Ser o no ser escritor

[Escritor. Alguien que escribe. Poesía. Actualidad. Pose. Enter. Distancia de rescate. Samanta Scheweblin. Borges. Lamberti. Córdoba]

por Federico Frittelli (@fedefrittelli )

Un comentario rápido sobre una diferencia fundamental: la que existe entre “los escritores” y “los que escriben”. Es una diferencia de percepción, incluso de contexto, que no tiene nada que ver con la calidad o falta de calidad de los textos producidos. ¿Cómo si sabés si para los demás sos o no sos un escritor? ¿Cómo saber si sos simplemente “alguien que escribe”? Esto es, una persona a la cual la acción de escribir se le da como agregado (que, eventualmente, se le quitará) o una persona cuya esencia está intrínsecamente ligada con el acto de escribir. Yo, como alguien que escribe, tácitamente lo sé, pero la diferencia es más reconocible que explicable. Automáticamente me doy cuenta al ver un texto si es de alguien que escribe o si es de un escritor. Pareciera ser entonces una cuestión de actitud, de confianza que los textos exudarían hacia afuera. Pero esto es falso. Más de una vez me encontré con textos que derrochaban amor propio –las más de las veces injustificado- y que sin embargo eran a la legua reconocibles como de alguien que escribe. Y, a veces, declaraciones de amor o desamor totalmente patéticas escritas en labial en una servilleta a las dos de la mañana, temerosas de sí mismas y con una proyección absoluta de duda y timidez, me impactan a la vista como una obra segura de una escritora, de un escritor.  Repito, esto no tiene nada que ver con el texto en sí mismo, con las palabras para siempre pronunciadas y para nunca recordadas. Tiene que ver con la relación entre autor, texto y lector (yo, en este caso, pero hay cierto consenso en dirimir esta diferencia entre los públicos en general). Algo que emana de ese triángulo produce en el autor del texto un status de escritor, en el lector un respeto y en el texto una especie de aura artística. Digamos, respetamos más artísticamente una anotación de Borges al margen de un cuaderno recordándose de la falta de tomates en su casa que un poema que nuestro amigo de 14 haya intentado escribir con todo el amor del mundo a su amada del secundario. ¿Por qué Borges es un escritor siempre, escriba lo que escriba, y nuestro amigo es alguien que escribe? ¿Por qué yo soy alguien que escribe?

Tanto al escritor como a quien escribe los felicitan por sus textos, pero con el escritor hay un sesgo exagerado, las críticas tienen que tender hacia la adoración o el escarnio. A nuestro amigo, ese alguien que escribe, podemos felicitarlo incluso si no nos parece bueno su texto, porque entendemos que dio lo mejor de sí y que llegó hasta cierto punto. Pero no asumimos lo mismo con los escritores, a quienes masacramos o endiosamos cada vez que podemos. Jamás se me ocurriría felicitar a Schweblin por su último libro, porque me parece malo, mucho menos de lo que ello podría dar. Pero, ¿basado en qué? ¿Dónde está la tabla que me dice lo que Schweblin podría dar y no me está dando? En definitiva, ¿debo exigirle a Schweblin un nivel de placer estético en todos sus libros similar al que me produjo Distancia de rescate? Pero si un amigo mío hubiera escrito el último de Schweblin (fíjense que ni lo nombro) sin duda lo hubiera felicitado. Mierda, me hubiera parecido un libro fantástico. Porque mi amigo es alguien que escribe. Y mi amigo escribió un libro que un escritor o escritora como Schweblin pudo haber escrito. A pesar de esto, el elogio es siempre un arma de doble filo. A fuerza de estos elogios, es decir, si fuera únicamente por nosotros, nuestro amigo nunca sería Schweblin. Ese es el gran peligro que corre la escena literaria contemporánea en Córdoba, según yo lo veo. Raramente y como nunca, pareciera no haber libros malos.

Retomando la diferencia inicial, que está allí a la vista y ustedes
mismos pueden comprobarla entre sus contactos, nos resta definir todavía qué divide
a los escritores de las personas que escriben.

La verdad que no lo sé.

Será cuestión de seguir escribiendo (y no se dan una idea lo mucho que es
eso ya) hasta que simplemente pase, algún día alguien me mande una carta o un
mail, un sobre certificado que indique que me han hecho un upgrade. Y entonces seré escritor y la actividad de escribir dejará
de estar adosada a mí con broches de colgar la ropa viejos para pasar a estar
trasplantada dentro de mí, como mis pulmones, mi personalidad y mis memorias. Y
se leerán mis textos, textos incluso en retrospectiva como este, y habrá algo
en el aire que a la gente le indique que soy escritor. Yo todavía no podré
explicar por qué, pero podré reconocerlo automáticamente en los ojos de lo
demás.

Ah, me olvidaba. El título. Una última cosa, un método infalible para identificar cuando una persona es alguien que escribe y no una escritora. Cuando alguien que escribe efectivamente escribe y publica un texto, siempre hay un comentario, al menos uno, que es una huella ineludible de que no es un escritor. Un comentario que, si alguna vez te lo hicieron, date por seguro que eras alguien que escribe. El comentario es: “no dejes de escribir”. Me gustó mucho tu texto, no dejes de escribir. Una tía, un profesor, un amigo. No dejes de escribir. ¿Por qué dejaría yo de escribir? ¿Qué en mí da la impresión de vulnerabilidad, de temblor? ¿Por qué no le comentan eso a Lamberti en su Facebook? ¿O a Schweblin? ¿Ellos sí pueden dejar de escribir? No, no es por eso. No les comentan eso porque son escritores. Vos sos alguien que escribe. Tu escritura puede caerse de un buen momento a otro, porque está pegada a tu personalidad con cinta usada. La de ellos no. No les piden que sigan escribiendo porque saben que nunca van a dejar de hacerlo.

Así que mi consejo es el siguiente: dejá de escribir. Pero hacelo ya
mismo. Tu último texto fue malísimo, dejá de escribir. Tus amigos te quieren
demasiado para decírtelo (mierda, que tus amigos te quieran ya es más de los
que muchos pueden decir. Quedate con eso, y basta). No hace falta, ya
escribiste las páginas que te estaban reservadas, y no valieron la pena. Cosas
que pasan. Dejá de escribir y seguí con lo tuyo, lo que sea.

Y si así y todo, a pesar de mi sinceridad brutal no podés dejar, bueno.
Dejame decirte que te compadezco y desde mi casa, sentado frente a la
computadora mientras lastimo una hoja pulcramente blanca con las insensateces
que le hago escribir al cursor, desde mi casa te abrazo. Seguiremos escribiendo.
Seguiremos esperando.

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