Una lectura de la tristeza (te quiero tanto que ya no me quiero ni un poco)

[Tristeza. Earl Sweatshirt. Peanut. Soledad. Amor. Amistad. Muerte.  Sara Ahmed. Sara Ahmed. Infelicidad. Empatía. Jesús.  Nico Miseria]

por Gaspar Roulet (@rowletg)

No sé cómo empezar, va a ir saliendo como tenga que salir.

Nunca escribí de mí mismo porque no me gusta: ¿qué mierda te importa si estoy bien o no? De todos modos, uno siempre termina cayendo aunque sea parcialmente en las cosas que rechaza. Me limito a dar la información necesaria (como si tal cosa existiera, datos presentados con un corte exacto y cuantificable, como pedir cien de bondiola en una fiambrería): en lo que va del año mi perro se murió de cáncer, un pariente muy cercano en sangre pero lejano en afecto murió de otra cosa, una persona muy cercana en afecto pero totalmente extraña en sangre se fue, y hay un par de cosas más que no vienen tanto al caso. No es hacer gala de la miseria porque ¿para qué?, es solo la introducción que se me ocurrió para todo lo que se viene.

Fronteras (acá estoy)

El dolor, a pesar de ser un sentimiento personal y subjetivo, imposible de ser experimentado por el resto pero a veces exteriormente visible para las personas que por una cosa u otra terminan chocando con él (con el dolor se choca a pesar de desenterrarlo de alguien de manera consciente porque el componente de asombro o el gasp que trae consigo es ineludible), siempre se deja entrever en el discurso público en tanto y en cuanto este es reflejo de quien lo genera hasta en los más mínimos detalles.

Ahora bien, el carácter público del discurso es tal por la capacidad de la audiencia de acceder a él, ser interpelada por él, e interpretarlo y desglosarlo de las más diversas maneras. Porque a fin de cuentas eso es lo público, lo construido para la pura interacción del resto. El dolor reflejado en el discurso no escapa a esto, es un dolor que busca que interactúen con él: se establece una relación dialógica con la otredad a través de la generación de tristeza, indignación, o lo que sea. La percepción del dolor del enunciatario para su interpretación desde el yo.

Ejemplos porque es más fácil y porque generan aire. Earl Sweatshirt tiene un tema que es precioso y terrible, pero para hablar de esa canción (que ahora que caigo en la cuenta de que no nombré -se llama “Peanut”-) voy a ser metafórico aunque es algo que usualmente no se me de muy bien: es como si un robot gigante y malherido caminara casi arrastrándose por el desierto recordando todas las cosas feas que le pasaron en la vida y largando alaridos rotos y esporádicos mientras desea con todas sus fuerzas morir.

Acá va una parte:

Drogado con removedor de lágrimas /
atravesando el dolor con mi carne, depresión, esto no es una fase /
eligiendo su tumba me sentí fuera de lugar

Earl dice todo esto con desgano, casi como si las palabras fueran tan pesadas que se le caen de la boca (importante también el beat que se arrastra tanto o más que él, pero funciona perfecto para determinar el tono). Esta parte es sobre la muerte de su padre, y quizás sean las únicas líneas hilvanadas con un poco de sentido en toda la canción. Y te ponen triste, es un bajón, pero eso es justamente lo interesante. Dura un minuto y quince segundos y es más que suficiente para que te cague el día.

Ahora, más allá de esa percepción del dolor presente en el discurso público que termina en última instancia generando tristeza en nosotros, no estamos ni cerca del dolor “real”. No sé para qué lo intento explicar si total Sara Ahmed lo hace mucho mejor: “Más bien, nos sentimos tristes acerca de su sufrimiento, un ‘acercadeísmo’ que asegura que ellos permanecen como el objeto de ‘nuestro sentimiento”‘.  Pero para que esto tampoco sea una cita extensísima voy a empezar a parafrasearla y a aplicarla al caso en cuestión: el discurso público que evoca dolor (porque a fin de cuentas eso es Peanut) también busca generarlo en el otro que escucha. Hay un imperativo de sentirse triste que aceptamos, y al hacerlo nos alineamos sentimentalmente con el dolor de Earl. Pero al diferenciarnos de él (porque claramente no somos la misma persona) vemos cómo su tristeza no es más que objeto de la nuestra, nuestros sentimientos son solo una aproximación a los suyos y funcionan y se justifican en su existencia en tanto consumidores de “Peanut”.

