Memorias de un suicida: los usos de la autodestrucción

Por Mateo Green

En ENSAYOS

[Suicidio. Autodestruccion. Infancia. Felicidad. Albert Camus. Ahokigahara. Catolicismo. Jesus. Dios. Nietzsche. San Agustin. Sylvia Plath]

Carcasse, tu trembles?
Tu tremblerais bien davantage, si
tu savais, où je te mène.
–Turenne[1]

por Mateo Green (@mateogreen007)
Ilustraciones de Vicente Girardi Callafa (@vicente_girardi_callafa)

La primera vez que quise matarme tenía unos siete años. Cuando mi mamá lea esto no le va a gustar para nada. No te preocupes ma, ya soy autosuficiente e intermitentemente feliz. Fui a la cocina, agarré un cuchillo dentado y me lo apoyé en el pecho. Apuñalar a una persona es dificilísimo; aparte de sangre fría y/o inestabilidad mental, requiere fuerza. Una vez me apuñalaron en la pierna accidentalmente. En fin, no divagar. Ni aunque quisiera un niño de siete años podría suicidarse con un cuchillo de manteca.

En mi larga carrera como suicida me especialicé en las técnicas imaginarias: por años llevé un botón incorporado, convenientemente similar a un lunar del antebrazo, capaz de terminar con el planeta entero. Estaba incursionando en el apasionante rubro de inmolación terrorista. Ustedes también pensaron en la muerte cuando eran chicos. Nos representamos la muerte y el sexo de mil maneras en el curso de una vida, las dos cosas coinciden en ser irrepresentables. De adolescente tomé la autodestrucción con la seriedad que se merece y me hice amigo de consumos y conductas altamente perjudiciales para mi integridad física. En ese camino he continuado hasta hoy, pero con alguna moderación. No es que haya abandonado el ansia de morir, es que con el tiempo las pasiones de la juventud pierden su ímpetu y se transforman en prácticas tranquilas. Ahora me mato sin apuros, artesanalmente, todos los días. Soy tan suicida que he decidido vivir muchos años; las grandes obras requieren tiempo y paciencia.

Albert Camus dijo que la filosofía eran puras huevadas mientras no pensemos el problema verdadero: el suicidio. Pero todos lo pensamos, día de por medio. Si la vida vale o no la pena ser vivida es lo que realmente importa. Si no, ¿qué nos detiene? Morir está de moda y no gracias a Billie Eilish, hasta Dios está muerto. Spoiler de El mito de Sísifo: al final del día es más heroico vivir que abrirse un túnel en el cráneo. Camus quería que pensemos en la vida como acto de rebeldía. Pero también se puede morir de manera insurrecta. Si algo aprendimos en el Siglo XX es que el poder quiere legislar sobre la vida, por eso actúa especialmente sobre –y desde– la muerte.

Durante la Edad Media europea, el suicidio era castigado con severidad, sobre todo si uno era sirviente, es decir, propiedad. El suicidio de los soldados era considerado deshonra y deslealtad absoluta. No se puede reprender a un cadáver propiamente, pero sí negarle la sepultura, los ritos fúnebres, el ingreso a los cielos, disponer de sus bienes, hacer pagar la culpa a sus deudos. Se sabe que en Alemania era costumbre arrojar el cuerpo de un suicida, dentro de un tonel, al Rin. Ya en el siglo VII los ingleses legislaron sobre el suicidio separando castigos según tipo y razón de la muerte voluntaria: matarse por remordimiento ante un crimen significaba incautación de propiedades, el suicidio por enfermedad o angustia de vivir era más tolerado. Disponer de la propia vida, en Occidente, es ser culpable.

En la Divina Comedia, resumen del conocimiento clásico y medieval, Dante ubica a los suicidas en el séptimo círculo del infierno. Allí se convierten en plantas sin hojas verdes “[…] ni frutos de ninguna especie”, porque quienes se han quitado la vida no tienen derecho a tener un cuerpo, ni siquiera en el Juicio Final gozarán de la resurrección de la carne. Un árbol habla:

“Como las demás almas, iremos a recoger nuestros despojos; más no por eso logrará ninguna recobrarlos, pues no es justo tener aquello de que uno se ha privado. Aquí los trasladaremos y quedarán colgados nuestros cuerpos por esta lúgubre selva, cada uno del árbol en que está atormentada su alma.” (Infierno, XIII)

Los japoneses también tienen un bosque de los suicidas, Ahokigahara, pésimamente retratado en una película que Gus Van Sant no debió hacer. Al pie del Monte Fuji, está en la tierra y no en el inframundo. Es el segundo lugar donde más gente se ha suicidado en este planeta, después del puente Golden Gate en San Francisco. Los japoneses, por otra parte, han desarrollado una tecnología en base al suicidio más que ningún otro pueblo. De los árboles y los puentes colgarán los cuerpos de aquellos que han decidido salir por la puerta trasera.

