Todas las veces que no me morí de nada: la hipocondría

[Hipocondría. Enfermedades. Organización Mundial de la Salud. Evatest. Embarazo. Tocofobia. Posverdad. El Gato y la Caja. Nogues Guadalupe. falacia de evidencia incompleta]

por Emilia Pioletti (@milipioletti)
Ilustración de portada: Tamara Villoslada (@tamaravilloslada)

Tener una enfermedad es inevitable. Somos seres vivos, expuestos a virus y bacterias, cambios de clima, unx compañerx de oficina enfermo que nos contagia. Además el cuerpo, en cierto punto, comienza lentamente a deteriorarse y aparecen cositas, afecciones. Pero, la ciencia avanzó y la medicina desarrolló miles de sustancias que pueden desde curarnos un resfrío, hasta salvarnos la vida. Tener una enfermedad es inevitable. Pero temer-tener-una-enfermedad, puede serlo si no conocemos cómo funcionan nuestros pensamientos y emociones.

Parece un trabalenguas: temer-tener-una-enfermedad. Parece, porque los razonamientos que se hacen hasta llegar a ese temor, son medio un guiso de cosas. Pero, ¿es miedo a la enfermedad? En realidad, solapado se encuentra el miedo humano más ancestral: miedo a sufrir y miedo a morir. Pero, ¿qué pasa cuando creemos que todo nos va a matar?, ¿una raspadura en la pierna, un sarpullido en un brazo, un dolor de cabeza? ¿que cualquier estornudo es signo inequívoco de enfermedad incurable y sufrimiento?

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la hipocondría es “un trastorno somatomorfo, es decir, que no puede ser explicado por la existencia de una enfermedad orgánica”. El hipocondriaco, guiado por una lógica absolutamente irracional que no resiste ningún fact-checking, está completamente convencido de que tiene una enfermedad letal.

Google: enemigo público

Al menos 2 de cada 10 personas con trastorno de ansiedad por enfermedad deciden automedicarse por los resultados de sus búsquedas en Google (según un informe de la OMS). El autodiagnóstico erróneo, potencia la preocupación y dispara una serie de conexiones químicas que convencen aún más al enfermo de estar enfermo. Usualmente, cuando el enfermo asiste al médico para consultar sobre su dolencia, la respuesta no suele coincidir con la idea que se han hecho previamente y se sienten frustrades: seguramente el médico no identifica la enfermedad que nosotres, aunque no somos profesionales de la medicina, sabemos que tenemos. O por ejemplo, vas a la ginecóloga por un Evatest “raro” según tus parámetros, y cuando la médica dice que es totalmente negativo, vos no le creés porque seguro ella (que estudió medicina) no ve lo que vos (que estudiaste algo nada que ver) sí ves. Entonces, pedís hacerte un examen de sangre para re re chequear. Me pasó a una amiga.

Esa asociación de ideas funciona más o menos así:

“Si defines una situación como real, ésta será real en sus consecuencias” El teorema de Thomas es un principio fundamental en sociología formulado por William I, que define básicamente a la profecía autocumplida. Y por qué cuando creemos que tenemos una enfermedad, a pesar de no tener evidencias del mundo fáctico, realmente sentimos las cosas que decimos que sentimos. La creencia es tan fuerte y con tal valor de verdad, que efectivamente, a través de una fuerte sugestión y un obsesivo automonitoreo del cuerpo, podemos llegar a creer sentir exactamente esos síntomas que googleamos: una posverdad generada por nuestras emociones. Confundir una evidencia confiable, con lo que dice nuestro prolífico y creativo mundo imaginario es una aventura, que muy lejos de ser divertida, es casi un infierno personal. Lo sé, porque discuto con mi cerebro demasiado a menudo.

“La ansiedad desde este enfoque está generada por las evaluaciones de los sucesos internos y externos (que el sujeto interpreta como amenazantes), por las atribuciones (a veces erróneas) que realizan las personas sobre los resultados de sus acciones, por la forma (a veces desajustada) en que se estructura o interpreta la realidad, por el autodiálogo interno o las autoinstrucciones (por lo general, en forma de pensamientos negativos, o rumiaciones), por la forma en que el individuo lleva a cabo el proceso de solución de problemas, o toma de decisiones, etc. Cuando la intensidad de esta respuesta emocional es muy alta, encontramos que ese nivel elevado de ansiedad está relacionado con sesgos o errores cognitivos en la interpretación de la situación.”[2], afirma el doctor en Piscología y Presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés, Antonio Cano-Vindel.

