Perros, langostas y ciervos: ¿y si nada es real?

[Yorgos Lanthimos. Terror. Kynódontas. The Lobster. Mundo cotidiano. David. Amor. Tinder. Match. The Killing of a Sacred Deer. Eurípides. Martin. Steven]

por Gaspar Roulet (@RouletGaspar )

El día que leí que los espejos son de color verde me decidí a comprobarlo. Para mi sorpresa, sí, realmente son de ese color. Para ser más preciso, el verde del espejo va degradando su tonalidad hasta transformarse en negro. La particularidad de esta especie de anécdota es que cuando verifiqué que lo que había leído era cierto, me pregunté por qué yo hubiera dicho que los espejos son plateados. Concluí que era porque en la mayoría de los libros ilustrados se los dibuja en tonos grises, con algunos detalles en blanco para intentar imitar ese color. Creo, además, que cualquier persona tuvo alguna vez una experiencia similar: hay una verdad que se ve cuestionada por algo/alguien, la comprobás y te das cuenta que aquello que creías real no lo es. Un experto cuestionador de realidades es el director de cine Yorgos Lanthimos, que te interpela en cada uno de sus trabajos desarmando cada una de tus certezas para, finalmente, dejarte ante una pregunta: ¿pondrías las manos en el fuego por aquello que creés?

La incomodidad

El horror dentro del cine adopta múltiples formas que van desde las mutaciones físicas de Cronenberg hasta algo más asociado al suspenso de Hitchcock o los muertos vivos de Romero. Sin embargo, en los trabajos de Lanthimos, el terror (ahora me replanteo si llamarlo terror es correcto) se disfraza de lo cotidiano. No hay infecciones, asesinos seriales ni zombies, sino personas comunes. El punto de partida de sus películas es la presentación de una sociedad similar a la nuestra, pero con algunos cambios que nos permiten realizar la separación del ethos propio del proyectado en la pantalla. Con esto como base, se produce una sensación general de incomodidad en la relación espectadores-personajes, sobre todo en cuanto al diálogo (dado lo monótono de la enunciación de las palabras en varias de sus películas) y aspectos kinésicos puntuales (como el baile de las hermanas en Kynódontas).

Y ya que estamos, Kynódontas: con mis hijos no te metas

En esta película, una pareja cría a sus hijos dentro de los límites de su casa prohibiéndoles el contacto con el mundo exterior. Lo curioso es que en ningún punto de la historia el padre y la madre explican por qué mienten a sus hijos sobre el significado de las palabras (por ejemplo “mar” es una silla con apoyabrazos), sobre la naturaleza de las cosas (como que los gatos son animales mortíferos) e incluso sobre los propios vínculos que se deben establecer entre los miembros de la familia.

Lógicamente, a medida que los tres hermanos (un varón y dos mujeres) crecen, las mentiras son cada vez más difíciles de mantener y los cuestionamientos de cada uno van volviéndose más fuertes, lo que los lleva a cometer travesuras que se contradicen directamente con el esquema de reglas dentro del cual crecieron. Así Lanthimos lleva a los personajes al extremo: por ejemplo, los deseos sexuales del hijo, antes satisfechos por una guardia de seguridad del trabajo de su padre a través de la prostitución, pasan a ser satisfechos por una de sus hermanas porque, como su padre dice: “no podemos confiar en nadie”.

La justificación de por qué no pueden abandonar la casa es la siguiente: no podrán salir hasta que se les caiga uno de los caninos. De todos modos, aunque esto suceda, el único modo de traspasar los límites del hogar es en auto (porque les hacen creer que el piso fuera de los límites de la casa es mortal). Para manejar, entonces, hay una segunda condición: el canino debe crecer de vuelta.

No hay zombies, espíritus ni asesinos, hay una familia. El terror se construye a partir de la demostración del poder real de las figuras paterna y materna en el rol de la crianza, para mostrarnos cómo al ser infantes somos completamente dependientes y el potencial peligro detrás de esto.

The Lobster: ¿el amor existe?

Lo curioso de esta película es que su impacto real no sucede en el “durante” sino en el “después” de verla. Como una obra abstracta, de esas de líneas entramadas formando un gran garabato ¿indescifrable? The Lobster es un producto que no tiene una significación única (por más de que todas las películas puedan ser interpretadas por distintas personas hasta el cansancio) sino que es totalmente interactiva.

