#SherlockVive

por Pablo Durio (@PabloDurio)

Sherlock mira a Watson con lástima, con ternura. Sherlock mira a Watson como se mira a un niño más o menos brillante. Seamos sinceros: más menos que más.

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Año 1893: “¿Qué ha hecho? ¡Pedazo de animal!”, le dice una lectora a Arthur Conan Doyle y, sí, lo que hizo fue matar a Sherlock Holmes. La historia es conocida: muerte, indignación, resurrección, y entonces Sherlock Holmes es más o menos el Jesús de los detectives. Seamos sinceros: más menos que más.

Sherlock le pide a la señora Hudson que se calle, un rato, por favor, deje de hablar señora Hudson, hay un detective pensando en sala, qué digo un detective, es el detective, el mejor del mundo, el hombre al que toda una nación lloro y cuyo llanto logro traerle de nuevo a la vida, ya lo ve, señora Hudson, ya le digo, el llanto de Londres vale más que la ciencia de la inmortalidad, visto de ese modo lo de Mary Shelley esperando una tormenta para darle vida a un collage de sangre y tripas fue una pérdida de tiempo: ¡traiga de vuelta a su ser querido! ¡haga llorar a Gran Bretaña!, ¿lo entiende, señora Hudson?, no me mire con esa cara. Dice que Sherlock Holmes es un personaje de ficción. Usted no ha leído alguna estadísticas, señora Hudson[1]. ¿Eso que está fumando es marihuana? Cállese y vaya a hacerme una taza de té.

_No soy su mucama _ Ah, la amable casera-alquila-habitaciones señora Hudson. La dueña de la propiedad ubicada en el 221B de Baker Street.

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Arthur Ignatius Conan Doyle se aburre. La madre lo mandó a estudiar medicina y obedeció, fue un excelente jugador de cricket y de rugby, leyó a Edgar Allan Poe, viajó a África, le dio fiebre, estuvo demasiado cerca de la boca de un tiburón, se le prendió fuego el barco mientras regresaba, creó a Sherlock Holmes y, un día, aburrido, cansado, hastiado de su personaje, dijo: “Aquí estamos muy bien. Voy por la mitad del último cuento de Holmes, después del cual ese caballero desaparece para no volver. Estoy cansado de oírlo nombrar” o bien, agregó: “Pienso matarlo en el último capítulo y terminar con él de una vez por todas. Me quita tiempo para dedicarme a cosas más importantes”. A cosas importantes, Watson. (Ya que mencionamos a Watson digámoslo de una vez: la frase “elemental, mi querido Watson” no existe textualmente en ninguno de los libros. Qué pena)

Sherlock Holmes también se aburre. El Sherlock made in UK for the BBC se aburre y entonces le dispara a la carita dibujada en la pared de su departamento. El aburrimiento es el monstruo por excelencia de la modernidad: no hay guerras que pelear, la expectativa de vida es demasiado alta, los reallity de MTV son una mierda y Santiago del Moro dejó Infama. Aceptémoslo.

 

Benedict Cumberbach -como Sherlock– lo que necesita es un buen crimen que lo saque del mundo, que la abstraiga de esa realidad que no le interesa (Sherlock no sabe el nombre del primer ministro por considerarlo una información innecesaria), de la burocracia de seguir vivo, que lo lleve al éxtasis como superación del aburrimiento.

(“Resulta que el éxtasis –un placer sentido segundo a segundo y acompañado de gratitud por el don de estar vivo y ser consciente- se encuentra al otro lado del aburrimiento absolutamente letal. Presta atención a la cosa más tediosa que puedas encontrar (las declaraciones de la renta, el golf retransmitido por televisión) y un aburrimiento como no hayas visto nunca se te echará encima en oleadas y a punto estará de matarte. Si consigues capear esas olas, será como si pasaras del blanco y negro al color. Como encontrar agua después de pasar varios días en el desierto. Un éxtasis constante en todos y cada uno de tus átomos” David Foster Wallace)

Sherlock Holmes tampoco se enamora. Cuando el doctor Doyle escribió el primer relato de Sherlock Holmes las cosas no fueron bien: apareció en 1887 en la edición navidad de una revista y no lo leyó ni la madre de Arthur. Después vino un editor norteamericano que pidió una novela protagonizada por el detective y ahí fue y ahí vino y otra vez lo mismo y lo mejor quizás sea dedicarse a la ciencia. El doctor Arthur Ignatius Conan Doyle viaja a Viena a estudiar cirugía ocular. Pero decíamos que Sherlock Holmes no se enamora: “Para Sherlock Holmes, ella es siempre la mujer. Rara vez la llama de otra manera. A sus ojos, eclipsa y prevalece sobre todas las de su sexo. Y no es que haya sentido alguna emoción parecida al amor con respecto a Irene Adler. Todas las emociones, y ésa en particular, eran aborrecibles a su mente fría y precisa, pero admirablemente equilibrada. Era, creo, la más perfecta máquina de razonar y de observar que haya visto el mundo; pero, como enamorado, se habría puesto en una falsa posición. Siempre habló con burla y menosprecio de las pasiones más tiernas. Esas cosas eran admirables para el observador, excelentes para levantar el velo que cubre los motivos y los actos de los hombres. Para el razonador adiestrado, sin embargo, admitir tales intrusiones en su temperamento sensitivo y perfectamente armonizado, equivalía a introducir un factor de distracción que podía volver dudosos todos los resultados de sus procesos mentales. Para una naturaleza como la suya, una emoción fuerte sería más perturbadora que un puñado de arenilla para un instrumento de alta precisión o una fisura en una lente de aumento…” , así comenzaba “Un escándalo en Bohemia”, la primera de las “Aventuras de Sherlock Holmes” que apareció en el Strand Magazine a mediados de 1891. Amor, cirugía ocular, lentes de aumento, Irene Adler y ¡boom! ahí tienen el primer éxito de Holmes, Sherlock Holmes.