Tengo un ejemplo muy cercano: anoche me agarró una especie de tirón en la panza. De forma inmediata, mi mente catastrófica pensó dos cosas: a) tengo algo maligno en el hígado[3] (¿?), 2) estoy embarazada. Ninguna de las 2 eran ni remotamente posibles. Aun utilizando mi racionalidad, mi imaginario fue más fuerte: de alguna forma mínima, ínfima, esa posibilidad existía. Después se me pasó y no sé bien qué era, probablemente una milanesa demasiado llena de aceite que había comido al mediodía. Pero, aun comprendiendo la irracionalidad de mi pensamiento, mi cerebro no pudo salir de ahí en todo el día. ¿Y si era algo grave? ¿Y si voy a la guardia a preguntar? ¿Y si me hago un EVATEST?[4] ¿Y si, y si, y sí? Es realmente agotador.

La fiesta de la suposición

Las neurociencias pueden ayudarnos mucho. Como expresa el libro “Pensar con otros. Una guía de supervivencia en tiempos de posverdad”[5]  los sesgos cognitivos son los responsables de que muchas veces (realmente muchas veces, incluso muchas más de las que podemos identificar) estemos equivocades.  Lo difícil de esta situación es que, por la naturaleza misma de los sesgos cognitivos, nunca podemos estar 100% segures de si estamos o no cayendo en alguno. ¿Esto que pienso es verdad? ¿Y si es mentira? ¿Y si es mentira que es mentira y en realidad, desestimándolo incurro en un error peor? ¡El pensamiento ansioso no descansa! ¿Qué podemos hacer? No tengo idea, pero sí algunas pistas.

Pongamos un ejemplo: resulta que me picó un mosquito una noche. A su vez, esa semana tomé bastante frio y además venia comiendo mucha comida chatarra y almorzando casi siempre afuera. Un día, me sube un poco la temperatura y tengo molestias estomacales. Mirando la evidencia[6], las posibilidades de que esté entrando en un cuadro gripal y haya cierto grado de indigestión por acumulación de comida de mala calidad, son altas. Las posibilidades de haber contraído dengue y definitivamente morir en pocos días, son menores. Sin embargo, mi mente elige creer en la posibilidad más remota de todas. ¿Por qué (nos) hacemos esto?

La falacia de evidencia incompleta se conoce en inglés como cherry picking (“elegir cerezas”) y se refiere a todas esas veces que nuestro cerebro selecciona algunos hechos invisibilizando otros para que cuadren con ideas anteriores. Elegí la cereza del mosquito transmisor de dengue por sobre los kilos de cerezas que tenia del otro lado y que sonaban mucho más lógicas. ¿Por qué? Porque nuestro cerebro catastrófico tiene tatuados los caminos neuronales que nos llevan siempre a pensar que el peor puerto es en el que finalmente anclará nuestro barco.

Luego de elegir nuestras cerezas, el sesgo en el que caemos cuando de un conjunto de hechos elegimos solamente los que sustentan nuestra postura previa, y excluimos todas las demás es el sesgo de confirmación. Usar esta estructura de pensamiento falaz es un error bastante común y no consciente: solemos rechazar aquellos hechos que nos incomodan porque no concuerdan con lo que pensamos.

Siguiendo con el ejemplo del dengue, la fiebre por tomar frío y la milanesa llena de aceite: esa es la falacia de la correlación: pensar que la correlación implica causalidad.  En “Pensar con Otros”, Guadalupe Nogues pone el siguiente ejemplo: “El autismo no se contrae, es una condición con la que se nace. Pero los primeros síntomas se observan generalmente alrededor de los 2 años de edad, cuando los niños suelen haber recibido ya varias vacunas. Primero vacuna, después autismo, y se cae en la falacia de atribuir causalidad a una correlación temporal”. En criollo: que dos cosas estén relacionadas u ocurriendo en el mismo momento, no implica sí o sí que una es a causa de la otra.

Para terminar con la fiesta de la suposición, usé una navaja. Si, una herramienta cognitiva que me viene salvando bastante: “la navaja de Occam o de Hitchens” o el principio de parsimonia. Básicamente, ante un hecho, la navaja va sacando todo el excedente de teorías falopa improbabilísimas y va dejando la respuesta más simple. Si escuchamos de lejos el sonido de que alguien se acerca cabalgando, pensemos en un caballo. No en una cebra. Y mucho menos un unicornio.

