Coger y vivir: cómo buscar chongx y casa en internet

[Tinder. ZonaProp. Grindr. Casa. Coger. El fin del amor querer y coger. Tamara Tenenbaum. Cuerpo. Perfil. Nada serio. Alejandra Kohan]

por Jero Maina

Entro a la app, activo ubicación.Rastreando ofertas cerca tuyo. Dos dormitorios, que tenga patio, que no supere los $15.000.Que tenga una linda sonrisa, que parezca sensible, que no diga su signo del zodíaco en la bio. Que tenga fotos. Que la comisión inmobiliaria sea baja, que no pidan demasiados requisitos. Que esté cerca, que se pueda visitar, que no de vueltas para juntarse. Que sea rápido. Que sea fácil.

Buscar casa y chongx al mismo tiempo es una experiencia antropológica bastante interesante. Contra todo pronóstico, ZonaProp y Tinder se parecen mucho más de lo que podríamos imaginar.

En “El fin del amor. Querer y coger” (una especie de biblia del feminismo contemporáneo y de la búsqueda en la construcción de nuevos tipos de vínculos), Tamara Tenenbaum analiza la lógica de mercado que funciona en las aplicaciones de citas. Para que algo pase en una interacción cara a cara, dice, tiene que haber un “reconocimiento mutuo, aunque sea mínimo, de la subjetividad del otro”. En Tinder no tenés en frente a una persona sino a un perfil, con el que no es necesario interactuar: “al perfil no hay que seducirlo, ni hacerlo sentir seguro, ni hacerlo sentir cómodo”.

En las aplicaciones de levante, plantea la autora, el proceso de selección sexo-afectivo (que generalmente involucra la presencia del otro, lo energético, lo físico) se intelectualiza. Frente a cada perfil se activa un proceso de cálculo racional (por rápido e inconsciente que actúe) que pondera las variables que suman y restan en un posible lo-que-sea, y decide entonces si likear o no. Un proceso de selección eficaz, eficiente y lo más alejado posiblede la plasticidad e impredictibilidad del deseo. “En Tinder el proceso no puede ser físico porque no hay cuerpos ahí; por eso no puede ser otra cosa que intelectual, aunque solamente haya fotos”.

Como si estuviéramos eligiendo casa, hospedaje para un viaje, o productos electrónicos en una página china, descartamos y pre-seleccionamos personas para una pareja (del tipo que sea). Evaluamos perfiles pensando en el servicio que queremos consumir, y construimos el perfil propio para que el otro nos elija como prestadorxs del mismo servicio.

“Sí, de una! Igual, te aclaro por las dudas, no estoy buscando nada serio. Puedo ir a tomar una cerveza, pero solo quiero chapar y coger. Aclaro por las dudas, por experiencias anteriores”. (Esto le pasó al amigo de un amigo de un amigo).

En algún momento del chamuyo electrónico, alguien lanza la pregunta socialmente construida como pregunta fundamental. Y quien no lo pregunta lo aclara, porque la respuesta es fundamental y se le atribuye la carga de ahorrar un mal trago y un desencuentro innecesario a futuro. Pareciera que mientras más detallado el aviso, menos margen de error y menos posibilidades de reclamo. Mirá, yo ofrezco esto. Un dormitorio, tercer piso, terraza compartida, expensas a tanto y aumento semestral del tanto, cualquiera puede rescindir en cualquier momento sin previo aviso y el otro no tiene derecho a reclamar indemnización. Si no te gusta, no digas que no te avisé.

“Se le pide al otro algo así como decime lo que querés sin vueltas, dice Alejandra Kohan en una entrevista que generó bastante polémica dentro del feminismo[1].“¿Cómo podría alguien saber lo que quiere? ¿Cómo podría alguien saber lo que quiere antes del encuentro con otro? ¿Cómo puede ser que alguien sea capaz de pensar que uno puede saber lo que quiere? Hay mediaciones entre lo que uno dice que quiere en el plano consciente y lo que después hace con eso”.

Son justamente esas mediaciones de las que habla Kohan las que el proceso racional (para encontrar al mejor-otro-posible)no contempla. Lo ambiguo retrasa, confunde, marea. No hay tiempo ni energía para eso.¿Qué buscás? Si buscamos lo mismo, si mi algoritmo indica que tus características encuentran mis necesidades y las mías las tuyas, nos juntemos. Si no, ¿para qué vamos a perder tiempo?