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Freud leía a Arthur Conan Doyle o, seamos más precisos, Freud leía a Sherlock Holmes. Lo cita en una carta a Jung, a propósito de la recepción de la paciente Sabina Spielrein, que éste le había remitido. En su carta le dice: “Fräulein Spielrein ha reconocido en su segunda carta que el asunto que la preocupa guarda relación con usted: por lo demás no revela sus intenciones. Mi respuesta fue de lo más sabia y perspicaz; le di la impresión de que las pistas más vagas me hubieran permitido, como si fuera Sherlock Holmes, adivinar la situación (…) y le sugería un procedimiento más adecuado, algo endopsíquico”. A Freud le apasionaba el modo de razonamiento de Sherlock Holmes porque había conocido un médico capaz de restituir toda una personalidad de algo tan poco comunicativo como un cadáver. Este es el primer punto en común -y el único que vamos a considerar, señora Hudson[2]- entre Freud y Arthur Ignatius Conan Doyle: los dos se ven fascinados por las capacidades deductivas de la medicina. (Sí, señora Hudson, Dr. House no es más que la versión renga y de hospital de Sherlock Holmes). Doyle dota a Holmes de las capacidades de observación del doctor Joshep Bell, acostumbrado a excitar y sorprender a sus alumnos de la Universidad de Edimburgo con sus demostración de arrogante razonamiento superior [3]. Y Freud no puede dejar de idolatrar a alguien de similares características pero distinto nombre: Paul Brouardel. Detengámonos un segundo más en Brouardel y en Freud, señora Hudson, no se disguste, le cuento todo esto porque no tengo a quién más decírselo. Lea esto, señora Hudson, ¡no la veo hacer ningún esfuerzo!

“Cuando en 1885 yo residía en París como discípulo de Charcot, lo que más me atrajo, junto a las lecciones del maestro, fueron las demostraciones y dichos de Brouardel, quien solía señalarnos en los cadáveres de la morgue cuántas cosas dignas de conocimiento para el médico había, de las cuales la ciencia no se dignaba anoticiarse. Cierta vez que discurría sobre los signos que permiten discernir el estamento, carácter y origen de un cadáver no identificado, le oí decir: ‘Las rodillas sucias son el signo de una chica honesta’. ¡Utilizaba las rodillas sucias de una muchacha como testimonio de su virtud!” Herr professor Sigmund Freud.

(No diga nada, señora Hudson, le veo en la cara los signos de picardía, a su edad, ya sé que lo de la muchacha de las rodillas sucias y las virtudes de una dama en un mismo párrafo es como mínimo polémico, pero no hagamos en chiste fácil. Por favor, señora Hudson)

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Lo que sigue es conocido: en 1903, A.C Doyle recibió un ofrecimiento fabuloso. Si resucitaba a Holmes y lograba explicar satisfactoriamente el accidente de Reichenbach le pagarían cinco mil dólares por cada cuento. La ciencia podrá ser determinante con respecto al tema de la muerte pero la literatura tiene sus subterfugios, para ser precisos: tiene cinco mil subterfugios suficientes. “Holmes no murió en aquella caída —comentaron los periódicos ingleses—. En realidad, la caída no existió. Trepó por el lado opuesto del precipicio, para huir de sus enemigos, y dejó a Watson en la ignorancia de lo sucedido.”

Y mientras Sherlock vive y muere y lo reescriben y fundan sociedades en su nombre y el mundo se puebla de Watsons y personas como usted, señora Hudson, los crímenes aparecen y ya no vamos a decir que no hay quién los detenga si no que mucho menos hay quién los resuelva o (este es el último párrafo y la última esperanza) quizás Sherlock Holmes esté detrás de alguna ventana de Londres rodeado de cadáveres y de drogas y con el violín en la mano esperando la próxima disonancia que le recuerde y lo convenza de salir del aburrimiento porque, a las pruebas me remito, detrás de toda disonancia está la posibilidad de la armonía, de la composición, del razonamiento extremo y patológico.

“Soy un sociópata altamente funcional” se describe Sherlock en Sherlock. Y lo es.

¿Entendió, señora Hudson?

No importa, sólo recuerde esto: #SherlockVive.

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[1] En el año 2008 la cadena UKTV Gold realizó una encuesta entre los jóvenes británicos que reveló que el 58% de los entrevistados aseguraba que Sherlock Holmes era una persona real, en contraposición al dos veces ministro Churchill de quienes opinaron que era un personaje de ficción.
[2] Otros puntos: nacieron en la misma época, estudiaron juntos en los mismo lugares (no existen documentos que prueben si alguna vez se conocieron), los dos han sido personajes utilizados en ficciones posteriores. Existe un novela, incluso, en el que Sherlock visita a Freud para solucionar una adicción a la morfina y ambos terminan resolviendo juntos un caso.
[3] Episodio referido al doctor
—Este hombre —decía, refiriéndose a un paciente a quien veía por primera vez— es un zapatero zurdo.
Asombro entre los discípulos. Sonrisa egocéntrica y relamida del doctor.
—Sus pantalones —explicaba— están raídos en los lugares donde el zapatero se apoya en su banco de trabajo. El lado derecho está más gastado que el izquierdo, porque usa la mano izquierda para clavetear el cuero.
*Razonamiento deductivo*

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