ruido, el olor seco del matafuego rociado, los ojos perdidos y cansados de los jornaleros al frente.

¿Qué lee Masotta en Arlt?

Hay una sinceridad en las tramas, personajes y tonos de las novelas de Roberto Artl que no pudo ser bien captada ni por la derecha ni por la izquierda argentinas. La primera, por obvias razones, lo despreciaba como escritor de y para los márgenes, y no se tomaba el trabajo de leerlo (el propio Masotta duda de que Ocampo y Borges, por poner ejemplos célebres, siquiera hayan sostenido alguno de sus libros entre sus manos). El caso de la izquierda, sin embargo, es el más interesante: al no ser un escritor endémico, salido del riñón del grupo de Boedo, la escritura de Arlt no era fácilmente asimilable a la que, con mayor o menor dogmatismo, proponía el grupo socialista argentino en las primeras décadas del siglo XX. Para resumir esas características en pocas palabras: la clase obrera tomando consciencia de su alienación y opresión cotidiana, unión frente a los dueños, jefes, empresarios, etc. y finalmente: revolución, el obrero que derrota con su fuerza colectiva a la clase burguesa. Las novelas de Arlt, claramente, no van por ese camino. En Arlt es justamente un individualismo intransigente de los lúmpenes lo que moviliza la trama, a través de asociaciones –ilícitas, sí, pero raramente revolucionarias- en última instancia imposibles e infructíferas. Es eso lo que lee Masotta –mientras, a su vez, se lee allí y en el propio Arlt-. A Masotta le interesa justamente aquello de Arlt que la izquierda no puede leer: el increíble egoísmo, prácticamente constitutivo, de la clase media-baja argentina (él dirá clase media). Será ese germen que lea en Arlt lo que, años después, fundamentará su happening “Para inducir al espíritu de la imagen”, donde es ahora él mismo quien encarna la figura del humillado constitutivamente humillador.

La lectura de Arlt le produce a Masotta un viaje introspectivo donde, entre otras cosas, descubre que su conducta estuvo más de una vez “determinada” por su pertenencia de clase. ¿De qué clase está hablando? Bien, de la misma que Arlt, la clase media argentina que linda siempre con el lumpenaje, la clase social aspiracional que envidia a sus verdugos, detesta a sus pares y teme a quienes tiene debajo –por lo cual, contribuye enormemente a su marginación-.

No podría exponerlo más claramente Masotta cuando indaga críticamente en la intención de Arlt: “¿El “mensaje” de Arlt? Bien, y exactamente: que en el hombre de clase media hay un delator en potencia, que en sus conductas late la posibilidad de la delación” Es decir, la conducta coherente que guía las acciones de la clase media es la de la traición. Esto no podría ser más acertado, mirado desde la lógica que hemos expresado anteriormente: si la clase media se definía a sí misma por la envidia (hacia arriba), el odio (horizontal) y el miedo (hacia abajo), el único espacio libre para la acción, para poder ascender socialmente -o procurar que ninguno de los suyos lo haga- es el de la delación, convertirse en delatores de su propia casta frente a la autoridad, frente a la burguesía. Observamos ahora lo absolutamente consecuente que resulta el hecho de que a la izquierda argentina le haya sido siempre difícil (por no decir molesto) incorporar a Arlt dentro de sus filas: el obrero argentino, el desclasado, el marginal y el clasemediero jamás podría formar coalición porque está en su constitución social el traicionarse. Dicho de otro modo, la clase media delatora es la clase media que la sociedad argentina necesita para conservarse inalterada en su estructura.

Una apuesta

En su happening, Masotta encarna, literalmente, la figura que intenta criticar. Es un acto tan sincero como cínico: se señala, para criticar, exactamente a eso que él es y representa durante el acto. La clase media como el humillado que humilla a otros humillados para posicionarse frente al resto de la sociedad. Si en la escritura los procesos de alejamiento del autor con la obra le hacían a Arlt ficcionalizar la figura que buscaba poner de manifiesto, Masotta logra en su happening no desaparecer en ningún sentido como el portador de un discurso crítico que debe volverse sobre sí mismo. En ese sentido, él es a la vez quien dispara el matafuego cerca de los obreros y los expone, y quien arma el happening de manera tal que quede claro lo repudiable del hecho de rociar con un extintor y exponer a los obreros. El cinismo del acto es perfecto, su sinceridad también. Es alguien que debe criticar y que asume totalmente que la crítica está dirigida en primer lugar a sí mismo.

En un segundo momento, la crítica es hacia esos otros performers, el público, que conforman su misma clase y que son los espectadores diarios de aquello que Masotta está explicitando, poniendo en acto con su intervención artística. Al respecto, Silvia Schwarzböck sostiene: “señalarse a sí mismo podría ser una manera de delatar a los otros, incurriendo en la misma actitud por la que caracteriza a su clase, sólo que invertida: él se asume hasta el hartazgo como siendo de clase media precisamente para dejar de ser un intelectual más de la clase media, dado que las individualidades prominentes de esa clase –había dicho- se caracterizan por negar su origen y esa negación los remite para siempre a él”

De más está decir que el gesto de Masotta fue muy criticado, en una especie de paralelo que podemos establecer con Arlt, por la izquierda intelectual –después de todo, se trataba de un acto de crueldad por dinero, lo que debe haber tenido muy poca pinta de revolucionario para cierto sector intelectual de la década del sesenta-. En defensa a esa crítica, Masotta redacta el texto “Yo cometí un happening” en 1967. De allí extrapolamos la famosa frase que nos da título: “Mi happening (…) no fue sino un acto de sadismo social explicitado. La palabra “explicitado” resemantiza las anteriores: si se tratase simplemente de un acto de sadismo social, bien cabrían las críticas, ya que Masotta se hubiera valido por unos pesos de unos pobres alienados para llevar a cabo una especie de ejercicio intelectual masturbatorio con sus amigos del Di Tella. Pero al agregar ese “explicitado”, Masotta pone de manifiesto que lo que él hizo lo preexistía, él simplemente lo estaba poniendo claro.

¿Qué era eso que ya había y que necesitaba explicitarse?

Muchas cosas a la vez: la estructura de humillados, humillados humilladores y humillados espectadores que conforma nuestra sociedad, ese lugar cínico y sin embargo sincero del intelectual que debe denunciar denunciándose, quizás incluso el altísimo grado de opresión invisibilizada que hace posible la existencia de las artes intelectuales y burguesas.

El acto fundamental de crueldad que Masotta se atreve a encarnar es lo que ata todos los sentidos y los tira como un cachetazo al público, obligándolo a replantearse entonces cuál es verdaderamente su papel en el happening, tanto simbólico como fáctico: el papel de habilitador, aquel que con su inacción y su patrocinio deja que la crueldad suceda. El público que, finalmente, financiará el espectáculo que lo expone e incómoda.


— Masotta,  Oscar. Conciencia y estructura. Buenos Aires, Corregidor, 1969.

— Masotta,  Oscar.  Revolución  en  el  arte,  Bs.  As.,  Edhasa,  2004.

—Schwarzböck, Silvia. “El exotismo estético de Oscar Masotta”, en http://foroiberoideas.cervantesvirtual.com/resenias/data/76.pdf.

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