Uncut Gems y la inercia como modo de existir

[Uncut Gems. Inercia. Velocidad. Howard Ratner. Adam Sandler. Kevin Garnett. Mark Fisher Paul Virillio.  Automatismo]

por Nicolás Guzman (@nnicoguzmann)

No es una novedad: hay películas que interpelan nuestra subjetividad de manera incómoda al ofrecernos personajes moralmente cuestionables con los cuales, sin embargo, empatizamos. Filmes que no apelan a la condena moral sino que nos enfrentan con las formas propias que tenemos de enfrentar la vida cotidiana, solo que llevadas al extremo en un intento de desenmascarar su absurdo. Uncut Gems (Diamantes en bruto), la última película de los hermanos Safdie, es un thriller que sigue esa línea al contarnos la historia de Howard Ratner, un turbulento joyero de Nueva York agobiado por las deudas pero, más que nada, por su adicción a las apuestas y al dinero. Su historia, un retrato de la obsesión de un hombre por su trabajo y de su ambición desmedida, termina convirtiéndose en una fábula acerca del vertiginoso ritmo de vida imperante en las grandes ciudades y su capacidad de sumergirnos en una espiral de estrés y tensiones de la que parece difícil escapar.

La velocidad como estilo de vida

En una de las primeras escenas de la película, el protagonista Howard Ratner (Adam Sandler) enfrenta en el fondo de su local una situación que, con diferentes pormenores pero idéntica en esencia, se repetirá en numerosas ocasiones: la subordinación de sus afectos, su ética, o hasta su racionalidad, al único principio que parece ordenar su vida llena de insatisfacciones: la ambición por ganar más dinero en el marco que le provee su oficio de joyero. En dicha escena, el empleado del showroom en el cual exhibe sus piezas de joyería amenaza con renunciar luego de haber sido golpeado por dos matones que buscan a Howard para cobrar una deuda de cien mil dólares que tiene con un pariente. En última instancia, intenta apelar a los sentimientos del dueño, recordándole su lealtad y que lo ayudó a sacar adelante el negocio durante varios años. Howard, sin embargo, casi no lo escucha, y acepta sin inmutarse su renuncia, obnubilado por el paquete que acaba de recibir por correo: un ópalo negro proveniente de Etiopía, conseguido a través de dudosos medios y que es, para el joyero, una oportunidad única de hacer muchísimo dinero al revenderlo por una cifra mucho mayor. Minutos después, se dirige al frente de su local para atender a la estrella de la NBA Kevin Garnett (quien se interpreta a sí mismo), y no puede evitar alardear de su recién llegada gema. Garnett, convencido de sus propiedades energéticas, lo convence de tomarla prestada para llevarla al partido de esa noche y así mejorar su rendimiento. A cambio, le deja su valioso anillo de campeón de la NBA, el cual Howard rápidamente empeña a cambio de veinte mil dólares. Luego, es presionado por su familiar para que le pague lo que le debe, pero en lugar de usar esos veinte mil dólares para abonar aunque sea una parte de su deuda, decide arriesgadamente apostarlos, porque, como él mismo explica cerca del final de la película al compararse con el propio Garnett, “así es como él gana”. ¿En qué consiste la apuesta? En confiar en que, convencido de las supuestas propiedades mágicas del ópalo, el jugador de los Celtics sería esa noche la figura de su equipo.

Toda esa serie de decisiones, que así leídas parecen el colmo de la irracionalidad, ocurren apenas en los primeros veinte minutos de la película, porque no son más que elementos comunes en el paisaje que compone la vida de Howard Ratner. Las dos horas siguientes asistiremos a la cadena de hechos que se desencadenan tras la adquisición de la piedra, los cuales incluyen, además de sus esfuerzos por pagar lo que debe y los intentos por ganar más y más dinero, el derrumbe final de la ya afectada vida familiar de Howard y las idas y vueltas de su relación con su amante. Uncut Gems nos permite ponernos en la piel del protagonista, el cual es tratado con compasión por la película pese a lo despreciables que resultan muchos de sus actos. También es un mérito cómo la cinta logra transmitir el ritmo acelerado de la vida de Howard, a través de un montaje ágil, de no pocos usos de una tambaleante cámara al hombro y de la casi ausencia de momentos de silencio. Pero si toda esta exacerbación de la falta de reflexividad y del movimiento incesante llevado al límite funciona es porque resulta un reflejo del estilo de vida que parece ordenar actualmente la existencia, sobre todo en las grandes urbes. Un ritmo de vida que en cierto punto todos experimentamos, sin necesidad de comerciar con joyas de alto valor o depender de apuestas millonarias.