Good grief! (cosechando lo que sembré)

Creo que la sensación de tristeza es más difícil de expresar que la felicidad. La alegría tiene signos más universales, o es sentida de manera más homogénea (repito, eso creo yo, capaz nada que ver). En ese sentido el dolor y la tristeza son experimentados de maneras mucho más particulares, y la expresión de la particularidad en el plano discursivo también es más complicada ¿cómo se escribe lo visceral? ¿cómo se racionaliza una sensación? Categorizar, buscar adjetivos, elaborar metáforas, caer en la descripción minuciosa de las manifestaciones físicas y psicológicas de la tristeza en el discurso funciona como ventana a algo que se nunca vamos a poder sentir pero que intentamos comprender, o algo con lo que nos chocamos y ante lo que quedamos en shock (porque la tristeza nunca es linda de ver, como encontrar un secreto horrible que alguien juró ocultar para siempre).

Entonces cualquier forma que se encuentre para su expresión discursiva nunca es completa, está limitada por nosotros mismos, nuestro sentir particular y las herramientas léxicas de las que dispongamos.

Maté a mis amigos /
perdí a la chica que iba conmigo /
por no saber ser humano o estar maldecido

Estas tres líneas son de “Jesús” de Nico Miseria (que mágico es cuando un nombre se vuelve funcional a algo que se busca transmitir o a un texto que lo evoca). Las elegí porque (acá dando explicaciones no solicitadas de vuelta, como si les importara) me parece que son una forma de expresión sencilla de cuestiones bastante universales que funcionan como disparadores de la tristeza. Escuchamos la canción y algo genera. Sí, no es para morirse como Peanut, pero también hay un aura de desesperanza general en las inflexiones de su voz.

Nos vamos a Lucy Bending, que dice que el dolor es “‘debido a algo’, y esta causa involucra actos de atribución, explicación, narración, que funcionan como el objeto del dolor”. Nico encuentra en esas líneas la forma de expresión de ese dolor que surge, justamente, debido a algo: el asesinato simbólico de sus amistades, la pérdida de su pareja, la duda entre si la vida diaria es dificultosa o si alguna fuerza mayor la tiene contra él.

Tanto Peanut como Jesús (pero bien podría ser cualquier canción triste que se te ocurra porque cada quien se pone triste con lo que le da la gana) funcionan en la transmisión parcial de la tristeza no sólo porque crean un clima de dolor a su alrededor, sino que también funcionan en tanto vos comprendés ese ambiente, siempre y cuando las palabras son entendidas para que puedas aproximarte a la forma de la sensación a través de la comprensión. Volvemos a Sara: “No solo leemos esos sentimientos, sino que la manera en la que se sienten en primer lugar puede estar atada a una historia de lecturas, en el sentido de que el proceso de reconocimiento está ligado con lo que ya sabemos”. Y parafraseo de vuelta para que no quede una cita tan larga (que mágico cuando un párrafo remite a otro para ocultar la falta de destreza en su construcción) diciendo que el dolor que sentimos es resultado de sensaciones (ella dice impresiones, lo siento, Sara), que frecuentemente están ocultas.

IDLSIDGO (hace mucho que no salgo afuera)

A todo esto: ¿quién quiere al dolor?

Nuestras fronteras, esas cosas que hacen que expresarse por ahí sea bastante complicado, funcionan (como toda frontera) no solo para que lo de adentro no salga sino también para que lo de afuera no entre. Pero bueno, las cosas entran igual (¡I’m gonna build a wall!).

Ahí hay un redescubrimiento de lo corporal. Me parece fascinante cómo un texto, un gesto, o un sonido puede trascender esas fronteras y hacer que te des cuenta de tu cuerpo. Como cuando te caés y te lastimás el anular de la mano derecha y pensás: “bueno, total no lo uso tanto

Y la tristeza que entra, que toma una forma nueva dentro de nuestros márgenes, se traduce fácilmente como una herida. Por lo que cada pasar por esa cosa que ingresa (como me pasa a mí cada vez que escucho Peanut y como te pasará a vos cada vez que blank), es como sacarse la costra esa que se forma cuando te raspás porque la motricidad fina te juega más en contra que a favor (perks de no saber usar el cuerpo).