Nos encontramos ante David, un típico hombre blanco cuarentón que acaba de separarse de su esposa. Luego de esto, él es llevado a un hotel donde tendrá 45 días para encontrar una nueva pareja. En caso de no lograrlo, será transformado en el animal que él desee. No solamente funciona como condicionante el aspecto temporal, sino que la dificultad real reside en que para poder establecer un “vínculo amoroso” ambas personas deben compartir el mismo atributo distintivo. En el caso de David, problemas visuales.

La película funciona como una crítica a la presión social constante que es impuesta sobre las personas solteras para conseguir pareja, pero esa es sólo una arista. Por otro lado, la analogía entre el hotel y una aplicación estilo Tinder es clara, el “match” se genera ante la coincidencia. En la vida real, la aplicación no te une a través de un atributo físico, pero sí de gustos, siempre con una prohibición implícita del algoritmo: ocultar de tu vista a aquellas personas que no “coinciden” con vos en lo superficial.

La forma en que todo se construye y narra, desencadena en una presentación final que da a la audiencia la sensación de estar ante un libro para colorear: los tonos de voz son monótonos (no hay acentos ni emoción alguna en la enunciación de los diálogos), los personajes son prácticamente unidimensionales y hasta la escala cromática es pálida. Esto no quiere decir que la película sea mala, al contrario, es una puesta en escena completamente intencional.

Sin embargo, esto es solo el contorno de la figura para colorear (siguiendo y a la vez dando por finalizado este intento de analogía) ya que el foco está puesto en la esencia misma de las relaciones románticas, planteando la posible inexistencia del amor. Es ese el objetivo final del director: que los diferentes personajes (en especial David) cumplan una función depositaria de la psiquis de la audiencia, para que ésta se vea capaz de ponerse a sí misma en la piel de cada uno de ellos dada la poca lucha de personalidades por la unidimensionalidad común a estos últimos, siguiendo a (y transformándose en) David en su búsqueda del amor para luego chocar ante la duda de si aquello que persiguen es real.

The Killing of a Sacred Deer: enfrentar el castigo

Lanthimos nos presenta una adaptación de la famosa tragedia de Eurípides, “Ifigenia en Áulide”: Steven, un famoso doctor, vive en un barrio clase alta junto a su hijo Bob, su hija Kim y su esposa (nunca se explicita su nombre). Además, mantiene una relación un tanto extraña con Martin, un chico de 16 años con quien se encuentra ocasionalmente en una cafetería. Con el correr de la película nos enteramos que Steven fue alcohólico y estando ebrio mató en un procedimiento quirúrgico al padre de Martin. Él no quiere aceptar la culpa de sus errores, pero el joven (con aparentes poderes sobrenaturales) lo pone frente a sus actos pasados para ver si prefiere seguir encubriendo el asesinato o relega su egoísmo a un segundo plano. Para lograr esto, Martin lo lleva a una situación comprometedora: toda su familia sufrirá de la misma enfermedad. Primero se paralizarán sus piernas, luego dejarán de comer y finalmente sangrarán por sus ojos y así morir. Para frenar este horrible proceso, Steven deberá matar a un miembro de su familia (el que él quiera) y así habrá “justicia” ante los ojos de Martin.

De este modo, vemos cómo el egoísmo del personaje principal entra en conflicto directo con las nociones básicas de “bien” y “mal”. A fin de cuentas, Steven es una mala persona: hace todo lo posible por no confesar que realmente fue su culpa, deja que sus dos hijos sufran e incluso no es capaz de tomar la decisión de a quién asesinar, sino que la delega constantemente a otros personajes, como por ejemplo al director de la escuela de sus hijos, a quien literalmente pregunta “¿quién de los dos es mejor?”.

Nuevamente el terror se nos presenta en lo cotidiano, no sólo por el escenario y el ritmo de la historia en cuestión, sino por la temática abordada: el enfrentamiento ante una culpabilidad escondida cual Tell-Tale Heart de Poe pero donde el castigo no recae en el perpetrador sino en su entorno, para que el peso de la condena se duplique a pesar del alivio de la confesión.

Perros, langostas y ciervos

Es hora de los desenlaces (spoiler alert): al final de Kynódontas, una de las hermanas decide arrancarse el canino con ayuda de una pesa. Dejando el lavamanos ensagrentado, se da cuenta de que sus acciones no tienen vuelta atrás y teme un castigo violento. Ante esto decide ocultarse en el baúl del auto familiar para escapar en la mañana siguiente cuando su padre se vaya al trabajo (recordemos que aún cree que el piso por fuera de la casa es mortal). La escena final muestra el auto estacionado en una fábrica, la audiencia espera expectante el encuentro de ella con el mundo exterior por primera vez, pero los créditos irrumpen.

