Somos una generación triste con fotos alegres

[Nueva Generación. Millennial. Centennial. Placeres. Sexo. Viejos. Tiempo. Sacheri. Dalmiro Sáenz. Deseo. Política. Identidad. Rock. Trap]

por Bruno Osella (@brunosaynomore)

Sacheri dice (en un escrito futbolero que conmueve hasta al más anti) que, para empezar, la culpa de todo la tiene el tiempo. Y dice “sí, el tiempo”, lo afirma con una certeza de cuchillo que no veo venir ni siento atravesarme porque en realidad la herida ya estaba abierta desde antes. No tengo (aún no me atrevo a usar la primera persona del plural), en el lugar donde Sacheri escarbó al decir eso, una herida, ni los restos supurados de algo que alguna vez fue terso y fue piel y contuvo a la sangre y entonces la fiereza de las cosas fue hurgando, sangrando, oxidando, y secando eventualmente hasta la costra. No, porque nuestra herida es de nacimiento y de antes también, es otra forma de la piel, como si faltara un pedazo o nunca hubiese estado ahí por alguna jugarreta evolutiva.

El otro día veía a les pibes llenándoles de rock and roll los prejuicios a los viejos rockeros que aún le lloran el Edipo a las disqueras porque sus abogados de cuarta no les sacan de encima las causas por abuso, y por primera vez en mi vida me senté en la reposera de los 30 y pensé “la juventud está salvada” mientras sentía debajo el levar del ancla y el primer movimiento del barco que se aleja hacia la más banal de todas las muertes que es el naufragio, con todo y su sopa de murciélago. Y entonces yo ahí, último polizón por algunos añitos y un poco por sorteo también, llevándome conmigo el muro de Berlín la hiperinflación Alfonsín Rasputín Sabina el Turco la Amia, los lecor con los que le compraba el pan a mi vieja que hacía colas para hacer colas para un laburo de mierda que le permitiese ser universitaria y mantener dos críos, las coimas en el senado las tomas los desaparecidos en democracia, todo; estirando la mano le robé la pizza con shampán a algún oligarca de maceta que salía de la carpa del todo por dos pesos que pusieron en la proa y me senté en la cubierta de éste último eslabón de la mierda y brindé por Costequi y Santillán esperando ver al cabezón Duhalde morirse explotado como un sapo contra la cubierta, usé de apoya vasos al imbécil de De La Rúa y mandé a Shakira a la cancha de paddle de su vieja en la parte de atrás de mi crucero generacional, fumé en una sala de parto y vi al ejército de duros más grande de la década pasar de Mirtha Legrand a La Biblia y el Calefón con tres bolsas de diferencia. Y entonces de pronto me relajé, escuchando cómo desde el muelle ahora cantaba Santi Celli, levanté la copa y le prometí que de éste barco no se escapa nadie, pibe, quédense tranquilos que somos los últimos de los últimos y por ende los mejores de todos ellos y toda esta mierda se muere con nosotros porque se muere, patroncito.

Claro que todo esto del barco se me dibujó en el aire del otro lado de la mesa de un departamento amenamente familiar al tiempo que con una amiga se nos iba acabando el té de manzanilla con anís hediondo que me convidó cuando aún no sabía que estaba a punto de decirme el título de éste ensayo que no es un ensayo, mientras sonaba “Quilombo” y yo le apoyaba la cara en la punta de la nariz y le decía así, Belu, así de rotos estamos, así nos cuesta el amor, ¿y sabes por qué? Porque la culpa de todo la tiene el tiempo, y ahí vuelvo al eje cuando parecía que ya estaba en la hoja más lejana de la más lejana de las ramas. Me miró con cara de generación diezmada y le dije entonces “sí, el tiempo” y me di cuenta de que no estaba abriendo una herida en ella tampoco si no que mi cuchillo le cabía en el mismo hueco que tengo yo, el mismo que le vislumbraríamos al bueno del Juan Cruz cuando llegara más a la nochecita a compartir la soledad la birra y la cosecha con nosotres. No afirmó ni negó, pero me dijo con los ojos “seguí, insoportable”, y entonces le conté que el tiempo se empeña en transcurrir cuando debería quedarse ahí, que el hijo de mil yuta está obstinado en apilar sobre los presentes perfectos un conjunto de presentes vulgares, que nos quita de la boca las nuevas cosas porque tenemos que nombrarlas con palabras viejas, y acá se metió Dalmiro Sáenz sin que supiera cómo y entonces éramos de pronto Dalmiro, Sacheri y un Bruno escuálido hablándole a la Belu que se había ido contra el calefactor para disimular el arrinconamiento.

