Un pasito más atrás: transporte público e infelicidad

[Transporte público. Política. Espera. Depresión. Líneas. Stress. DMR. Escala de disfrute. Subte. Colectivo. Tren. Clases sociales]

por Emilia Pioletti (@milipioletti)

Me quita años de vida el transporte público de esta ciudad. Me deprime, me hace sentir indigna, me cansa. ¿Hay estudios hechos sobre las consecuencias psicológicas de viajar año tras año peor que las vacas en un camión?” 

Viajar en el transporte público de Córdoba destruye el autoestima de cualquier laburante.” 

“Me sentía muy desgraciada y sentía que estaba perdiendo tiempo valioso de mi vida y horas de sueño, me ponía de mal humor y pensaba justamente eso: me está quitando años de vida.”

“Hoy hablé de eso en terapia”

“Siempre dije que me siento miserable cuando viajo en hora pico.”

“El Sarmiento me cagó la vida y no exagero. Llevo 20 años arriba de la esa mierda y me arruinó. Ese tren saca lo peor del ser humano.”

“He llegado a llorar por lo agotador y la impotencia que me generan los embotellamientos”

“Esta semana me sentí así, horrible. Colas interminables para viajar parada una hora con gente que te empuja, te mira mal y corren a colarse si te descuidaste un segundo. Nada me hizo sentir más baja como persona que vivir esta situación día a día”

Me quita años de vida: transporte is killing me softly

Según proyecciones del Banco Mundial, para 2030 la población mundial superará los 8500 millones de personas. A más personas, más necesidad de transporte público. Según ONU HABITAT, “en algunas ciudades, la separación física entre las áreas residenciales y los lugares de empleo, mercados, escuelas y servicios médicos obligan a muchas personas a pasar cada vez más tiempo y a gastar en torno de una tercera parte de sus ingresos en transporte”.  El transporte público suele abordarse prioritariamente desde un enfoque económico y logístico: una buena infraestructura de transporte es fundamental para conectar a las personas con sus lugares de estudio, de trabajo, con los servicios de salud y así mantener la rueda productiva. Pero existe un enfoque que queda por fuera de todo abordaje y los estudios existentes sobre transporte público: la salud psicológica de quienes lo utilizamos.

Según el índice MOOVIT, en Córdoba las personas pasan un promedio de 1:04 horas por día dentro de un transporte público. Si a eso le sumamos los 21 minutos promedio de espera, llegamos a 85 minutos del día estando a disposición de un transporte.  Una hora y veinticinco minutos al día, que quienes vivimos o hemos vivido en Córdoba bien sabemos puede extenderse a casi dos o más. Son casi 17 días al año. Más que los días de vacaciones que muches solemos tener.  

En Buenos Aires el promedio de tiempo que las personas viajan en transporte público, hacia y desde el trabajo, en un día laborable, es de 79 minutos pero más del 80% de pasajeres pasa más de dos horas en dicho transporte.  Más que en Hong Kong, donde pasan 1:13 horas dentro de algún transporte público.  El promedio de espera es de 14 minutos pero el 41% espera más de 20. En total, una hora y treinta y tres minutos de cada día en un subte, un tren o un colectivo o, en su defecto, esperándolo. ¿Días al año? 20. 

V e i n t e.

En el Top Ten de Líneas de Tránsito Más Concurridas de Google,  lidera el ranking el Tren Urquiza de Buenos Aires. En el puesto #3, la Linea A y en el #6, la Linea C, de CABA. EL 30% de las líneas más amontonadas del mundo, pertenecen a Argentina. Y además, en los últimos 4 años, el precio del boleto subió hasta un 700%. 

“En el subte en hora pico se rompe tanto el contrato social que sentís todo el tiempo que un empujón más y alguien empieza una guerra civil”, me dijo una amiga hace unos días.  Resulta urgente abordar el transporte público desde un enfoque, además de económico logístico e infraestructural, más humano. La relación entre calidad del servicio público, precio, nuestra salud psicológica y estado emocional constituye un gran vacío teórico que se traduce en ausencia de este enfoque en el diseño de política pública. Porque no puede ser coincidencia que todes tengamos cara de orto en el subte, los empujones e insultos sean moneda corriente y su mal funcionamiento forme constantemente parte de nuestras charlas diarias y se cuele en nuestra narrativa cotidiana.  Y allí es en donde empezamos y terminamos nuestro día: todo lo que es querer morir.

En los estudios “Relación entre los desplazamientos y los resultados de salud en una encuesta de población transversal en el sur de Suecia”  y ¿Autopista hacia la salud? Tiempo de viaje y bienestar entre adultos canadienses arrojan los siguientes resultados: 

1) Coinciden en que existen pocos estudios sobre algo que debiera ser parte de las discusiones en políticas públicas sobre transporte 

2) En las personas evaluadas, se percibió stress mientras o inmediatamente después del desplazamiento en transporte público 

3) El stress se incrementa según la duración del viaje, la falta de predictibilidad del tiempo, de control y, sobre todo, el amontonamiento.

4) El mayor tiempo empleado en movilizarse, está asociado con niveles más bajos de satisfacción de vida y es algo que se sigue intensificando con el sentimiento de presión y pérdida de tiempo.