Paul Virillio fue un teórico cultural que le otorgó al concepto de velocidad un rol muy importante en la configuración de las subjetividades de los habitantes de las sociedades y en su forma de percibir el mundo. Entrevistado en 1997, planteaba que “toda sociedad es una sociedad de carreras”, [1] y la velocidad con la que los sujetos nos relacionamos con el mundo siempre fue de la mano de los avances tecnológicos. La revolución de los transportes en el siglo XIX y la revolución de las comunicaciones en el siglo XX fueron procesos que contribuyeron a achicar las distancias y, por ende, dieron lugar a generaciones de personas con un ritmo de vida mucho más acelerado (lo cual, por su atadura al progreso técnico, se intensifica en los grandes centros urbanos). En el siglo XXI somos testigos del siguiente paso de este avance, cuya capacidad de conectar instantáneamente casi todos los lugares del mundo está ahora tan al alcance que solo consiste en sacar nuestro celular del bolsillo (lo cual hacemos con más frecuencia de la que nos gustaría admitir). Esa sobredosis de estímulos que las nuevas tecnologías nos ofrecen, sumada a las distancias que miles de personas recorren apresuradamente a diario para asistir a sus obligaciones, parecen habernos lanzado en una carrera en la cual resulta difícil no ya pisar el freno, sino tan solo levantar un poco el pie del acelerador. En esa especie de continuum infinito se ve atrapado Howard Ratner, cuyo frenesí le impide mantener a raya su ambición. Visto en retrospectiva, son varios los momentos de la película en los cuales podría haberle puesto un alto a esa locura de préstamos, apuestas y especulaciones y haber simplemente pagado su deuda. Pese a sus apuros económicos momentáneos, Howard no deja de ser una persona de clase alta, dueño de más de una propiedad, cuya desgracia se explica más por su obsesión con los negocios y la ganancia que con una verdadera bancarrota. Sin embargo, la experiencia de ver la película se torna (debido a sus características formales) un viaje sin respiro en el cual entendemos que si Howard no tomó nunca una decisión guiada, como mínimo, por un análisis racional, fue porque no tuvo nunca el tiempo de pararse a pensar. Un viaje que se parece mucho a la manera en que nuestra generación experimenta la vida (incluso los momentos de ocio), marcada por la ansiedad y la sensación de improductividad ante cualquier resquicio de calma, que a veces llega a hacernos sentir incompletos, como si nos faltara algo, si no estamos haciendo varias cosas a la vez. Porque Howard Ratner no solo tiene que lidiar con cobradores, con sus problemas familiares, con sus chequeos médicos o con el vínculo con su amante varios años más joven: debe lidiar con todo eso literalmente al mismo tiempo.

 Mark Fisher y el automatismo de los roles

 En un ensayo sobre la película eXistenZ (1999) de David Cronenberg, Mark Fisher se preguntaba sobre los riesgos de la automatización excesiva inherente a ciertos puestos de trabajo. En dicha película se plantea un universo en el cual los videojuegos han avanzado tanto que ofrecen una simulación idéntica a la del mundo real, una suerte de universos paralelos en los cuales los protagonistas se sumergían. Allí se encontraban con otras personas que eran en realidad personajes de la IA, por lo que su comportamiento dependía de aquello que el juego les tenía preparado. Sin embargo, en ocasiones los propios protagonistas del filme se encontraban experimentando deseos y realizando acciones que sentían externos, transformándose ellos mismos en personajes del videojuego, condenados a ejecutar los actos que eran necesarios para que la simulación avance. Fisher le otorga a la película una visión pesimista acerca del libre albedrío, en la que ya no existe la distinción que hizo Sartre entre los seres humanos entendidos como un ser-para-sí (seres capaces de tomar decisiones y por ende condenados a ser libres) y el ser-en-sí conformado por el mundo de los objetos despojados de conciencia [2]. Esas dos esferas se entremezclan cuando los protagonistas se encuentran actuando como los personajes del juego sin tener dominio alguno sobre eso. Partiendo desde ahí, el autor reflexiona acerca de cómo algunos puestos de trabajo contemporáneos, pertenecientes a lo que él denomina “trabajo no-cognitivo”, se acercan al escenario planteado por eXistenZ en el cual la conciencia individual está subordinada al automatismo, que esta vez nace de la repetición excesiva de tareas. Un automatismo que excluye a las subjetividades del mundo del trabajo y que hace que en dicho ámbito el ejercicio de pensar sea reservado a unos pocos superiores [3].

