Una idea del amor que nos tocó compartir

[Amor. Eros. Annne Carson. Wong Kar Wai. Happy together. Maggie Cheung. Tony Leung. Kurt Vonnegut. Payasadas. Madre noche. Aristofanes. Giorgio Agamben]

“Amor.
Tus rostros
muy antiguos  recientes
tienen el don de volverme a mí misma.
De revolver escondrijos
sacar a la luz las raíces que aún permanecieran enterradas…
y la necesidad
la sed
las ansias”.
Glauce Baldovin

 

por Julián del Vecchio (@julian.delvechio1)

¿Qué se puede decir de los grandes artistas sobre los cuales ya se dijo bastante? ¿Dónde se puede ubicar la mirada? Justamente eso, imprimirle desde uno mismo un significado, un sentido, a una obra sobre la cual muchos dijeron mucho. Como una especie de auditorio donde el artista se sienta al medio y es interrogado, criticado, aplaudido. Y, en definitiva, ¿por qué Wong Kar Wai me motiva a escribir algo?

Eros: el Dulce-Amargo

Hace un tiempo estaba leyendo unos ensayos sobre Eros, de Anne Carson, subtitulado el Dulce-Amargo. A partir de ahí – sumado a una serie de contingencias personales que no enriquecen este texto más que como dato de partida -, se abrió ante mí un nuevo lugar de interrogación. En mi último ensayo (muy aburrido hasta para mí) decía, influenciado por el psicoanálisis (o gente cercana que conoce del tema y me enriquece con sus diálogos), que no sólo hay que habitar la pregunta, sino también soportar vivir ahí. Entonces el Eros me aborda y se erige como una pregunta inevitable. Y ahí entra la obra del director hongkonés.

Sus dramas románticos, finamente estilizados por el trabajo de fotografía realizado por Christopher Doyle, el vestuario, y la música siempre melódica y melancólica. El cine de Wong Kar Wai, como bien lo define una plataforma digital que está programando sus películas, gira en torno al amor. O será mejor decir al Amor, en un sentido amplio. No a la reducción del mismo al espectáculo del llanto, las sonrisas, y las caminatas por las grandes ciudades, que muchas veces predominan en la industria del cine. Una industria cada vez más parecida a las fábricas de la revolución industrial por las que circula mil veces el mismo producto. Una industria cada vez más ajustada a las tendencias algorítmicas. Olivier Assayas dice que al arte sólo le concierne lo que afecta a lo humano, lo humano en sus múltiples capas, es decir su rostro y lo que se oculta detrás de él. Entonces, el arte de Wong Kar Wai es el del Amor y sus múltiples capas y rostros. Algo que refleja en sus diferentes localizaciones, escenografías, guiones, historia de sus personajes.

Los personajes de Wong Kar Wai (que suelen ser siempre los mismos: Maggie Cheung y Tony Leung) están rotos. En el inicio de una de sus películas aparece en la pantalla negra una escritura que dice: “Todos los recuerdos son huellas de lágrimas”. Son sujetos que llevan una carga. Pero no una carga pesada, que explote en emociones violentas. No buscan tampoco en el otro el arreglo, el sentimiento de volver a estar pleno. Los protagonistas de estas historias llevan una carga de forma resignada. Llevan sus dolores como uno lleva un libro grande en su mochila, como los lleva la gente que no está en las pantallas. Viven en departamentos pequeños alquilados, comen arroz y fideos, caminan la ciudad, continúan con sus trabajos. Así, en In The Mood for Love, ambientada con una pieza musical de Shigeru Umebayashi que por sí sola convoca al recuerdo y a las lágrimas, dos protagonistas sufren una infidelidad y se acompañan a medida que atraviesan sus duelos para algún día poder enamorarse. Así, en 2046 un escritor se propone hacer un libro de ciencia-ficción futurista pero termina hablando de los amores del pasado. Así Chungking Express tiene personajes que trabajan de policía, o camareras. Así Fallen Angels (“finalmente me enamoré por primera vez”) se desarrolla en una ciudad llena de carteles luminosos y escenas en moto. El mundo de Wong Kar Wai es nuestro mundo, con una mejor puesta en escena. Y en todas y de fondo: el anhelo.

De toda su filmografía me gustaría en particular referirme a Happy Togheter, un drama romántico de 1997. El interés del tango en Wong Kar Wai es manifiesto en todas sus películas, pero en esta no sólo incluye en su soundtrack canciones de Astor Piazzola y  Caetano Veloso, sino que el director hongkonés decide filmar en Argentina. Happy Together es un film argentino. Una pareja homosexual de inmigrantes orientales en Buenos Aires con un vínculo violento en el cual el protagonista (Tony Leung) es abandonado constantemente por su pareja (entregado a la noche porteña), y constamente buscado para reintentarlo. La ruptura y la reconciliación en un círculo eterno del cual no pueden salir. Desde el inicio, el monólogo de Lai Yiu-Fai dice: “Ho Po-Wing siempre dice: volvamos a empezar. Y siempre me convence. Hemos roto y vuelto a empezar varias veces. Y cuando dice volvamos siempre acabo haciéndole caso”.  Remarcado esto en medio de la carretera que los conduce a conocer las Cataratas del Iguazú, sueño compartido que se proyecta en una lámpara hermosa, que es un objeto repetitivo en el film: “Dice que estar conmigo es aburrido, que deberíamos tomarnos un descanso y quizás empezar de nuevo algún día. “Comenzar de nuevo” significa cosas diferentes para él”. Y en esta frase no sólo podemos vislumbrar una de las caras de un vínculo amoroso sino quizás empezar a esbozar una idea del amor de la generación que nos tocó compartir: el amor sometido a la promesa de felicidad, de diversión, de pequeñas experiencias. Un amor parecido a las mercancías de consumo. Un amor espectacular.

