Telescopios: cuando el aparecer es una insinuación

 [Telescopios. Banda. Córdoba. Rodrigo Molina. Bernardo Ferron. Nico Moroni. Santiago Ludueña. Templo Sudoku. Doble de riesgo. Flayaz. Louta. Ca7riel. Caja Negra]

por Lucas Rodriguez (@lvc4srod)

A veces la presencia es siempre incompleta, otras no es más que persistencia u obstinación, el esfuerzo por decir: presente, yo, quien está detrás de esta voz que habla, estoy presente, sin la coerción de una lista de nombres que serán marcados con tildes o con cruces. Otras veces, la presencia apenas se insinúa, se nombra en voz baja, no llama la atención, simplemente confía en la fuerza de un gesto difícilmente perceptible, porque espera que no todas las huellas tienen que dejar una cicatriz enorme, ni que todo aparecer debe golpearte en la nuca con la fuerza de un yunque que se cae. Un destello, el de una estrellita de pólvora que no se queda quieta, no reclama para sí misma la grandilocuencia de una explosión originaria ni la acumulación de casualidades de la estrella fugaz; enciende su fueguito, hace dibujos en el aire, y muere. Sabe que su carácter insinuado es parte de su estar. De miles de estrellitas jugando a la vez está hecho Telescopios, el tercer disco de la banda que porta tal nombre y quizás, bajo la luz tenue que forman las estelas, se renombra y se redescubre en su trabajo.

Un amigo cuya opinión estimo mucho y a quien le gustan más El Templo Sudoku y Doble de Riesgo, juzga al disco como un trabajo sin melodías, y encuentra allí una falencia; mientras que yo, parado en la otra vera del río, creo que allí residen sus aciertos: ¿qué hay detrás de una afirmación tan al borde de la metáfora exagerada? ¿Qué estamos entendiendo al hablar de una música sin melodías?

Como yo entiendo la cuestión, esas preguntas se ven respondidas en el trabajo vocal, pero antes de llegar al punto donde tales cuestiones encuentran su núcleo productivo, vamos a repasar someramente el disco. Nos encontramos con 19 minutos y 36 segundos que caben en la red de un colador de té. Un espectro sonoro relativamente homogéneo y limpio se complementa con una rítmica juguetona y descontracturada al compás de la performance de Santiago Ludueña, invaluable para pensar todo el groove que aleja a algunos de estos tracks de lo que entendemos por canción, trabajando con un hit hat suave y repiqueteos que van jugando a esquivar el pulso y entrega una rítmica inestable, desarmada y relajada. La batería que en general suena limpia y clara pero guarda algunos efectos sobre los parches graves que junto a instantes del sintetizador vuelven a traer la psicodelia intensa que marcó sus primeros trabajos y se ve un poco relegada en Telescopios. El bajo trabaja con motivos rítmicos que se reiteran, las armonías se reflejan y reutilizan las unas a las otras.  El sintetizador bajo la yema de los dedos de Nicolás Moroni aparece como si fueran chispazos, ingresos cortos y precisos que le otorgan cuerpo y extensión a la canción, excepto cuando aparece para sostenerse y otorgar pasajes de desarrollo y saturación, como en ‘No Puedo Creerlo’ o el puente ‘Minuto’, antes de dejar paso a ‘Alguien Espera (Siempre)’, colaboración con flayaz. Esta canción, que lleva la carga de ser si no estrictamente mi favorita ni la que me parece mejor, por lo menos la que más me atrapa y me lleva a otro lado, es una extraña composición que avanza como si fuese un gorrión, a los saltos inseguros pero largos, habla de alas inútiles, de deseos y  de finales, entre susurros, gritos y aves que silban. Tiene, además, la particularidad de ser probablemente la que más líneas con función de melodía presenta, porque además de las voces, la base entre las voces la llevan el bajo y el sinte marcando notas, y encontramos un acompañamiento constante de los instrumentos a las voces. También marcamos aquí la primera aparición del gran elemento foráneo del trabajo: un raspador que aparece poco pero aporta sensación de calidez y ritmo bailable, que solo aparecerá de vuelta en la canción siguiente.

Consíguete una buena compañía para ver las estrellas

Ahora bien, el punto cero sin el cual el experimento de Telescopios no funcionaría como lo hace, el poder que invoca toda presencia y toda insinuación: el trabajo vocal de Rodrigo Molina.