Stress, tiempo perdido, amontonamiento y sensación de falta de control: no tenemos poder cuando a nuestro tiempo – a nuestra salud psicológica- lo manejan otres.

¿El peor momento del día? El peor momento del día

Los estudios disponibles muestran que el tiempo que dedicamos a movilizarnos afecta negativamente nuestro nivel de satisfacción y de felicidad global y sugieren que a la hora de elegir un trabajo, tengamos este factor en cuenta: un sueldo alto no anula el estrés que puede provocar el hecho de que ese trabajo nos quede excesivamente lejos. Bueno, esos expertos no viven en Argentina donde a veces no te queda otra y el trabajo tampoco es tan bueno: la crisis económica exacerba todos estos problemas porque nos deja con menos opciones y achican los límites de lo asequible.

A su vez, no hablamos solo del tiempo en sí que pasamos encima de un transporte público, si no, de toda la preparación previa: suena el alarma del celular, la ducha, vestirse,  el desayuno y, después, la espera. Una mamushka de tiempo perdido para ir a perder más tiempo: el tiempo de preparativos determinado por el tiempo que preveemos nos llevará esperar el colectivo  en donde seguramente perdamos más tiempo por el tráfico. En el subte, el tiempo de la pantalla que siempre miente y se actualiza, y prever que puede que el altoparlante y el temido “Metrovias informa” nos diga que hay servicio limitado por un problema en una formación o lo que sea.

Cómo no deprimirse.

Daniel Kahneman, un profesor de psicología de Princeton y Premio Nobel de Economía desarrolló algo llamado Método de Reconstrucción del Día (DMR, en inglés). El DMR es una herramienta que, a través de la narración del día de una persona, elabora una especie de “escala del disfrute”.

En un estudio DMR sobre 919 mujeres en Texas, EEUU, el sexo y la interacción social ocupaban los primeros puestos en la escala. ¿El último? El transporte al trabajo, entendido por las encuestadas como “el peor momento del día”.

De esta forma, y lejos de militar el ajuste, los medios de transporte activos, como ir en bici o andar, son los métodos más beneficiosos porque esa actividad física produce un disfrute intrínseco y una sensación de relajación. Cierto, pero en ocasiones impracticable. La cuestión es que no todes tenemos una bici, no todes vivimos relativamente cerca de nuestros trabajos para no llegar con olor a circo, y sobre todo, no todes vivimos en zonas urbanas. 

Colas: el arte de esperar, esperar, esperar y desesperar

Tomando el promedio de espera del transporte público, pasamos 5,25 días esperando un transporte público. Una semana hábil entera haciendo una cola: estando a disposición de lo que les otres deciden para nuestro tiempo.

Para el sociólogo argentino Javier Auyero, en su trabajo “Los pacientes del Estado”, las filas de espera son un capital político para la dominación y el sometimiento. “Los que menos tienen, esperan infinitamente más que los sectores medios, y esas esperas no son inocentes: si pierdo mi tiempo, pierdo también el tiempo de hacer otras cosas”. Las esperas infligidas están investidas por una idea cotidiana: que es normal ESPERAR.

En este sentido, Auyero dice que “hacer esperar es una herramienta de control para el poder que les permite vigilar y castigar. A la vez, genera una subjetividad: quienes creen que ‘deben’ esperar y que, en ese sentido, actúan como buenos esperantes”. Las esperas son usadas por los gobiernos como herramienta represiva pero pasiva

Además continúa diciendo que hacer esperar a la gente, pero sin desesperarla al máximo, es parte constitutiva del proceso de la dominación, y es algo que pasa en todas las clases, pero con una carga subjetiva mucho menos dramática: no es lo mismo que hacer cola en un hospital público o por un cupo en una escuela que por una entrada a un festival. Como excepción, las clases altas, casi no esperan. Las clases altas nunca esperan. 

Próxima parada

En conclusión, el hecho de pasar 20 días completos al año dentro de un transporte público, provoca estrés porque conlleva una sensación de falta de predictibilidad y control, además de aburrimiento (sí, si tenés suerte y podés sentarte, podés leer un libro, pero no sucede siempre), aislamiento social, ira y frustración por los atascos de tráfico, lo que se traduce en mal humor e irritabilidad cuando llegamos al trabajo y a casa. Cuanto más larga es la distancia entre tu casa y el trabajo, menor es el tiempo que se dedica a actividades físicas, sociales y familiares, menos son las horas de sueño y usualmente la alimentación es de menor calidad: si llego a casa a las 22 horas después de un día de mierda, y pasaron 3 subtes y no me pude subir a ninguno, lo más probable es que llegue a casa con ganas de romper todo y termine llamando al delivery para pedir una pizza.

¿Cómo cortar en algún lado este círculo vicioso de esperas inflingidas, mal humor diario y sentirse atade de pies y  manos porque igual no nos queda otra opción que usar el transporte público? No lo sé. Esta nota pretende ser un disparador y el inicio de un mapa que nos de alguna idea. En primer lugar, observar la falencia en los abordajes: las emociones y el estado de ánimo social deben ineludiblemente formar parte del desarrollo de políticas públicas. Las políticas públicas de transporte no sólo forman parte de la infraestructura urbana y de políticas económicas: son parte de la salud pública porque hacen a la felicidad y a la dignidad de todes nosotres. 

Y no deberíamos olvidarnos de eso.

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