Un mundo para los ar-(r)uinados

[The Strokes. Ode to the mets. Julian Casablancas. The Voidz. Vida. Arte. Narración. Literatura. Tiempo]

I lost what’s mine
Little habibi
I lost what’s mine
Trust in systems of the law
I lost what’s mine
Somebody (Help!)
The Voidz, QYURRYUS

por María José Fontao (@jofontao)

Hola, acá estoy sentada de nuevo, es martes y estoy trabajando en la librería. Lucho contra la idea, bah, más bien contra el imperativo de tener que consultar determinada bibliografía para escribir algo posible de ser publicado. Como siempre quiero escribir sobre lo que me atraviesa el cuerpo, porque el texto es eso: yo desnuda frente las cosas, el mundo pasando a través de mis piernas como el viento fuerte que hay en las plazas de las costas atlánticas. 

Este ensayo ya estaba escrito pero dio un vuelco. Porque reconocí que lo que tenía que ser escrito era otra cosa. El arte es inútil, y bello. Sí, lo dije en varios ensayos. ¿Y la vida? La vida narrada – lo trabajé en el último– bueno: qué pasa con la vida que se me está escapando de las manos, qué pasa con esa vida adulta que se me impone -que me imponen todos mis exs ahre-, qué pasa cuando las cosas no paran de pasar. Es irónico, lo digo desde mi postura: yo quiero ser la adolescente infumable para siempre, y quizás con suerte convertirme en esa vieja que no te querés cruzar en una navidad porque va a hablar sobre sus hazañas sexuales y te va a invitar a ir al kiosco a comprar cigarrillos. 

Sí, este es un ensayo en favor de envejecer y sobre los Strokes, sobre Ode to the mets. Sobre la juventud que se me escapa de las manos y sobre un mundo hecho para pubertos, no para gente con pasado, para gente obsoleta, para gente que necesita ser cuidada.

Así que, si bien me prohibieron que siga escribiendo una especie de crónicas sobre mis gustos y sobre mis problemas acá: oh shit, here we go again.

Los vacíos y los daños cerebrovasculares

Conocí a los Strokes gracias a un amigo, es cómo mi gran sensei musical – creo que todos tenemos uno, pocos lo admiten- y pasé la gran parte de mi adolescencia aprendiendo sobre música para gustarle a los varones – otra verdad que pocos se animan a admitir-, también me la pase jugando a la play, pero ese siempre fue un gusto genuino y bastante oculto que no utilizo como herramienta para ganar en ningún sentido. 

Arranqué con el álbum Is this it y me gustó, sí, pero tampoco me hizo volar como cuando escuche Julian Casablancas+The voidz y creo que esto es de lo que voy a hablar de alguna manera: la transición de la figura de Julian Casablancas a través de sus dos bandas y el sentido de obra que leo en él. En realidad, del movimiento que hace en el último álbum de los Strokes: una oda a la pérdida de la juventud, entre otras cosas que quise abarcar y decidí dejar caer. 

Un mundo para los ar-(r)uinados

I’m gonna say what’s on my mind
Then I’ll walk out, then I’ll feel fine
( Ode to the mets- The Strokes)

Julian Casablancas logra, con los Strokes, dar el primer paso para lograr adentrarse en el campo al que denomino “ hacer lo que se le canta el orto”. Con los Strokes logra hacerse de las herramientas que le provee la industria: fama, reconocimiento, plata. Mucha plata. Deviene la figura que el mundo estaba esperando, él es el redentor del rock, aquel joven arrojado al mundo capaz de resucitar al ya convaleciente género musical. Julian hace lo que hizo Nirvana en su momento, se vende a Mtv, tira buenos – y sensuales- videos musicales, se viste de una manera particular, la banda crea su propia estética y le dan mucho a la guitarra -sí, dije con total impunidad, “le dan mucho a la guitarra”. Logran la entrada a la Industria, se vuelven un producto, se venden y son bien recibidos por el público internacional. Resucitan al rock pero no tienen como misión ser los Pixies. Creo que este es un movimiento obligatorio que toda banda del siglo xxi debe realizar si es que pretenden llegar lejos, tener “ futuro”. Hacer algo más que pagarle a un bar para ir a tocar, o sostener la banda con clases de música, recibir algo más que una pizza y una birra, que te vaya a ver alguien más además de tus amigos. 

Julian se hace de las herramientas necesarias para solventar el proyecto artístico que realmente quiere tener – lo 100to fanas de los Strokes, lo ha dicho en varias entrevistas – The Voidz, una banda experimental que se agarra del rock para dislocarlo a partir de la distorsión de la voz y el sonido en sí, y lo nutre de géneros abandonados por la industria internacional. Las letras dialogan con las de los Srokes pero el sonido es distinto, es la voz poética de Julian, mejor: es la búsqueda de su voz poética, y acá aclaro que la voz poética es otra cosa distinta al lenguaje, es otra manera de hablar la lengua, es un lenguaje que se aproxima más a la experiencia, es una búsqueda donde el objeto siempre se escapa y re-huye a ser captado. Es lograr hablar el mundo desde una voz propia. Entre The Voidz y The Strokes las letras no cambian, todas son de él, cambia la aproximación al objeto a partir de un posicionamiento político más severo, más claro, más legible. Los temas de The Voidz no constituyen canciones que uno le puede compartir al sujeto amado, son canciones para uno, son temas que te interpelan y no se comparten.. 