La escuela de Aznar, la del canto con una técnica en extremo precisa, tiene algunos detractores en nuestro país y la principal crítica consiste en considerarlo un pecho frío, porque aún con tanta precisión no transmite nada. Supongamos que tal cosa es cierta y que la técnica clavada de una voz significa poco a la hora de generar emoción, lo cual nos ayudaría a explicar la emergencia de voces como la de Dillom o Paco Amoroso que permitiéndose desafinar se meten directo en el torrente sanguíneo de sus oyentes. ¿Acaso son incompatibles la tranquilidad y la serenidad con la exigencia de sensaciones desaforadas que cargamos en el siglo XXI? Se vuelve sorprendente entonces, el logro de una voz tan calma como la de Molina al calar hondo: digamos que sí, su voz no suena emocionada, nunca parece estar dándolo todo, es como la onda de fuerza de una bomba que a su paso en vez de destrucción va dejando un claro en el que toda la conversación es íntima: “Si no puedo más, ¿qué le vas a hacer? Entonces exageremos la metáfora del principio y aceptemos que la precisión técnica y la serenidad de la producción logra una línea melódica sin melodía, lo que nos queda es el registro de una voz que te habla sincera y, sin que se note, emocionada por alcanzar esa parte de su verdad, emocionada por aparecer, aunque sea solo un ratito, fugazmente. La claridad técnica explotada al servicio de un recurso que se ríe de sí mismo y de las pretensiones de ser cantor en vez de hablante. ‘Que Te Vean’, la canción que cierra el disco y en la que participa Hipnótica, es quizás el producto mejor logrado de estos procesos; la línea melódica parece inexistente y las dos voces parecen una sola, exigen una escucha muy atenta para distinguirlas y diferenciarlas, y si el juego resalta porque son dos voces de personas diferentes, la unión de dos líneas melódicas diferentes en un espacio homogéneo es una constante en el material.

En diciembre del año pasado, la película Kimetsu no Yaiba: Mugen Train superó a El Viaje de Chihiro como la más taquillera de la historia de Japón. Guardianes de la Noche en su traducción al español, es una historia en la que el poder proviene de lo que una correcta respiración le puede hacerle al cuerpo, a partir de diferentes técnicas respiratorias que pueden llevar al cuerpo a límites extremos de sus capacidades. En el capítulo 20 del que fue galardonado como mejor anime de 2019, Giyu Tomioka utiliza por primera vez la Undécima postura de la Respiración de Agua: Calma. El movimiento consiste en un no movimiento, en el que el fluir de una respiración pausada detiene cualquier ataque que se dirija hacia él. La imagen nos nuestra al espadachín como una gota en el medio de un mar revuelto que luego de su suspiro se queda estático como si estuviera en una taza quieta. La voz de Molina siempre me lleva a esa imagen, son un canto y una producción que hacen sonar la voz casi sin torrente de aire, pero a la vez entera, compacta y ancha. Nos dice que si hacemos silencio, podemos escuchar el aire llenando e hinchando los pulmones. No se le escucha emoción, pero transmite emocionalidad.

Y aunque bien sabemos que poco importa lo que se dice sino cómo se dice lo que se dice, es otro de los logros de la banda en este disco. En un contexto musical en el que, como CA7RIEL lo resumió en su entrevista de Caja Negra, parecería que escribir bien es poner barras que sean simples y frescas pero que a la vez entren en la carne de las cosas y de la gente, que hablen de una cotidianeidad insoportable pero sin enroscarse; porque hablar de uno mismo es pretencioso, porque la seriedad se valora como innecesaria, lista de excesos que el indie esquivó hablando de uno mismo desde lo patético, los Telescopios fueron encontrando su camino cercano a las posibilidades que el género brindaba. Pero las letras de su disco homónimo se vuelcan hacia otra cosa, o por lo menos lo cantan desde otro lado, porque se desecha la primera persona fácilmente ubicable de esa lírica (aún sin desaparecer los pronombres) y lo cotidiano aparece de otra manera, más discreta, más borrosa y más confusa. En términos extremos, es un disco del que nadie podría decir que dice boludeces ni que no es poesía, ningún viejo cascarrabias tendría algún argumento para criticarlo desde ahí. Lo que logran estas letras es seguir hablándonos de la esperanza, de los procesos, del control y los momentos de hartazgo, de ese espacio que hay entre las personas, a la manera que Telescopios ya venía haciendo, pero con un trabajo quirúrgico para eliminar todo exceso, para hablar de la llaga, para hablar menos linealmente y a la vez más de frente: básicamente poner barras. Así, encuentran la manera de poner líneas simples como “Estamos perdidos esta vez, qué pedazo de miedo”, que funcionan solamente por la experiencia total que la sonoridad de un disco indescriptible entrega. Me perdonarán que vuelva al anime, pero allí existe un prototipo de personaje que, como el mencionado, mezcla su calma con la indiferencia, su tranquilidad parece producto de la total subestimación del mundo que lo rodea, y si solo decimos que lo parece, es porque lo vemos jugándosela entero en momentos claves. También hay algo de eso en la lírica de Telescopios, que junto al optimismo de ‘Fucsia’ nos pone también la vacuidad de ‘Las Prioridades’; diferentes polos del juicio a nuestra propia generación que podemos encontrar en ‘Que Te Vean’ por un lado, en ‘Hyper Haters’ por el otro.