Entonces lo cotidiano se vive de manera bastante neutra, automática, y estas alteraciones nos recuerdan nuestros límites. El dolor y la tristeza devuelven la consciencia del habitar un cuerpo y un espacio, y por ende ayudan a que nos ubiquemos en relación con otros cuerpos.

Y acá ya no hay canción que valga aunque todo gira un poco en torno a lo mismo. Como seres sociales que somos, constantemente interactuamos con la otredad en diferentes claves, cada una con una respuesta (esta persona me cae bien – esta persona me cae mal / este vínculo lo mantengo – este no lo quiero).

Volvemos a las fronteras, a la diferenciación que hace que me ponga en línea con Earl y con Nico a pesar de que lo que escucho de su dolor sea solo un pantallazo. Erigir una separación con la otredad le otorga indefectiblemente un significado y un valor. Pero esa división se hace en base a elementos que nacen de la mediatización, ¿cómo sabemos la realidad de las cosas? La ¿fisionomía? que adquiere algo esencial sólo es una en un infinito de posibilidades (las cosas que se dijeron y se pueden reformular, las decisiones inconscientes). Las fronteras se levantan sobre los cimientos de la lectura de una espontaneidad completamente azarosa y tenemos la osadía de defender su solidez a capa y espada (habría que renovar el dicho, medio medieval todo, supongo que ahí está la gracia ¿quién pelea a capa y espada hoy en día? Perdemos épica a cada paso, pelearemos con emojis de pistolita de agua).

Qué tanto más difícil es entonces expresar la tristeza si además de encontrarle un cuerpo a lo abstracto en un catálogo cuanto menos mezquino tenemos que tener presente la economía de las relaciones para no terminar en el rechazo.

Nowhere2go (estuve viviendo lo que escribo)

Encerrados en y por nosotros mismos y definidos y separados por los de afuera. Con razón el lenguaje (soy consciente de que no estoy descubriendo el fuego), con razón las ganas de volcar todo en el discurso público.

Kotarba dice que el dolor se experimenta en la privacidad, pero que puede trascender si quien lo sufre se lo comunica al resto de manera activa. Esto es lo que hacen Earl y Nico, y vos y yo, y cualquiera. Porque como seres sociales, y pensando al dolor como reconfigurador y esclarecedor de la ubicación propia y de los demás, hay una necesidad implacable de comunicarlo a la otredad. Por eso el dolor y la tristeza jamás son privados.

Como testigos del dolor y la tristeza de Earl, de Nico, de quien se te ocurra, damos una vitalidad por fuera de los límites fronterizos. Una vitalidad con un carácter esencialmente misterioso en tanto y en cuanto observamos algo que jamás podremos comprender en su totalidad.

Ontheway! (con la seguridad derretida en un flash, bang)

Y sin embargo nos conmueve y moviliza. El misterio funciona como condimento fundamental de la empatía que permite dar una respuesta al dolor observado y que resignifica el nuestro. Implica salir del entumecimiento y reconocer la inaprehensibilidad de la tristeza propia y ajena, que se limita a un juego de reconocimiento. El vínculo con la tristeza no pasa entonces por la utilización de nuestro propio conocimiento sino por la valentía de dar un salto al vacío, es casi un asesinato de un ego más o menos descifrado en pos de acercarse a otro (te quiero tanto que ya no me quiero ni un poco). Requiere de una desnudez sentimental hasta las bases mismas, para que la sensibilidad imposible y mediatizada de la otredad nos atraviese y adquiera una nueva vida más allá de sus fronteras, a la espera de que los mensajes sean desencriptados, a la espera de la respuesta a la necesidad de cariño que está presente (implícita o explícitamente) en el discurso, para que a pesar de que la sensibilidad se sepa condenada a una inescrutabilidad perpetua al menos sienta que del otro lado hay alguien que llora porque tampoco sabe ser humano.

 

 

 

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