Ya no espero olvidarte, violencia

[Memoria. Olvido. Abuso. Violencia. Hanna Arendt. Un estudio sobre la banalidad del mal. Nazismo]

“La memoria está siempre construída y, lo que es más importante, es siempre política.”
José Muñoz[1]

por Cairo / Elio Perez (@cairo.elio)

Antes de sentarme a escribir tengo mil cosas que hacer. Aunque me urge tipear algunas palabras, delinear en renglones algunas ideas que tuve estos últimos días. ¿Será que preferiría no tenerlas? ¿será que, aunque pienso en ellas, me gustaría tan solo hacer otras cosas? No es nada agradable hablar de abuso, de violencia, de vulnerabilidad mal distribuida, de fragilidades desmedidas. Pero sin embargo los pensamientos están ahí, y si de algo soy responsable es de escribirlos, además de hablarlos con mi psicóloga y mi compañera amiga.

Me interrumpe algo y ya me distraigo, escribir me exige una concentración que evito constantemente.

Voy a intentarlo.

Hay un colectivo que me tomé durante muchos años periódicamente y de repente preferí dejar de hacerlo. Me mudé. Aunque todavía quedaba subirme a ese bondi para visitar a mi madre, mis viajes fueron menguando hasta que ella se fue de la casa. Ahora ese colectivo también me lleva a la casa de mi papa. Suerte que nunca fui muy habitué de visitarlo, suerte que él me pasa a buscar para vernos, suerte que el COVID es una excusa para no tomarlo.

Como muches sobrevivientes de abuso sexual tenía fe en que iba a llegar aquel día en el que me despierte y haya sido como si eso nunca hubiese pasado, un día me iba a despertar sin rencor e iría a la parada del colectivo tranquilamente y me subiría a esa línea como si nunca nada hubiese interrumpido mi cotidianeidad. Fantaseé hasta el domingo pasado en que un día, en una parada de colectivo o en algún asiento del 18, me iba a cruzar con aquel rostro que algún día fue mi amigo, luego mi abusador y finalmente un don nadie.

Entonces supe que ese día no iba a llegar nunca, entendí que después de cinco años iba a llorar por ver mi película preferida, iba a escuchar la voz de él en un disco que me gustó mucho o comentando los diálogos de alguna película cualquiera. Supe que su recuerdo me iba a aguardar siempre en cualquier esquina, en algún olor, en alguna expresión. Entendí que me arruinó algunas cosas que me gustaban, pero también supe que de las cosas que se rompieron a algunas ya las reparé; y aquellas que lo exceden, como tantas que son, iban a poder volver a tener un sentido lejos suyo. Volví a pedalear, también a escuchar jazz, y lo más importante volví a poder cojer y disfrutarlo como nunca. Reparé la confianza para con mis nuevos amigos, y lo más importante: agudicé la vista y la intuición para alejarme de quien me trae mala espina.

Quiero decir, como sobreviviente de una violencia no voy a olvidarla nunca, y eso es lo que más tiene sentido. ¿Qué sentido tendría olvidarlo? Olvidar, perderlo en la nada, que se desarme entre la arena, que nadie lo nombre de nuevo, ¿para qué? ¿No es acaso que haciendo memoria aprendimos a decir que no?

Una tarde en el patio, leí el primer capítulo de Un estudio sobre la banalidad del mal de Hanna Arendt, donde habla de cómo Eichmann fue llevado desde Buenos Aires, medio viejo, con problemas de respiración y sin entender hebreo, a ser juzgado por sus crímenes como Ex-Teniente Coronel del Nazismo, a la corte de Israel. Es extraño todo lo que sentí en ese momento, la forma en que la autora lo presenta como un personaje desagradable prácticamente incapaz de llevar a cabo cualquier acción medianamente compleja genera preguntas al estilo de ¿qué hacemos cuando juzgamos a alguien? ¿Cómo logramos hacer un juicio sobre las acciones y a la vez reconocer la humanidad del otro? No por nada lo llama la “banalidad del mal” me dije, creo que entendí a lo que se refería con esa frase. Quien fue parte de crímenes horrendos no es un monstruo sacado de la humanidad, es parte de ella. Hannah Arendt lo describe como “aquel hombre de estatura media, delgado, de mediana edad, algo calvo, con dientes irregulares, y corto de vista que a lo largo del juicio mantuvo la cabeza, torcido el cuello seco y nervudo, orientada hacia el tribunal (ni una sola vez dirigió la vista al público), se esforzó tenazmente en conservar el dominio de sí mismo, lo cual consiguió casi siempre, pese a que su impasibilidad quedaba alterada por un tic nervioso en los labios”[2] Decadente imagen que acompaña de a poco con una descripción finísima y exhaustiva, no solo del juicio, y luego de la vida de Eichmann, sino también de los crímenes perpetuados por él y la Alemania Nazi.

Pasaron las horas y me quedó dando vueltas una reflexión, ¿será que lo que ella está planteando es que, aún pudiendo percibir la banalidad humana de aquella persona que realizó un crimen terrible, en su caso de lesa humanidad, debemos poder juzgarlo como lo juzgaríamos sólo percibiendo su monstruosidad? Para algunas personas que me escuchan hablar de mi abuso, el nombre de Ulises se ha convertido en sinónimo de monstruo horrible y detestable, de esa manera la ira que les acomete también tiene un caudal directo a juzgarlo culpable. Yo, víctima de un abuso, hago una fuerza increíble para poder verlo como monstruo, para poder juzgarlo culpable, yo que fui su amigo antes de lo horrible. Que conozco su humanidad y estupidez debo hacer un trabajo gigante para nombrarlo culpable. ¿Y si encima lo olvidase? El sería totalmente libre de ejercer esa violencia a donde vaya, un montón como él lo son por ese olvido colectivo que venimos creando hace años respecto al abuso sexual. Bueno, no por eso solamente.

Quiero decir, a las violencias recibidas no las vamos a superar, aprendemos a vivir con esos recuerdos. Y justamente después de haber esperado un olvido milagroso, asumo que es mejor que ese olvido nunca llegue. Prefiero que celebremos la memoria, que nos va a permitir leer la realidad desde nuestras particularidades y elegir la palabra como acto mesiánico.

Vuelvo a escuchar de bocas ajenas que es inverosímil, que tal o cual no puede ser un violador o acosador, porque es demasiado nimio u honesto para hacer un acto tan cínico como invadir el cuerpo de otra persona: es ahí que vuelvo a recordar por qué no me canso de hablar de esto, aunque deteste imaginarme en una situación de vulnerabilidad, es importantísimo asumir que quien genera la violencia es humano, no es una monstruosidad que lleva un cartel en su frente anunciando su violencia. Aquel que se ubica en el rol de victimario puede ser cualquiera, puede saber diferenciar el mal del bien en su vida diaria, y asumir aun así que ciertos cuerpos están predispuestos a su voluntad absoluta.

Desde la sobrevivencia puedo decir que en cada acto elijo no ceder más las decisiones de mi cuerpo a otrxs, que por mi propia memoria y la de mis amigxs podemos tomar decisiones y protegernos entre nosotrxs. Es urgente hacernos de comunidad, entre tanto individualismo, ver que la memoria y el presente que tenemos también son compartidos.


[1]    Utopía Queer, El entonces y allí de la futuridad antinormativa. José Esteban Muñoz. Ed. Caja Negra. 2020 . Pagina. 85

[2]    Eichmann en Jerusalem, un estudio sobre la banalidad del mal. Hannah Arendt. Ed Lumen. 2003. Pag. 19.

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