Como si esto no fuera suficiente, refuerzan la concepción de un cantar fresco y moderno con coros y respuestas, con pequeños “ohs” y “ehs” que suenan como avisos, como retenedores de la atención, como sellos de la marca. Suenan recargados de efectos, y en un desliz referencial y autobombo citaré la entrevista en la que Bernardo Ferrón me compartió que fueron expresamente buscados como adlibs. Estamos frente a un trabajo de elaboración y de mixtura, que toma de lo que llamamos género urbano elementos muy particulares y los adapta en un trabajo lírico diferente, que entregó muy buenos resultados, algo similar si se quiere, al experimento que LOUTA viene realizando desde sus primeras canciones.

Hoy está de moda decir que los géneros ya que no existen y que la música no tiene géneros. Yo creo firmemente que la frase debe ser revisada: lo géneros existen porque funcionan, porque nos entregan marcos de entendimiento y posibilidades creativas, porque tienen su historia, su desarrollo, su estructura y sus sonidos. Pero no quisiera sostener con esto el hermetismo y la imposibilidad de la contaminación: también existen porque tienen posibles fugas y porque nunca son fijos. Entre algunas otras cosas que la crítica musical podría tomar de la crítica literaria, está la discusión genérica: es cierto que los géneros no existen, pero funcionan, y poder hacer una obra que realmente no tenga género, es decir, que diluya completamente los límites de los marcos que permiten su aparición y su creación, no es nada fácil, y no es para todxs.

Este disco es uno de los pocos que realmente me cuesta excesivamente ponerle algún tipo de género, ya sea por la composición de sus canciones, por sus estructuras líricas, por sus sonidos, sus efectos, sus secretos, sus recursos, por las enormes diferencias que logran entre un track y otro dentro de una totalidad que es homogénea y compacta. Igualmente, no estoy en condiciones de dar  (ni quisiera embarcarme en) una definición taxativa del tipo Telescopios es realmente una obra sin géneros y las demás no; lo que quisiera hacer es acercarme a una reflexión con el siguiente recorrido: hay discos y hay trabajos que, sin ser los más escuchados, sin estar alertando a gritos a su existencia y su hacer historia, logran ser importantísimos a la hora de revisar el desarrollo de ciertos estilos en ciertos territorios. Por ejemplo, el disco $lytherin de Coral Casino. El dúo quizás no es tan conocido, hoy por hoy lara91k y Orodembow son más escuchados por sus otros trabajos que por lo realizado con Coral, pero el disco que sacaron en 2015 se vuelve importantísimo para pensar la incorporación de los sonidos, flows y moods que luego empezarían a aparecer en todo a lo que le ponemos el género de urbano. Estos trabajos tienen la fortaleza de captar algo y de expresarlo de manera prematura, de ser como una alerta, una pequeña ventanita al futuro. Por eso es que no son de una presencia terrible, por eso conjuran sonidos y procesos, por eso aparecen más de lo que están, por eso dan mucho más de lo que piden. Me atrevo a pensar, y ojalá no me equivoque, que Telescopios puede estar ofreciendo algo similar, y dicho sea de paso, creo que el flow relajado y directo de lara91k haría una gran dupla con la voz de Molina.

Menciones jugosas esperan todo tipo de cosas

No caben dudas de que los Telescopios son dueños de más de una particularidad, pero la que ahora nos interesa es aquella que llevan desde su bautismo: tienen un nombre muy bueno, con lo difícil que es ponerle un nombre muy bueno a una banda, y que para más, de alguna manera se encuentra en su producción, pero a la inversa. Más allá de que el objeto, la vista y el estudio del cielo se prestan a juegos de palabras que aliviarían por lo menos un título difícil de encontrar, cuando yo pienso en Telescopios, más bien pienso en una mirada a través del microscopio, no un vistazo a la bóveda celeste. En todo caso, si pienso en un observatorio astronómico, no lo veo plateado, con una abertura y un telescopio digital, sino con el telescopio rígido, de acabado dorado claramente, de un astrólogo del siglo XVI, con sus instrumentos, en su estudio, con sus pergaminos, son los telescopios con los que se descubrió que la tierra era redonda. Lo que parecería contradictorio, porque su música no presenta una carga ni del pasado ni de la nostalgia. Cuando visualizo lo que los Telescopios me transmiten, nunca veo un lente enorme, nunca veo una mirada que atraviesa miles de kilómetros de materia oscura para hacer visible lo lejano, veo una mirada penetrante que se posa sobre lo que tiene cerca. Más que de aumentar la distancia de lo que es posible ver, lo que los Telescopios me transmiten es una sensación de afinar la vista de la superficie, cercana pero difusa, en la que la mirada se posa, para entonces verla más nítida.

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