Soledad: la única forma de llegar al Otro es a través de las palabras

[Blind Willie Johnson. Soledad. Renacimiento. Individualismo. Voyager. Átomos. The Sounds of Earth. Jimmy Carter. Estados Unidos. Ann Druyan. Dark was the night, Cold Was the Ground]

por Gaspar Roulet (@rouletgaspar)

Waco, Texas, 1897: William Johnson nace en el seno de una familia más que conflictiva. Aún siendo un bebé, sufre la pérdida de su madre biológica pero al poco tiempo su padre vuelve a casarse. Durante su niñez, él lo deja sólo con su guitarra en distintas esquinas del pueblo, apelando a que su edad resulte un condicionante moral que incite a los transeúntes  a dejar algo de cambio que sirva para sobrellevar una realidad donde el dinero escasea. Un día, Willie está en el momento y lugar equivocados: su padre encuentra a su nueva esposa siéndole infiel con otro hombre. Ella, intentando defenderse, le arroja ácido muriático. La peor parte se la lleva el joven, que pierde la vista completamente. Desde entonces, su vida se transforma en un espiral descendente: debido a su discapacidad, la oferta laboral se reduce considerablemente, haciendo que su principal método de subsistencia sea la música. En 1945, ya adulto, con el apodo “Blind” (ciego) y con una carrera musical con altos y bajos de por medio, su casa se quema y sin tener un lugar donde quedarse se ve obligado a dormir en las ruinas de la misma, en una cama mojada. Así pasó los últimos días de su vida, hasta que murió de una combinación de malaria, neumonía y sífilis en septiembre de ese mismo año. A pesar de casarse y de tener momentos icónicos en su carrera musical, su vida estuvo atravesada por un sentimiento: la soledad.

No todo es progreso

La soledad es un estado emocional que no está directamente vinculado a estar solo a nivel físico, por lo que se puede experimentar en entornos concurridos así como también en espacios vacíos. Siempre fue así, de hecho, se acentuó en el Renacimiento al provocarse un desvío intelectual desde el colectivismo hacia el individualismo, con el pasaje del pensamiento trascendente hacia el inmanentismo, donde la realidad pasó a ser todo aquello contenido en la conciencia, dejando de lado la cosmovisión de la época, altamente dominada por la religión.

Sumado a esto, contribuyó también la expansión de las ciudades y, por ende, la desaparición de las comunidades. Esto llevó (hasta el día de hoy) a una nueva lógica de la vida diaria, que, con el correr del tiempo y en combinación con los avances tecnológicos, se caracteriza por la rutina constante de viajar grandes distancias en poco tiempo y, consecuentemente, rompe con el ahora viejo sentimiento de permanencia e imagen nostálgica del lugar-donde-crecí, transformado éste en nada más que un recuerdo difuso de la ubicación espacial de las cosas en ese barrio que se supone familiar pero que es de lo más extraño.

Además, las implicancias de la nueva vida laboral donde priman los horarios fijos, el marcado de entrada y salida (ahora casi universalmente biométrico y absolutamente orweliano) y una mecanización e individualización de la persona (paradójica en el caso de las grandes empresas con miles de empleados pero a la vez lógica en cuanto a la línea de la división del trabajo hermanada con la siempre glorificada especialización hasta el hartazgo en las más diversas áreas), aportaron la cuota de aislamiento que completa este mundo que Foucault luego se encargaría de comparar con la cárcel.

En este contexto, asistimos a la caída de la fortaleza y el desarrollo de los vínculos interpersonales, donde lo conveniente a eliminar para mantener un alto nivel de productividad es la interacción cara a cara (e incluso a veces virtual) con las personas que nos rodean y esto, con el paso del tiempo, lleva a una profundización del aislamiento, lo que hace que la salida de éste sea casi imposible.

El escudo invisible

Pero la soledad, además, trasciende lo puramente emocional para trasladarse al plano físico: no podemos tocar. Es real, el contacto físico no es tan literal como parece. Esto es así porque todas las personas y cosas están (estamos) compuestas por átomos. Cada uno de estos, a su vez, está conformado por un núcleo y un grupo de electrones que orbitan alrededor de él. Esto implica que cuando (por ejemplo) dos átomos se encuentran muy cerca uno del otro y no pueden enlazarse o provocar una reacción, serán separados por las cargas de sus respectivos electrones, que funcionarán como una especie de “escudo”. Entonces cuando tocamos a algo o a alguien, realmente (a un nivel atómico) no lo estamos haciendo, sino que estamos sintiendo la fuerza de repulsión producida por los electrones de los átomos que componen a ambos cuerpos y es esto, en última instancia, lo que nosotros percibimos como la textura de las cosas. Esto sucede siempre, así, por ejemplo, si ponemos un dedo en la punta de un cuchillo y lo apretamos contra él no hay un contacto real, sino que los átomos se “hacen a un costado” producto de la repulsión y el objeto (en este caso el cuchillo) nos penetra pero sin realmente tocarnos.