¡Nunca Más Solos!

En Fragmentos de un Discurso Amoroso, Roland Barthes expone claramente que el amor es un vínculo entre sujetos. Los fragmentos discursivos en casi todas sus definiciones repiten la palabra vínculo, o la idea de un sujeto amante y otro amado. Esto también se refleja en los escritos mencionados de Anne Carson. Para no extenderme tanto quisiera tomar solo dos o tres fragmentos de este libro para analizar la película. En primer lugar, lo fastidioso. Decía que el protagonista es abandonado por la noche porteña. Es que la película transcurre en un bar de tango de la capital, y en el barrio La Boca, donde alquila una habitación el personaje. La noche con tango de fondo, donde corren los demás vicios: el alcohol, las drogas, la prostitución. Roland Barthes define lo fastidioso como el “sentimiento de celos tenue que se apodera del sujeto amoroso cuando ve el interés del ser amado captado y desviado por personas, objetos u ocupaciones que actúan a sus ojos como otros tantos rivales secundarios”. E inmediatamente esto nos lleva al otro término, que es (incluso más importante que el ciclo de ruptura y reconciliación) el concepto central de esta cara del amor: la unión.  El sueño de unión total con el ser amado. Perdón que me desvíe, pero creo que esta es una oportunidad única para mencionar a mi escritor favorito: Kurt Vonnegut. En dos novelas de él aparece esta idea de unión. La primera es Payasadas, una novela en la que dos hermanos vivían en una isla para ellos solos y que, a pesar de sus deficiencias, funden sus mentes en una única. Ellos eran felices hasta que descubren que uno de ellos, Wilbur Rockefeller Swain, tiene la capacidad de entender, leer y escribir, por lo que son separados e inmersos en el mundo de la gente común. Esta sensación de soledad lleva al personaje a ser candidato presidencial con su propuesta de ¡Nunca Más Solos!

La segunda, Madre Noche, en la que Howard W. Campbell Jr, un escritor estadounidense que vive en Alemania a inicios de la Segunda Guerra Mundial, transmite discursos favorables al nazismo mientras comunica en código información valiosa para la causa aliada, aún sin entender qué está comunicando. Lo único que desea el protagonista es volver al mundo para dos que habían construido en su casa con su mujer. Un mundo para dos que era la felicidad: “Solo contaba una cosa. La nación de dos. Y cuando esa nación dejó de existir, me transformé en lo que soy hoy y lo que seré siempre, un desterrado”. Este mundo para dos, esta unión total, no es posible. Es una imposibilidad. Ante esta evidencia el sujeto amante sufre. La experiencia dulce-amarga del Eros, del amor. Cuando el sujeto inhala a Eros, aparece en su interior una súbita visión de un yo distinto, tal vez un mejor yo, compuesto de su propio ser y el del amado. Traída a la vida por el accidente erótico, esta ampliación del yo es un suceso complejo y desconcertante. Cae en el ridículo con demasiada facilidad. Anne Carson pone como ejemplo la fantasía del amante de Aristófanes: el mito de los seres redondos. Según este mito, en su origen los seres humanos eran organismos circulares, cada uno compuesto por dos personas unidas en una esfera perfecta. Rodaban por todas partes y eran extremadamente felices. Pero las criaturas esféricas se volvieron demasiado ambiciosas y planearon rodar hasta el Olimpo, así que Zeus partió cada uno en dos. Pero el Eros, el deseo, es una cuestión de límites. Así, el fastidio se da porque lo que peligra es la unión total. Este es el dilema central del protagonista de Happy Together. Luego de sufrir agresiones físicas, Ho Po-Wing vuelve al hogar de Lai Yiu-Fai. El cuidarlo, encerrado en su pequeña habitación para ellos dos, se encuentran nuevamente amándose. Incluso tras la distancia y la hostilidad marcada en un principio, terminan bailando tango en la cocina común del complejo de apartamentos (una de las escenas más bellas y conmovedoras que vi en mi vida). Pero cuando este se cura y puede salir, el límite se impone de nuevo. “No quería que se aliviara tan pronto. Esos días fueron los más felices”. El deseo es un anhelo. En el cine de Wong Kar Wai, mucho más fuerte que la imposibilidad, el anhelo es la piedra angular.

Idea del amor

Giorgio Agamben, en su libro Idea de la Prosa, un libro que entiende el término ideal en su sentido más teórico (que no existe más que en el pensamiento, un modelo arquetípico, un conjunto de ideas y creencias) expone una idea del amor: “Vivir en la intimidad de un ser extraño, y no para convertirlo en más cercano, para volverlo conocido, sino para mantenerlo extraño, lejano, más aún: inaparente. Tan inaparente que su nombre lo contenga todo. Incluso en el malestar, día tras día no ser otra cosa que el lugar siempre abierto, la luz imperecedera en la cual aquel, aquella cosa permanece para siempre expuesta y entre muros”.

Después de ver su filmografía, el ideal de amor de Wong Kar Wai es el de amar el amor. A pesar de haber utilizado como recurso de su obra repetir personajes y actores, el cine de Wong Kar Wai funciona como una explosión de lenguaje en el curso del cual el sujeto llega a anular al objeto amado bajo el peso del amor mismo: por una perversión típicamente amorosa, lo que el sujeto ama es el amor y no el objeto. El amor tiene por objeto no directamente la cosa sensible, sino el fantasma: es simplemente el descubrimiento del carácter fantasmático del amor.

 

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