Este automatismo parece ser el que guía a Howard Ratner en Uncut Gems, condenado a repetir todo el tiempo los mismos errores y reproducir la misma ambición. Su lógica es la de ir siempre por más, en una competitividad que se refleja irónicamente en la película con el espíritu de competencia deportiva de Kevin Garnett (teniendo ambos al ópalo como el medio para conseguir sus objetivos). Sin embargo, hay dos diferencias clave con el automatismo del que, según Fisher, pueden ser víctimas las personas que ocupen determinados puestos de trabajo. Una de ellas reside en que las obsesiones de Howard como joyero no se circunscriben, ni en tiempo ni espacio, a su trabajo. Ya sea pasando tiempo con sus hijos, intentando recuperar el amor de esposa, seduciendo a su amante o celebrando junto a su familia una festividad religiosa, nunca puede despegarse del devenir de sus negocios o el paradero de la piedra. Ya no se trata de espacios de trabajo en los cuales las subjetividades son dejadas de lado, sino de una subjetividad cooptada casi en su totalidad por el devenir de la vida laboral, por más estresante y perjudicial que sea. Howard está lejos de disfrutar su trabajo, pero desconectarse del mismo, usar las otras esferas de la vida como vías de escape, nunca es una opción.

La otra diferencia, quizás la más desoladora, es que Howard Ratner no trabaja para nadie más. No es presionado por un jefe que lo explote ni está apremiado por una situación económica que le impida satisfacer sus necesidades (sus deudas solo podría contraerlas alguien acostumbrado a manejar grandes cantidades de dinero) Es alguien de quien podríamos decir que “es su propio jefe” y, sin embargo, se ve igual de sobrepasado por sus obligaciones e incapaz de abstraerse por un segundo. Quizás una interpretación simplista pueda hacer pensar que se trata del ejemplo perfecto del hombre dominado por el sistema, el esclavo definitivo del capitalismo y su lógica de acumulación. No creo, sin embargo, que las personas carezcan de poder de decisión por más opresivos que puedan ser los marcos en los cuales se desarrollan. Lo cual corre el debate hacia una cuestión aún más delicada que plantea Uncut Gems y su reflejo de lo delirante que puede tornarse nuestra vida sin que nos demos cuenta: ¿por qué, si tenemos libertad de elección, elegimos día tras día esa forma de transitar el mundo? Está claro que casi nunca podemos estar por fuera del sistema y que muchísimas personas se encuentran efectivamente obligadas a verse desbordadas de obligaciones para subsistir (ignorar eso sería perder el foco acerca de los verdaderos responsable de ese fenómeno), pero hay ocasiones en que la manera en que hacemos lo que hacemos, sobre todo en ámbitos totalmente alejados de lo laboral o de cualquier interés económico, resulta difícil de justificar. El término inercia parece acertado para describir cómo encaramos muchos aspectos de nuestras vidas en la actualidad, el modo en que interpretamos nuestros roles, guiados por una repetición cansina más que por una motivación o necesidad real. La contracara positiva de pensar que somos nosotros quienes optamos por reproducir constantemente ese loop carente de sentido es que también en nosotros reside la capacidad de ponerle pausa, o al menos de preguntarnos si es posible.


[1] Virilio, Paul. El cibermundo, la política de lo peor. Cátedra, Madrid, 1997.

[2] Fisher, Mark. “No vas a poder detener, incluso quizás lo disfrutes”: eXistenZ y el trabajo no cognitivo. Caja Negra, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2018.

[3] ídem ant.

 

 

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