Sin dudas todo lo anterior vuelve la vida incluso más solitaria: es que un abrazo, un beso o un apretón de manos pueden parecer un acercamiento físico que implica confianza, pero en realidad no son más que intentos de conexión entre cuerpos que jamás podrán saber a ciencia cierta lo que es entrar en contacto. Condenados a saber que aquello que sienten como “lo otro” es inalcanzable y que aquellas experiencias de roce no son nada más que rechazos constantes que los privan de lograr esa unión que siempre el ser humano anheló (la idea de un amor extremo al punto tal de la simbiosis corporal -metafórica ahora más que nunca- de seres que se funden en uno, replicada en frases cliché y películas románticas).

En la tierra como en el cielo

Fiel al nuevo estilo de vida moderno donde las barreras entre lo privado y lo público son cada vez más difusas y las historias de Instagram funcionan como herramienta para exponer la cotidianeidad a una audiencia masiva y catalogada en usernames, la soledad no podía quedarse encerrada en la conciencia, necesitaba exteriorizarse. Es así que en el año 1977 logró escapar de su hábitat natural, nuestro planeta, a través de un objeto: The Sounds of Earth.

Se trata de un disco de gramófono que fue incluido en las dos sondas Voyager enviadas a vagar por el espacio hacia los planetas exteriores. En la parte frontal se ve como cualquier longplay, pero es atrás donde encontramos lo importante: están graficadas las instrucciones de cómo debe reproducirse, junto con intentos matemáticos de explicar la posición de la tierra y otras tantas cosas que demoraría mucho en explicar (y realmente no son tan relevantes al tema). A partir de este punto sólo queda hablar de su interior.

Ahí se encuentran un total de 116 imágenes, 27 canciones, saludos en 55 idiomas distintos y un mensaje del entonces presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, del cual extraigo el siguiente fragmento:

“Este es un regalo de un mundo pequeño y lejano, un testimonio de nuestros sonidos, nuestra ciencia, nuestras imágenes, nuestra música y nuestros pensamientos y sentimientos. Estamos intentando sobrevivir a nuestro tiempo, así podremos vivir en el suyo. (…) Este disco representa nuestra esperanza, determinación y buena voluntad en un universo vasto e increíble”.

Sin embargo, para mí, hay dos cosas que destacan en el contenido de este disco:  la primera es una grabación de las ondas cerebrales de la escritora estadounidense Ann Druyan. Su tarea consistió en resumir nada más y nada menos que la historia de la vida misma. Esto implica tanto el surgimiento del planeta, la teoría de la evolución y los grandes hitos naturales ocurridos hasta el año 1977 pero, también, el desarrollo de las sociedades, la visión sociológica del pasado, el auge y caída de imperios, la creación, defensa y posterior rechazo a ideas icónicas de la humanidad, en fin, pensar la historia de todo en el plazo de una hora, sin lugar para dudar.

La segunda cosa es una de las 27 canciones, más precisamente la penúltima de la tracklist: Dark was the night, Cold Was the Ground, escrita y ejecutada por un personaje que va a resultar familiar: “Blind” Willie Johnson.

Trascender

La soledad es, entonces, inherente al ser humano y puede manifestarse de muchas maneras: es el último día de Willie en una de las esquinas de Brenham (Texas), es la sensación de vacío en el pecho que carcome, la toma de conciencia de que jamás vas a poder saber cómo se siente esa otra persona porque hay una barrera invisible (pero no por eso irreal) que transforma el rechazo en la respuesta a la búsqueda desesperada de contacto.

Sin embargo, hay algo esperanzador: la naturaleza misma del ordenamiento de los átomos. Estos no se mantienen estáticos, sino que están en un traslado constante. Todo el tiempo se los reemplaza, se los adquiere de otras cosas que nos rodean y estos terminan provocando una especie de simbiosis con el resto para mantener la estructura que, en última instancia, es tu (mi, nuestro) cuerpo. Pero, a pesar del rechazo que se genera entre los cuerpos sólidos, hay algo que puede atravesarlos: el sonido. Es por eso que Dark was the night, Cold Was the Ground fue seleccionada como la canción encargada de transmitir a una potencial forma de vida alienígena el sentimiento de soledad que nos caracteriza. Sin tener letra (solamente murmullos), es el intento humano más pretencioso de romper la barrera que nos aísla en nuestro complejo interior y que, a la vez, nos separa del extraño exterior. Se confía en la música de uno de los artistas más solitarios de la historia para trascender y atravesar (y por ende, “tocar”) los átomos de ese otro para así abandonar nuestra cárcel corporal y actitudinal. Y, en última instancia, funciona como un recordatorio de aquello que olvidamos: es a través de la palabra oral que logramos llegar al otro.

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