A pesar de asociar la muerte por mano propia a la culpa, el cristianismo es una religión fundada en el suicidio, por eso es tan popular. Cristiano hubo uno solo y se mató en la cruz. No importa nada, todo lo que nos enseñaron es mentira. Me criaron en el agnosticismo, mi tendencia a la muerte no está dogmatizada. El Génesis dice: “Y ciertamente pediré vuestra sangre, que es vuestra vida” (9:5). En palabras de Jesús: “Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:26) o “El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la hallará” (Mateo 16:25). La evangelización requirió cuerpos que se entregaran sin dudarlo a la muerte, el cristianismo primitivo entendió que volverse contra el poder de Roma requería métodos salvajes de resistencia. Es la figura del mártir, que se venera en el mismo Jesucristo: alguien que consciente de su destino se deja crucificar. Y después de vencer a Roma, más allá, contra los bárbaros, contra los orientales, contra los habitantes originarios de América; matar y matarse contra todos. Nietzsche no se andaba con metáforas cuando les llamó profetas de la muerte.

Los donatistas del Siglo IV eran conocidos por buscar activamente el martirio, promovían la muerte en nombre de Cristo. Como a veces no lograban que alguien los mate, en su frustración, se mataban ellos mismos. San Agustín dijo del cisma de los donatistas que el martirio era su “entretenimiento cotidiano”[2]; Gibbon cuenta que irrumpían en los juzgados pidiendo sentencias de muerte y paraban a los viajeros exigiéndoles que les dieran martirio a cambio de una recompensa. En el Siglo VIII a San Bonifacio le hicieron beber plomo derretido; mientras se lo traían, gritaba: “¡Gracias, Señor Jesucristo, hijo de Dios vivo!”. Nunca se vio un goce erótico tan extremo, un placer tan desmedido, una voluptuosidad sin límites como la de los mártires cristianos al momento de entrar en las hogueras, de ser puestos en las parrillas, clavados en las cruces, de ser estaqueados al sol insoportable, de abrazar triunfantes la experiencia del desmembramiento. Dios es amor. Quizás su amor sea un poco tóxico.

Para el Siglo V la moda del martirio empezó a ser problemática. El cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio romano con Teodosio en el año 380 d.C., por lo tanto ya no hacía tanta falta tener a mano un par de santos potenciales que se prendan fuego a la primera de cambio. Pero el ímpetu autodestructivo continuaba. San Agustín le dedica varios capítulos de La ciudad de Dios al problema de la muerte voluntaria. Tiene que rechazar, por conveniencia política y dogmática, el suicidio, pero al mismo tiempo no puede pensar en los mártires como suicidas. La famosa doble moral: hay suicidios buenos y suicidios malos. Traducido: hay suicidios que nos sirven y suicidios que no. Se puede tener una idea más acabada respecto de este tema leyendo Notas sobre el sacrificio al final de Romance de la Negra Rubia de Gabriela Cabezón Cámara. Digo, algo corto como para salir del paso, porque para desaprender todas las barbaridades que nos enseñaron siglos de educación en y desde la muerte, hace falta leer mucho más. Además, leer no es solo pasar los ojos por encima de un montón de letras.

El suicidio no es un problema privado. Cuando alguien se revienta por una causa, trascendental o política, lo adornamos con el nombre de sacrificio. Tal o cual se sacrificó por nosotros. Esta práctica antiquísima es la forma institucional de muchos suicidios. En el Tholos de Montelirio, actual Sevilla, se encontraron unos veinte restos óseos de la Edad de Bronce, de hace aproximadamente 4800 años. Presuntas sacerdotisas que muestran señas de envenenamiento con mercurio, dispuestas con animales, gran cantidad de objetos manufacturados y bienes exóticos. Una posible práctica sacrificial. En la actualidad también tenemos prácticas en las que un cuerpo se entrega a la muerte o a la destrucción sistemática por el así llamado bien común, pero gracias a la maravilla moderna de la mediación, no le decimos suicidio a la silicosis desarrollada por los mineros en Potosí o a dejarse meter un balazo en una guerra por ideales dudosamente implantados.