Por otro lado, en The Lobster, luego de escapar del hotel, David desemboca en el bosque, donde conviven otras personas que, como él, no quisieron ceder ante la presión social ni convertirse en animales. El problema es que se constituyen como exactamente lo opuesto: un sistema social que condena cualquier demostración de afecto entre personas, mutilando a quien rompa esa regla. Aquí es donde él se enamora de una chica con problemas visuales (con toda la ironía que eso implica). Al enterarse de la situación, la líder de la sociedad del bosque decide cegarla. A pesar de esto, David escapa junto a ella hacia la ciudad y se enfrenta a aquello que abandonó parcialmente: las bases y condiciones del amor. Se le plantea así la elección entre cegarse para encajar en la sociedad junto a su amada o huir nuevamente hacia algún destino inhóspito, dejándola sola para que la trasladen al hotel o, aún peor, transformen en animal. Finalizamos la película con él apuntando un cuchillo hacia sus ojos y con ella esperándolo en la mesa, pero no sabemos cuál es su decisión.

Finalmente, en The Killing of a Sacred Deer, Steven sienta a toda su familia en su living. Ata a todos de pies y manos y les pone una bolsa en la cabeza. Toma un rifle, se tapa los ojos con un gorro de lana y comienza a girar. Luego de dos disparos errados, la tercera bala impacta a Bob. Steven no fue capaz de enfrentar su propia culpa, así que tomó el camino más fácil, el que lo caracterizó siempre: no hacerse cargo de sus actos y dejar todo librado a la suerte.

No hay escape

El cine de Yorgos Lanthimos es así, crudo. Todo está orquestado para generar esa sensación de incomodidad y terror. Incluso la ubicación de la cámara respecto de la escena, que nos da casi siempre una perspectiva voyeurista de los hechos: nos encuentra observando desde la esquina de la habitación cuando Bob y Kim conocen a Martin, desde una silla cuando las hermanas juegan a ver quién se despierta primero de un desmayo inducido o incluso desde el borde de la cama al ver los pies ensangrentados de la mujer sin sentimientos.

Finalizamos sin saber si es posible escapar del mundo ficticio en el que probablemente estemos inmersos. Porque el cuestionamiento a la lógica, al cómo funcionan las cosas, no es algo que practiquemos constantemente. La duda se siembra, ¿realmente “mar” es ese gigante volumen de agua en la playa o es una silla? ¿es posible la existencia de una sociedad libre de presión y castigo respecto de ciertos comportamientos o es algo inherentemente humano el autolimitarse a través de normas y reglas? ¿el amor es real o es solamente egoísmo disfrazado? ¿qué somos capaces de hacer con tal de no enfrentarnos a nuestros propios actos? La respuesta a las preguntas varía de persona a persona, eso es lo clave de una serie de películas que muestran que el villano (o, por qué no, la víctima) podés ser vos.

No sería incorrecto elegir creer que David eligió cegarse y que el amor no es un acto egoísta sino de entrega. También es posible pensar que el baúl del mercedes se abrió y la chica se encontró ante el mundo “real”. Podemos elegir creer que nos haríamos cargo de nuestras propias acciones y que nunca llegaríamos a doblar nuestra moral al punto de hacer pagar al resto por nuestros errores.

De igual manera, es completamente posible que David huyese, mostrando que el amor es solamente una ficción que acaba cuando uno se ve forzado a perecer en pos de la felicidad de la otra persona, que el baúl jamás se abrió y ella murió asfixiada sin ver que su vida era una farsa y que Steven siguió siendo la misma persona cobarde incluso después de matar a su propio hijo.

La respuesta está en vos, en lo que elijas creer, pero la realidad es que no hay certezas.

Lanthimos termina cada película poniéndote delante de un espejo. Hasta entonces tenés ciertas seguridades sobre quién sos y qué serías capaz de hacer, pero de repente te muestra que ese espejo que creíste plateado siempre fue verde. Ahí todo se derrumba y queda esa sensación amarga de no saber realmente de qué es capaz esa persona en el reflejo e incluso si el espejo verdaderamente existe.

 

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