Sopa de murciélago

[Sopa de murciélago. Coronavirus. Wuhan. China. Pandemia. Política. Estados. Nación. Bifo. Martín Rodriguez. Agmaben. Estado de excepción. Alberto Fenández]

por Diego Rach (@tre393)

Un chino toma sopa de murciélago en un mercado de Wuhan y, del otro lado del mundo, un porteño subido a la banqueta de una cervecería artesanal estornuda. Una especie de efecto mariposa, pero sin el protagónico de Ashton Kutcher. Creo que podemos acordar sobre lo inesperado de la crisis que azota el mundo en este verano 2020. Programación recargada. Ni el Magic Kids de fines de los 90 tenía tanto entretenimiento. Pero el coronavirus, palabra santificada por los picos de búsqueda en internet, resultó ser un objeto más letal que la lengua de Yanina Latorre. ¿Ya nada será igual?

Cualquier afirmación altisonante en este contexto resulta esquiva. Decir que todo cambió es un poco verdad y un poco chamuyo. No soy partidario de las posturas que se adelantan al Juicio Final y menos de los que apuestan a dónde irá a parar el rayo de Zeus. Quizá alguno de los siete sellos del apocalipsis se haya aflojado o ande falto de aceite. Pero la historia es más larga, más lenta, y más rutinaria de lo que quisiéramos. Y mi postura hasta el momento es que esta crisis más que modificar procesos, quizá acentúe algunas tendencias preexistentes.

El terreno donde más evidentemente se están produciendo alteraciones es en el orden internacional. Hay quienes incluso afirman el fin de la globalización y del multilateralismo. En general, hipótesis que denotan la ansiedad por patentar la muerte de un concepto. Algo que se presenta con semejante claridad, es la revalorización en paralelo de la potestad soberana del Estado. A nivel de los actores también hay movimientos. Como dice Campbell[1], hay cambios que son largos pero que se precipitan por un evento inesperado. Si bien China se movió con errores al silenciar la gravedad del SARS-CoV-2, la contención de la enfermedad en su territorio le dio tiempo, recursos y un cierto prestigio una vez que la pandemia fue un hecho. China sigue enviando ayuda sanitaria a los países más golpeados y en poco tiempo ganó el terreno que Estados Unidos fue dejando vacío por capricho odioso.

La Unión Europea expuso los límites de su proyecto de integración, literalmente cerrando sus fronteras. Me pregunto si no tensionará procesos territoriales que se vienen dando hace años: el Brexit, separatismos como los de Cataluña, Crimea o las Irlandas. ¿El nuevo prestigio del Estado-Nación fogoneará esos procesos o los consumirá? Lo seguro es que avivará los discursos nacionalistas de la extrema derecha o el escepticismo sobre la unidad continental. La líder nacionalista del Front National, Marine Le Pen dijo que “el primer muerto por coronavirus fue la Unión Europea”. Aleksandar Vučić, presidente de Serbia (país que cuenta con el status como candidato a ser miembro de la Unión), dijo: “La solidaridad europea no existe. Fue un cuento de hadas sobre el papel”.

Hay también algo llamativo en el terreno del poder y sus símbolos. En el siglo pasado, producto de las grandes guerras, la ciencia hizo una alianza con el poder militar. Lo que caracterizó el poder de la URSS y de EEUU fue precisamente esa carrera tecnológica por la conquista del arma más letal. Hoy la ciencia parece trazar una nueva alianza. Al tan frecuente envío de tropas de la OTAN, el soft power del Partido Comunista de China contrapuso el envío de profesionales médicos. A los misiles de mediano y largo alcance, contrapuso las mascarillas, respiradores y ventiladores. Pero cuidémonos de romantizar los hechos, esto no se trata del bueno, el malo y el tonto. Esto se trata de geopolítica.

Un segundo terreno en el que se produjo un sacudón abrupto fue en los hábitos y los imaginarios sociales. La muerte y el miedo a la aniquilación total eran los signos del siglo XX. Por alguna razón, este eje parece haberse desplazado por una cultura del running y de las semillas de chía. Hay una cultura muy enfática en torno al cuidado de sí que también alimenta la paranoia del coronavirus. Sobre esta reciente cultura orgánica e higienista y sobre la relación que cada pueblo establece históricamente con la idea de la muerte, se asienta alguna forma de poder (de biopoder). No me quiero poner muy foucaultiano porque hace calor para las poleras. Pero no viene mal leer algo del curso Defender la Sociedad o Seguridad, Territorio y Población. Dadas las circunstancias, la discusión sobre el control social es una paja intelectual. Incluso es el arma más predecible de la academia (lo único predecible en medio de la pandemia fueron los textos de Agamben sobre el estado de excepción).

La pandemia del coronavirus vino a exponer algo a lo que en cierta medida nos desacostumbramos, por obra del progreso tecnológico y el desarrollo de la medicina: la propia fragilidad de la especie humana. Justo cuando Elon Musk anunciaba la conquista del espacio y nos llenaba el cielo de satélites. Así como el coronavirus le dio un sopapo a la omnipotencia humana, frenó la máquina más compulsiva de las sociedades modernas. “No estamos preparados para pensar el estancamiento como condición a largo plazo -dice Bifo-, no estamos preparados para pensar la frugalidad, el compartir. No estamos preparados para disociar el placer del consumo”[2]. Por un momento, la humanidad revive el fantasma de la escasez y el racionamiento a gran escala, en medio de la superabundancia del deseo capitalista. Martín Rodríguez lo resumió en una frase: al “realismo capitalista” de Fisher le entró una bala[3].