Julian Casablancas hace un doble movimiento: usa la industria a su favor, hace lo que todos deseamos hacer – Julian somos todos laburando para sostener los proyectos artísticos que nos gustan, aquellos que no generan plata pero nos otorgan bienestar. La dignidad de dedicarnos a hacer lo que queremos hacer, ser dignos y fieles, cumplir con una suerte de mandato, sentir que uno vino al mundo encomendado al arte y logra solventarlo, hacerlo sin importar quien escuche. Tener la oportunidad de lograr experimentar, de obtener dentro de la industria la plata y el reconocimiento necesario para poder borrar al otro de la charla, decir lo que uno está encomendado divinamente a decir, no decir lo que esperan de uno y que esta dislocación sea acompañada a través de la distorsión del sonido y de la misma voz. El mensaje es uno pero en la escucha se torna borroso y desesperado. 

Y luego el batacazo que constituye el último disco de los Strokes, donde suena claramente la influencia de su segunda banda, su preferida. Si se escucha con atención la distorsión está, la poesía se vuelve más hosca y autorreferencial, es una oda el álbum entero a su recorrido musical, a su juventud, a la juventud cómo concepto en sí, a la infancia – el paso del tiempo, el tiempo que constantemente es porvenir. Cosas que pasan y no paran de pasar, mientras los amigos mueren, la gente desaparece, el Estado y los políticos son una garcha potente, mientras uno toma decisiones estúpidas. El tiempo que pasa mientras esperas que tus amigos dejen de hablar siempre las mismas cosas y finalmente: algo, realmente, algo al fin pase. 

Life is too short
but i will live for you

Julian marca constantemente el límite entre su subjetividad y la de los demás – para Casablancas sólo existe aquello que percibe – los árboles que caen son los que él escucha, y él destroza árboles que sólo pocos escuchan y denota que hay gente que no sabe escucharlos. El yo poético es consciente de que el mundo es nombrado y el “ser”  es una medida humana por lo tanto ¿cómo medimos lo inhumano? ¿cómo nombramos lo natural “invisible” a través del lenguaje humano? Cómo nombrar la pérdida, cómo nombrar el paso del progreso frente los ojos de aquellos que no logramos adaptarnos y nos entregamos al envejecimiento: a la vida. Ese es el camino de Julian, articular un lenguaje poético que logre nombrar su experiencia subjetiva, sobre habitar el mundo que lo rodea, lograr de algún modo nombrar la experiencia y denunciar la industria desde el interior de la misma, volverla suya, apartar intermediarios. 

Él crea algo más grande, una vez que el texto-obra es acabado y se convierte en arte el texto habla otros sentidos y dialoga con otros textos, interpela y da sentido a secuencias de vida. Julian Casablancas es el cantante en Killing me softly, sus canciones productos de su subjetividad y de cómo él logra decir su mundo: objeto cerrado que se abre al público como un hecho general, es fácil encontrarte en sus canciones, es fácil hablar las canciones de Julian cómo propias. 

Más allá de eso, pocas bandas ponen la letra como actor principal en una canción, pocas veces hay un juego entre la letra y el sonido, el resto son sólo canciones. Acá hay hasta críticas sobre las personas que escuchan sus canciones. Hay un paisaje sonoro, lo instrumental se enlaza a su voz para narrar lo que de entrada en Ode to the Mets – el último tema del disco- nos anticipa: todo lo que se cuenta es sólo un relato más. Una visión de la pérdida. 

¿Puede ser Julian el Ángel de la historia,  contemplando y manifestando en su estilo glitcheado la pérdida de su juventud?

Yo creo que sí. 

Life is such a funny journey

Y cuando dejas de ser joven ¿qué haces? Cuando ves cómo uno a uno tus amigos van cayendo. Las distancias se expanden y de pronto es más fácil caer en la figura del ermitaño. ¿Por qué nos cuesta imaginar la vejez como un mundo posible?. Yo creo que Ode to the mets termina con el alarido final de un niño que está luchando por no crecer, porque este mundo no está hecho para los adultos. Por eso el rugido final es ronco, doloroso y vergonzoso. En un mundo donde se envejece solo, el último alarido de juventud te atraviesa la garganta así: a la espera de un corazón inocente, alguien que te quiera cuidar y ser cuidado. 

En fin: las cosas se pierden. Estamos todos desnudos en la misma playa y las cosas nos pasan entre las piernas como la brisa marina, fuerte e inoportuna. Pero como dice Julian: al final el océano se lo traga todo. Pero, más allá de todo como dice una canción que me gusta un montón ” no tengo curiosidad por ver las cartas cerradas, todo lo que quiero es no esperar nada”. Ignoremos todo, querido lector, vivamos en la ignorancia de que estamos vivos y acá las cosas pasan; sí que el océano se lo traga todo, es una verdad, pero lo miremos sin titubear con indiferencia. La indiferencia con la que se merece ser observado el paso del tiempo: ese es un acto de revolucionario. 

Hay que salir del agujero interior
Sacarle a la vida la ropa interior
Patear el tablero en otra dirección. 

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