Para mi generación no hay una forma de amor que usemos que no esté usada ya, ¿cómo mierda le digo a esto que nunca sintió nadie si ya usaron todas las palabras que se le parecen? ¿Si ya todos dieron con la forma de la cosa y no hay cosa nueva que nombrar? ¿Si cada nombre nuevo no configura más que una novedosa vejez, como decía Sáenz? Nada podemos hacer si ya vino alguien a nombrarme lo que estoy descubriendo, si ya le aplicó del mismo saque bautismo y extremaunción porque llegué tarde a todo, llegamos tarde a todo y el mundo viejo está usadísimo y el nuevo mundo definitivamente no nos pertenece. ¿No ves que nuestra historia es la historia de la muerte del amor? ¿No ves que somos el último vestigio de un siglo XX calcinado, les hijes de los últimos matrimonios obligados a casarse, los últimos monógamos llenos de culpa, los “libremente heteronormados” porque así de oxímoron, así de binarios, nosotros (sí nosotros) que debemos haber quemado hasta la última biblia, que nos armábamos los fasos de paragua a los diecisiete primero con un resto de impertinencia pero también de temor secreto a la ira de Jehová, y cortábamos sólo las últimas páginas que estaban en blanco porque todavía nos pesaba la confirmación, pero de buenas a primeras en un acto sacrílego de justicia demoníaca acabamos armándonos el versículo cinco de Mateo con forma de conogol y mandamos entonces al ojete de la galaxia a ése Dios mezquino, envidioso, pedorro y de bajo presupuesto que nos tocó en suerte a nosotros, los últimos bautizados, las últimas comuniones, los ya no casamientos (menos mal), y lo matamos para siempre ahogándolo con la almohada ciento y pico de años después de que alguien hubiese gritado en un mercado que Dios había muerto?. Nuestra forma de querer ya no existe, y no importa el placebo de las rolas y las fiestas electrónicas, ése es nuestro infierno florido y me parece bien y me parece hermoso, pero no nos mintamos que no es la vida ni el amor porque a nosotres la vida y el amor de los que vienen ahora, con esa potencia y ese desprejuicio a perrearnos las injusticias donde nosotros necesitábamos colarnos manuales enteros de Arregui en el orto para entender la causa popular, nos es ajeno, a nosotros, que necesitamos por mojigatos dosis exorbitantes de metanfetamina para tocarnos de a más de dos en público, el amor nos queda cerca y nos queda lejos, estamos llenos de la nueva sexualidad pero tenemos el vacío de la herida anterior que termina de sangrar su sangre con nosotros, y qué vamos a hacer con eso si no bailar hasta que nos diluyamos, hasta que se nos fundan los pies y acabemos de ser la fisura que abrió la Pangea de la humanidad y se lleva a ésta Eurasia nostálgica y gastada hasta los confines de todo para que se críen libres los nuevos y dejemos de romper las pelotas y reventar los ovarios para siempre.

Agradezco al despedirme todo éste sexo de revancha, éstos cuerpos redentores, éste todes con todes y todes sobre todes y todes contra todes que nos llevamos como un trofeo de segunda, como una medalla al mérito, como parte de las máquinas de arado con la que les desmalezamos el terreno a les que vienen y no les vamos a pedir nada, niñes, no vamos a ser ésa verga resentida de nuestros progenitores que nos obligaban a saludar y a decir gracias en lugar de enseñarnos lo bonito de las bienvenidas y lo dulce del agradecimiento. La miré a mi amiga y le dije decime que no estamos rotos y que hay algo real del amor que vemos en los nuevos, y con todo su ojo de fotógrafa me miró y me dijo “We are a sad generation with happy pitctures” y casi sentí el click de la Nikon en mi nuca cuando supimos nuestra felicidad se parecía a esto, a que lleguen el Juancito y el Turco y sentarnos a tomar un té de manzanilla mientras hablamos de la muerte de la humanidad y la muerte del amor y escuchamos a Catriel a Paco a Zoe a Billie Ellish y nos ponemos contentos porque el barco se aleje por el Tuoni y confiamos en que allá en el continente queda una fiesta ghibliana de duendes y de hadas. Nosotres, mientras tanto, nos disponemos a naufragar para siempre en nuestra boreal y tardía nostalgia, pero eso sí, viendo Les Luthiers y escuchando buena música, porque nos lo merecemos.

Y punto.

 

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