Coronados de gloria vivamos

En Argentina somos fanáticos de la excepcionalidad. La dirigencia política, como dijo Mariano D’Arrigo en un tweet, es peor de lo que queremos pero mucho mejor de lo que creemos. Así como los chinos apagan la cotización del yuan por las noches, la economía y la política argentina funcionan mejor de madrugada. Tuvimos, sepámoslo, viento de cola. Ser el país más austral y tener un territorio extensamente al pedo, teniendo en cuenta la población. Por un momento, los white walkers se hicieron reales en la carne de turistas y viajeros. Pero el gobierno supo tomar decisiones cuando el tiempo lo demandaba. Aun con los errores. Pese a que los autos de la quincena ad hoc en Pinamar, el prófugo del buquebús y el surfer jubilado de Rocket Power siguen mostrando que hay mucha gente irresponsable. Tal como enseñan las películas de Scream, la estupidez nos hace correr en dirección directa al asesino, sin jamás encender la perilla de la luz.

En el discurso de apertura a las sesiones ordinarias del Congreso, Alberto Fernández hizo mención a la ética de la convicción y a la ética de la responsabilidad. Max Weber usó esos conceptos en su disertación compilada en El político y el científico. Para Weber, la vocación del político se dirime en gran parte por el tenso juego entre las convicciones y las responsabilidades. La acción política no puede aspirar simplemente a “obrar bien” (conforme a puros valores de bien) y culpar a Dios o al mundo por sus efectos. La ética de la convicción pura es religiosa, no política. Sin embargo, la ética de la responsabilidad supone prever las posibles consecuencias de la acción, tomando en cuenta no solo la sociedad ideal, sino la realmente existente: “quien actúa apegado a una ética de la responsabilidad toma en consideración todas las fallas del hombre medio” dice Weber. No me parece casual que el feminismo haya discutido en los últimos años sobre la responsabilidad afectiva. Antes lo discutió la militancia de los setenta en el debate del No Matarás. Previamente, lo discutieron las Madres y Abuelas sobre las responsabilidades del golpe. Quiero decir, hay una tradición. Una genealogía.

Hay algo extraño e indescifrable sobre el caso argentino en la región. En el 2019 atravesamos un proceso político tenso, pero le dimos un cauce institucional por medio de las elecciones. Esto que parece normal para una democracia moderna, tiene algo de anomalía si observamos una región plagada de impeachement, golpes de estado y sublevaciones populares. La respuesta de la clase política argentina viene siendo coordinada, cosa que no sucede en todos lados: en Brasil, por ejemplo, hay una guerra de poderes en todos los niveles, demostrando una vez más que el homo bolsonarus es una extraña figura de muerte. Tal como sucede en estos casos, la muerte se cifra en el absurdo: uma gripezinha. Esto no significa que acá no existan diferencias, o que no vuelva a resurgir un antagonismo futuro. Pero insisto, puede estar hablando de tendencias preexistentes o tópicos en agenda: el cansancio de “la grieta”, de la posibilidad de instituciones y esquemas de poder más federados o de Consejos económicos que diseñen un plan estratégico para el país. Un hecho aparentemente extra-político aporta la posibilidad de frenar (¿momentáneamente?) el famoso péndulo argentino.

En este sentido hubieron hechos premonitorios. Por un lado, la idea de la responsabilidad y solidaridad que emplea el gobierno nacional, enlaza con la demanda ética del momento. Y en política, no es un dato menor que un discurso logre enlazar el imaginario social del presente. Por otro lado, el vapuleado “gobierno de los científicos”[4]. En su momento fue un significante esquivo, mezcla de República platónica y apelación al ideario desarrollista y clasemediero del Conicet. Pero frente a la pandemia, cobró un significado más certero. El mantra que repiten los gobiernos del mundo es “hacemos lo que nos indican nuestros científicos”. Otra huella de Foucault en la arena: saber es poder.

En política, es necesario resistir a la tentación de pensar el virus como un agente. No tiene subjetividad, ni personificación (“chinese virus”). No carga valores en sí: ni el maltusianismo del “boomer remover”, ni la supuesta igualdad radical en lo orgánico que se pretende dar desde cierta ecología política. Esto nos posibilita salir de la trampa estadística del coronavirus, para pensarlo como un hecho social. Que el virus alteró la dinámica del mundo es un hecho. Y para quienes decretan el fin de la globalización, digamos que es un hecho global, de modo que más que un final puede esperarse una reorganización de sus vectores.

El virus funciona en las últimas semanas como un catalizador de las estructuras, como una operación de testeo. Tal y como los reactivos testean la presencia del SARS-CoV-2 en el cuerpo humano, el fenómeno del coronavirus testea la estructura: el sistema sanitario, los derechos ciudadanos, el régimen de trabajo, la astucia de la política, el peso del mercado, la estructura psíquica y el sistema inmunológico. Y en su costilla más prospectiva, testea incluso los futuros posibles. Es como si de repente, ante la supuesta omnipotencia de la razón, el coronavirus hubiera hervido las estructuras del mundo para decirnos: “es hora de que pruebes la sopa de murciélago”.


[1] Foreign Affairs (18/03/2020): Kurt M. Campbell, “The coronavirus could reshape global order”. Disponible en: https://www.foreignaffairs.com/articles/china/2020-03-18/coronavirus-could-reshape-global-order

[2] Franco “Bifo” Berardi. Crónica de la psicodeflación. Disponible en: https://cajanegraeditora.com.ar/blog/cronica-de-la-psicodeflacion/

[3] La Política Online (19/0/20): Martín Rodríguez. Caído del cielo. Disponible en: https://www.lapoliticaonline.com/nota/martin-rodriguez-caido-del-cielo/

[4] Colectivo Editorial Crisis: “El gobierno de los científicos”. Disponible en: https://revistacrisis.com.ar/notas/el-gobierno-de-los-cientificos

 

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