El suicidio también es una máquina de guerra. Los muertos se acumulan y se ostentan, ya lo hemos visto. Los muertos también pueden ser una tecnología. Morir por la Patria –concepto vacío, rellenable con cualquier cosa– es igual de patético que morir porque sí, con la cabeza adentro del horno como Sylvia Plath. Por una simple razón: morir en sí mismo no significa nada, todos los idiotas se mueren tarde o temprano; y los no tan idiotas, también. Pero la muerte tiene la capacidad de significar, de llenarse de tal o cual discurso, de prefigurarse incluso a través de un discurso. Sylvia Plath al menos decide por sí y para sí, en la tangente, en la línea de fuga. El soldado voluntario no tiene nada de voluntario, está prediseñado por la ideología de su cultura, víctima de ella, cegado y confundido por la banalidad de las ideas de gloria y trascendencia. ¿Quién recuerda un solo nombre de cualquier adelantado de infantería? Ah sí, Juan Bautista Cabral, hijo de un indio y una negra esclava, es decir un zambo del montón que aparentemente se interpuso frente a una bayoneta cuyo objetivo era el general José de San Martín, solo para que lo recuerden en canciones durante actos interminables generaciones de niños palurdos en todo el territorio nacional. ¿No son realmente tontos los mitos fundacionales en su obviedad de mitos, en su literalidad? Nuestras maestras nos decían, sin estar muy seguras de qué decían: vamos hijo imbécil y desclasado de la marginalidad argentina, déjate matar por la supervivencia de la aristocracia local, en pos de ella y de su propia gloria, quizás así obtengas tu nicho en los anales de la historia interminable de la estupidez.

Mis fuentes son dudosas, pero solamente en el S. XX se calculan más de 230 millones de muertes en guerras. Suicidas y suicidados por la sociedad, que no dejaron su última carta sino que se la escribieron a la fuerza, con los cadáveres todavía tibios, para que diga lo que era necesario decir. En la guerra las prohibiciones de matar y matarse están convenientemente suspendidas. Esos muertos son fábricas de más sujetos ávidos de muerte, combustible del que se alimenta todo orden y toda causa. El cielo se toma por asalto[3]. Los espartanos hacían la guerra porque eran una sociedad fundamentalmente esclavista, y en ese deseo de no trabajar fundaron la más aceitada maquinaria bélica del mundo antiguo.

Quisiera decir dos cosas más. Una que se desprende como problema y otra que me gustaría explorar. Traté de demostrar brevemente que hay una forma de la autodestrucción a la que podríamos llamar institucionalizada, es decir que desempeña una función social determinada, reconocible en la figura del asceta, del mártir, corolario de la figura del héroe inclusive. Esta forma está diagramatizada, responde a determinada estructura de poder: aparece a partir de una representación. La muerte es un problema fundamental para el poder y por eso busca establecerla en modos funcionales para el gobierno de la vida. Las legislaciones sobre el aborto o la eutanasia son campos de lucha contemporáneos por este establecimiento, no solo en su binarismo banal de sí o no, sino sobre todo en sus grises legales.

Pero si hay una forma del suicidio que sirve al poder, tiene que haber una que funcione como resistencia, que al menos opere como línea de fuga. Incluso, tiene que existir una manera de pensarse autodestructivamente, de subjetivarse en la autodestrucción como forma de oponerse a lo establecido: un sujeto autodestructivo que potencial o efectivamente utilice la propia muerte para resistir. Sujeto por demás problemático, pero del que podemos hacer un estudio de caso.

En segundo lugar, si Deleuze nos dijo que no hay nada más indigno que hablar por los demás, yo quisiera limpiar al discurso de toda la banalidad de lo que se dice sobre determinado hecho y que por fin hablen los suicidas. Creo que esta posibilidad existe en la literatura, de la cual también me gustaría referir algunos casos. Pero otro día, hoy es muy domingo y ya me están entrando las ganas de matarme.


[1] Citado en el Libro Quinto de La gaya ciencia de Nietzsche, traducido como “¿Tiemblas cuerpo? Temblarías mucho más si supieses adónde te llevo.”

[2] De correctione Donatistorum

[3] A propósito del soldado anónimo y sus motivaciones, el cuento Semejante a la noche de Alejo Carpentier.