El día que te la ternura se encuentre con la comodidad

[Ternura. Cotidianeidad. Rutina. Vida real. Comodidad. Aburrimiento. Burocracia. Familia]

por Gaspar Roulet (@rowletg)

Todavía no es el momento, me quedan cosas por hacer, no terminé lo que empecé. No estoy listo para irme, es muy temprano.

El futuro es inminente. No nos queda más alternativa que arrodillarnos y suplicarle al paso del tiempo que considere nuestra sentimentalidad aún a sabiendas de que si hay algo que le importe muy poco al devenir de las cosas es la ternura.

Por favor, dejame quedarme un ratito más

El presente no es mucho mejor. Es bastante caprichoso en su esencia, ni empieza ni termina. Es lo que buscamos adornar con nuestros muebles favoritos, a lo que queremos ponerle una impronta que no tiene solo porque es imposible que lo haga, al que queremos sostener y que no se escape porque Dios mío, si se escapa, ¿qué vamos a hacer? Que se quede ahí.

No hay manera sencilla de decirte que te dejo, de despedirme

 Y si hay algo que caracteriza a ese entorno, que es como una pecera caprichosa, es la falta de inventiva que, contraria a todo lo que podría pensarse, es totalmente encantadora, y vuelve imposible no quererla: entregarse (que es también morir un poco) al pasto recién cortado, los golden retrievers, los ventanales, los picnics de mantel cuadrillé, la decisión terminante de una pareja que elige un aceite de oliva favorito. Apostar por mantener ese presente es firmar un contrato que asegura la vida más cómoda posible.

Adiós, todo se ha ido

 El problema con la idea de asegurar la vida más cómoda posible, de tener ese presente que es nuestro hogar soñado, es que si este si existiera sufriría la plaga de la monotonía que crece como una mancha de humedad imposible de quitar y que funciona como recordatorio de los futuros posibles que no fueron ni serán por el acto de cerrar la puerta con llave y decidir enterrarla en el patio. Lo que nos lleva a pensar que menos mal que no es posible retener el presente, porque qué aburrida la falta de inventiva, la narrativa de lo cotidiano como la receta de un flan casero que pasa de generación en generación y es comido cada domingo en un clima donde todos esperan más a sabiendas de que no lo van a tener, porque esto es cómodo y está bien, lo suficientemente bien, exactamente lo bien que debe estar. Meticulosamente calculado e increíblemente olvidable.

Encima nos olvidamos de que ser secuestradores del presente nos transforma en los máximos dioses del futuro. Tener la posibilidad de diagramar el futuro tan milimétricamente de modo tal que replique el cómodo presente, el ideal estado de las cosas, tiene un precio muy caro: ignorarse para siempre, no dejar que la más mínima de las sensaciones se escape de lo normal, ser una persona más en la cadena de mimos que gesticulan ad infinitum los modismos del buen vivir, estar conscientes en un constante luto por nosotros mismos.

Lo escucho acercarse, viene a buscarme

 Pero de vuelta: al presente no se lo puede retener, se lo puede replicar lo más fidedignamente posible. Mientras tanto, el futuro avanza y hay que tomar una decisión: desenterrar la llave de lo posible o entregarse, seguir muriendo en cuotas. Para la última alternativa no hace falta nada, pero para la primera es fundamental tener la voluntad de dar un salto de fe, de arrojarse al vacío sin saber qué está esperando ahí, emerger y mirar el sol.

Ya se acabó todo, no queda nada, no puedo esconderme

 Plantarse ante la luz creciente, abrasadora e implacable que prende fuego todo lo que se esconde en nosotros ese acto de fe ciega que no podría ser más antagónico a los actos de fe más tradicionales. Más que confesarse en una cabina, es ser vulnerable en pleno campo de batalla, a sabiendas de que es el precio a pagar por los futuros posibles y un homenaje por los pasados que hace tiempo fueron enterrados.

Me tengo que ir ahora, la niebla se está disipando

 Los cimientos de los miedos dejan de estar ocultos para transformarse en parte del paisaje y es momento de rechazar terminantemente la posibilidad de lo seguro. Hay que patear el tablero, dar vuelta la mesa, quemar las naves.

Ahí es cuando realmente podemos comenzar a entendernos, a comprender que la comodidad de lo cotidiano nos da seguridad pero nos cobra con sueños. Me lo imagino como un momento de elevación y entendimiento pero un poco menos épico, como encontrar la palabra que faltaba para completar un crucigrama.

Pero ahí está, el punto donde se llega a estar estático en el aire al instante de elegir renunciar a aquello por lo que la mayoría entrega todo su ser, sucumbir ante la luz que carga una potencia tal que ni Zeus, ni Dios, ni ninguna otra deidad barbuda y ancestral podrían replicar, que derrite aquello que no es otra cosa más que la costra curtida y seca donde elegimos sentar base, los últimos dejos que pueden sucumbir a la tentación de regalar la individualidad a la masa.

Es un proceso de renacimiento, que por supuesto también tiene un precio: el punto de no retorno. No se deshace, no hay marcha atrás ni segundas oportunidades. Además, decidir entregarse a los futuros posibles es aventurarse en lo desconocido, porque por supuesto no hay certezas sobre qué vendrá.

Se puede ir incluso más allá: hay mucha gente que no sabe que eso existe. No es consciente de que tiene la oportunidad de las posibilidades ya sea porque no se encontró con ella o porque renunció hace tanto a lo impredecible que ya se olvidó que tal concepto existe.

De hecho, creo que no es erróneo decir que ese tipo de personas somos nosotros. Porque, al igual que el paso del tiempo, a la masa no le interesa la ternura. Consumimos una suerte de puré chef que tiene la-fórmula-de-la-sensibilidad pero que nos limita porque solo sentimos a través de ella y proyectamos siguiendo sus directrices. No contempla futuros posibles, no tiene alternativas. Y si las hay, si de repente aparece, es mala, no es útil, no es válida. Por lo que supongo que es nuestra culpa pero también de alguien más (aunque siempre es más fácil que sea culpa de alguien más). La prueba infalible: ¿cuándo fue la última vez que lloraste por los pasados que no viviste? ¿cuándo fue la última vez que imaginaste un futuro radicalmente distinto, único? ¿en qué momento paraste a pensar en el valor de la ternura?

Siendo absolutamente hipócrita (porque creo que en un momento la pila de pasados posibles es tan grande que ya carcome cualquier esperanza), creo que casi nunca es tarde para romperlo todo. Existen momentos en donde nos cruzamos cara a cara con la ternura, y en vez de correr la vista, tenemos que abrazarla y pedirle perdón por haberla dejado de lado. La posibilidad de romper el contrato de la comodidad solo puede ser brindada por nosotros, creadores y defensores de esa seguridad.

Cada quién con sus tiempos, con sus formas, con su temple, tiene la posibilidad de hacer algo diferente, de renunciar a el-futuro y elegir entre los-futuros. A algunos nos resultará más difícil, a otros les será tarea más sencilla, pero lo cierto es que aunque quizás nunca, jamás de los jamases, demos ese salto de fe, siempre que la ternura nos pase al frente imponente como es ella, vamos a saber reconocerla e intercambiar una mirada cómplice.

No sé a dónde estoy yendo, pero no tengo miedo

 

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