En el lenguaje del qué-buscás, “pasarla bien” es el antónimo de las ideas de seriedad y compromiso. Se construyen como tipos opuestos de un par binario que excluye cualquier otro tipo de alternativa. “Pasarla bien” o “cagarse de risa” (¿?) son el presente puro y perfecto de un cuerpo que busca a otro cuerpo en un soporte en el que lo físico (sí, de nuevo, el cuerpo) no está involucrado.

Tranquilx, que no quiero nada serio (serio, en diccionario: “real, verdadero y sincero, sin engaño o burla, doblez o disimulo; grave, importante, de consideración”), es también tranquilx que no voy a flashear, que no me voy a enganchar (“sujetar, unir o colgar una cosa con un gancho u otra cosa parecida, de forma accidental o intencionada”), que no necesito que hablemos todo el tiempo, que no te voy a reclamar nada. Nos juntamos a pasarla bien. Y más allá de eso no hay nada. La afectividad (que viene del afecto, de aquello que afecta, que modifica) queda relegada para una relación “seria”. Entonces te aclaro, no quiero nada serio, no quiero afectar ni salir afectadx, no quiero poner emocionalidad en juego. En un proceso de selección completamente desanclado de lo físico, se busca a la persona perfecta para una interacción única y exclusivamente física.

Si encontraste una casa que te convence, no te relajes, que el trabajo no termina ahí. Asegurate que el contrato sea lo más detallado posible. Lo que está roto, que el dueño lo arregle de antemano. Lo que está medio dejado, venido a menos, medio peligro potencial a lo lejos, lo más detallado en el contrato posible. Rajadura en esquina superior derecha del espejo. Pintura salteada debajo de la ventana de la cocina, cerquita del zócalo. Dejá constancia de absolutamente todo lo que se derrumbaba de antes, no vaya a ser que en un tiempo quieras irte y encima te reclamen las roturas.

La idea de contrato trasladada a las relaciones sexo-afectivas es otro efecto (o causa, o ambos) de pensar los vínculos con una lógica de consumo. Más allá de a quienes se involucran, se cosifica al vínculo en sí mismo, como un objeto intelectual que puede pensarse, programarse, describirse y analizarse a la perfección, sin lugar a ambigüedades, zonas grises, modificaciones, interpretaciones. Yo quiero esto, vos querés aquello, coincidimos, negociamos, firmamos. Y ahí se acaban nuestras responsabilidades. Para compromiso (“obligación contraída, palabra dada”), están las relaciones serias.

Los tiempos de las relaciones “no-serias” se convierten también en tiempos de consumo. Como en el mercado inmobiliario (la dueña me muestra la casa y me dice “si te gustó, yo que vos me apuro. El sábado tengo dos visitas más”), el mercado sexo-afectivo se mueve muy rápido y es importante no dejar pasar una oportunidad cuando se presenta (no hablaste un día y te encontrás que el otro ya no te responde más).

Algo al fondo nuestro sabe que no es algo tan ligero, una casa, un lugar donde vivir, una persona con quien compartir el cuerpo como no se comparte con otras personas que también son importantes para nosotrxs, pero el mercado actúa y presenta oportunidades y las publicita y nos dice ¡aprovechala ya!, aunque del otro lado y de este seamos personas que por mucho que cosifiquemos al otro y a nosotrxs mismxs en nuestros perfiles, nunca dejemos de sentir, de afectar y de ser afectadxs por el encuentro con el otro.

“Quiero construir a partir de esos vínculos fluidos un compromiso comunitario y colectivo con los cuerpos y las personas deseantes que conozco que no implique obligaciones ni etiquetas pero sí cuidado y afecto en el sentido más amplio pero también más verdadero de esos términos”, concluye Tamara Tenenbaum el capítulo “El mercado del deseo”. “Dejar atrás la lógica del consumo de personas, del mercado donde nos medimos y nos tasamos mutuamente, y probar mirar de frente el deseo propio y el del otro: cuando nos calienta pero también cuando nos molesta, nos enoja o nos desconcierta”

Por utópico que parezca, creo que este horizonte es posible (aunque más no sea como horizonte, nunca completo pero con el magnetismo suficiente para indicarnos por dónde ir y hacia dónde ver), que podemos comenzar por hacernos cargo de lo que nos toca, frenar, pensar y fundamentalmente sentir en quien está del otro lado, independientemente de la relación que tengamos, que podamos llegar a tener o que imaginemos con esa persona.

 


[1] “Acostarse con un boludo no es violencia”, publicada en junio de 2019 en Panamá Revista. Se puede leer en: http://www.panamarevista.com/acostarse-con-un-boludo-no-es-violencia/

 

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