El pensamiento ansioso preguntaría, “¿pero si la respuesta menos simple termina siendo la correcta?”. Puede ocurrir, pero estadísticamente, no sería lo más probable. “Llevado a un extremo, no usar la navaja de Occam (o la de Hitchens) nos conduciría a considerar cualquier explicación como posible, más allá de cuáles sean las evidencias que la respalden. El único límite sería nuestra imaginación” dicen en Pensar con Otros. Imagínense lo que para un hipocondriaco es, que el único limite sea su imaginación: adictivo. E insufrible.

¿Quién te dijo que tenés razon?

En un mundo plagado de narrativa de Twitter y tirapostismo, no creer en todo lo que pensamos, dudar de unx mismx o admitir un error es algo que no nos enseñan. Aceptar nuestras contradicciones, y descreer de aquello que adoptamos como dogma, nos hubiese ahorrado, en distintos planos de nuestra vida, muchísimos disgustos. Aprender a distinguir qué cosa es un hecho, qué cosa es una evidencia de ese hecho, qué cosa es una interpretación subjetiva, qué cosa una experiencia personal y qué cosa una opinión infundada, resulta vital para no entrar en una pendiente resbaladiza de hechos, que a priori, parecían inconexos, pero en nuestra mente encuentran todo el sentido del mundo.

Las afecciones en salud mental son mucho más que un error de pensamiento. Entender que los seres humanos no solo pensamos en términos de información, sino que es una mezcolanza entre emociones, valores inculcados, sistema en el que vivimos, estereotipos, medios de comunicación, imágenes tatuadas en nuestras neuronas, nos ayuda a ir barriendo con una especie de navaja de Occam de la vida, todo aquello que nos puede confundir y disparar hacia la idea de enfermedad.

Existen algunas corrientes que relacionan el miedo individual a la enfermedad con un recrudecimiento de ciertas consecuencias generales del capitalismo. Byung Chul Han en su libro “La expulsión de lo distinto”, habla del actual “fanatismo” con llevar una vida saludable y el mercado del bienestar y de lo healthy, en términos de “una histeria con la salud” que busca prolongar la vida lo más posible. Que busca maximizar la producción porque, justamente, “la muerte es el final de la producción”. Y la enfermedad acelera ese camino. La ansiedad por todo, quizás EL mal de nuestro tiempo.

Nada nuevo bajo el sol, “El Enfermo Imaginario”, la obra teatral de Moliere, fue presentada por primera vez en 1673: la historia de un hombre rico e hipocondríaco que, por su pánico a la muerte, se pelea con su hija  a quien presiona para que se una en matrimonio con un médico y así tener fácil acceso a recetas y remedios. Y en ese camino de miedo y sufrimiento, se olvida de disfrutar la vida.

En el texto de Molière, la enfermedad y el temor a la finitud operan como una mamushka, una ficción dentro de la ficción teatral: creerse enfermo es un poco como un pequeño teatro. Salir de nuestra pequeña ficción, involucra elementos de las terapias cognitivas: detener el pensamiento automático que nos hace anticiparnos negativamente y comenzar a sufrir algo que no existe, identificar nuestras creencias irracionales, poder observar cuando estamos sobreestimando la probabilidad de que ocurra un problema, exagerando de forma catastrófica su gravedad y subestimando nuestra capacidad de afrontarlo.

Comprender que no todo lo pensamos es cierto.


ACLARACIONES

 1 – Esta nota no pretende, bajo ningún punto de vista, reemplazar una apropiada consulta psicológica ni médica

2 – Cada caso es individual y debe ser interpretado según el contexto de cada persona. La ansiedad y el estrés dependen de una diversidad de factores, tanto situacionales como personales. Yo encontré una perspectiva interesante desde el punto que abordo en el presente texto.


[2] Cano-Vindel, A. (2002). Técnicas cognitivas en el control del estrés. En E. G. Fernández-Abascal & M. P. Jiménez Sánchez (Eds.), Control del Estrés (pp. 247-271). Madrid: UNED Ediciones.

[3] Nunca antes había pensado en mi hígado en la historia de mi vida.

[4] El miedo irracional al embarazo se llama Tocofobia. Lo sufre entre 2,5% y 14% de las mujeres. El síndrome se intensifica dados los mandatos patriarcales de maternidad y, en Argentina y demás países prohibitivos, por la criminalización del aborto. Más info.

[5]Nogues Guadalupe (2018), Pensar con otros. Una guia de supervivencia en tiempos de posverdad, El Gato y la Caja. Buenos Aires. Ed. AbreCultura.

[6] Este enfoque que busca explicar y moldear la conducta emocional mediante variables de tipo cognitivo, se encuentra reflejado en algunos modelos, como la Terapia Racional Emotiva de Ellis (1962) o el Entrenamiento en Autoinstrucciones de Meichenbaum (1977)

 

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