Nacen con el corazón ortiba: a los virales los inventó la TV

[Viral. Meme. Internet. Chinwewencha. Cheta de Nordelta. Esto no es coca papi. Televisión abierta. Crónica. Placas. Choque. Motociclista. Corazón Ortiba. Julio César Ayala. Noticiero. Testimonios. Victimas]

por Abril Fernandez

 Sinceramente le tengo miedo a la viralidad: there, I said it (1). Hace algún tiempo, para ser conocido y volverte megapopular sin barreras, hacía falta estar en el lugar y momento indicados, encontrar una cámara de TV y abrir la boca.

Pero ahora la cosa es distinta. Hay cámaras por todos lados (y no me refiero a las de seguridad). Todxs podemos captar algún audio o vídeo y, sin saberlo, echar a rodar una frase que puede terminar siendo otra cosa. Sí, lo que me perturba de la viralidad es no poder controlarla. A lo mejor hoy lanzo una puteada creativa o me filmo perreando, mando eso a algún contacto o a algún grupo, y en una semana empiezo a ser replicada por todas partes.

¿De dónde salieron el chinwewencha, la cheta de Nordelta, la enamorada de Braian? De alguna circunstancia particular que poco importa conocer. Su espontaneidad deviene sabiduría popular o demostración empírica de un prejuicio, según quién mire. Pero estos personajes no se multiplican de golpe, no caen del cielo, no salen de un repollo. El chinwewencha, la cheta de Nordelta, la enamorada de Braian y tantxs otrxs son fruto de una larga cadena de momentos ya instalados en nuestras mentes mucho antes de la mensajería móvil instantánea con audio y video.

Evolución de los organismos mediáticos primitivos

Pienso que durante cierta época, la TV fue convirtiéndose en el medio más emblemático, influyendo sobre productos gráficos o radiales, pero también cambiando nuestra forma de pensar. Sorprendiendo con el impacto que la caja boba iba teniendo sobre las costumbres humanas, o acostumbrándonos a usarla como el fogón alrededor del cual juntarse a charlar o a comer. Gracias a nociones como instantaneidad, edición de contenidos, géneros discursivos, intertextualidad, fugacidad y tantas otras (que a lo mejor no podemos ni nombrar; pero conocemos y comprendemos) es que hoy podemos navegar por una red virtual de contenidos sin marearnos con su repertorio, captando varios sentidos superpuestos al toque.

Ese párrafo tan denso era necesario. Sin la TV no habrían existido los primeros profetas de la viralidad. Y aún con la web, la deep web y las quichicientas web funcionando a toda máquina, las cámaras televisivas siguen buscando capturar esas joyitas deformes conocidas como “testimonios”.

Los testimonios son un invento de la prensa. Siendo el formato “noticiero” quizás el más antiguo y tradicional de todos, me encanta ver cuando se le cuelan declaraciones bizarras, cuando termina dándole voz a alguien que incomoda a todo el equipo, cuando va en busca de “la verdad” pero se asusta un poco cuando la encuentra. Lo cierto es que en el ámbito judicial un testimonio es una cosa con valor de prueba, pero en el ámbito mediático un testimonio es simplemente un contenido. No es ni tiene por qué ser otra cosa más que un pedacito de show.

Y el noticiero es también un show.

Mis favoritos

Entre mis más queridos momentos de reportaje televisivo tengo al “amor, comprensión y ternura” de Julio César Ayala (2). Él sólo pudo gritar eso, cuando le preguntaban por qué no decidía internarse a rehabilitación, debido a sus consumos problemáticos de “droga” (2), por segunda vez. Al principio puede resultar un lapsus propio de la TV sensacionalista y ser un contenido de dudosa calidad. Pero, una vez echado a rodar por Internet, terminaría siendo un meta testimonio. Tras un segundo reportaje del tipo “dónde-están-ahora”, Ayala se convertiría en ejemplo de cómo un medio puede volver a tratar un tema desde otra perspectiva para mostrar (3). Hasta sirve como manifiesto en contra de la manicomialización. “Amor, comprensión y ternura” podría ser un perfecto lema para alguna tribu inexistente.

Otro que me atrapa por lo bien que soporta el paso del tiempo es el crítico gastronómico futbolístico de Lanús, más conocido como “alto guiso”. Su cálculo comparando el valor de una hamburguesa en un puesto callejero con un buen guiso es más comprensible cuando veo la cantidad de abrigo que trae puesto, el ambiente medio nublado; digo, a lo mejor estaba más para comerse una olla de lentejas que para una burger. Como buen testimonio memorable, se reutiliza y años más tarde se populariza el índice alto guiso para acompañar el ritmo inflacionario nacional recalculando su precio a costos actuales.

Pero mi último favorito, por lo fantasma del personaje y por lo oscuro, emo y poético del asunto, es “el corazón ortiba”. Es un testimonio un poco distópico: quien se acerca a la cámara se tapa la cara por completo usando su capucha; quiere aparecer así, anónimo, pero igualmente tiene algo para decir. Se lo ve muy despierto y a la vez un poco rígido. Y con un razonamiento confuso sentencia que las ganas de ser vigilante se explican por un corazón distinto. Qué le pasaba. Su argumento es ése y punto. Me imagino que cada vez que mira un cuerpo, este personaje ve corazones oscuros o sanos, gente medio zombi andando por ahí, presa de una voluntad superior que dominaría sus decisiones más íntimas.

Con estilo y buena puntería

En Córdoba hay un programa deportivo que parece haber extraído el elixir de una forma de edición de testimonios callejeros, muy propia de los noventa, en la previa de los partidos de fútbol (4). Miles de latiguillos que sólo duraron una temporada y que solamente un fan alcanzó a conocer. La cualidad de personaje que aparece ante la cámara casi por arte de magia, ¡paf! es contundente. Una mini tribuna puede acompañar como para ambientar la escena.

Crónica TV es un canal que se sacudió la formalidad para pasar las últimas noticias, también con sus desaciertos como corresponde al ánimo de cada época. El mismo estilo sensacionalista típico sería invocado en un rulo de no ficción, cuando un accidentado (y probablemente con una dosis muy divertida de adrenalina post shock corriendo por sus venas) motociclista relataba alegremente su propio siniestro vial (5). La cronista lo mantenía consciente mientras continuaba reporteando sin tentarse de la risa. Y él cerraba diciendo el eslogan del canal con su frente llena de sangre. Tienen un momento genial cuando el motociclista empieza a hacer preguntas y la cronista contesta:

“- ¿Y vos, Crónica, de dónde saliste?

– Y, yo estoy siempre donde tengo que estar.”

La explosión de este género incluye el reporteo sarcástico donde la persona entrevistada no parece entender que se le están riendo en la cara. O, si lo hace, empieza a confrontar con quien reportea y Dios sabe cómo termina la cosa. El testimonio callejero es barato, es accesible, es casi un lenguaje universal. Y sólo es cuestión de suerte terminar teniendo un momento de viralidad.


(1) Ya está, lo dije.

(2)  Entre los protocolos del buen tratamiento de la información podríamos ir ideando uno sobre comunicación responsable de las adicciones, ¿no? espero que ya exista alguno.

(3) Ayala cuida de su mami ahora

(4) Quisiera un canal con previas bizarras de partidos jugados en cualquier parte. https://bit.ly/30TlvpC

(5) Puede que nada más haya estado borracho. https://bit.ly/2IvNl53

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